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Familia e infancia

Liliana Arroyo

Queridos Reyes Magos, este año me pido el juguete más listo del mundo Liliana Arroyo

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Queridos Reyes Magos,

Otra vez llega diciembre y aquí estoy escribiendo la carta con mis deseos para esta Navidad. En casa siempre me han dicho que tengo que portarme bien porque si no tendré carbón. Pero esta norma del portarse bien no siempre se cumple: a veces niños muy buenos están sin juguetes y niños que deberían aprender a portarse mejor se pasan las vacaciones desenvolviendo paquetes. El juego no debería ser un premio ni un castigo, ni los juguetes un termómetro de la obediencia. Jugar es un derecho, pero no hacen falta objetos caros ni sofisticados. Vosotros que repartís juguetes por el mundo, a ver si también podéis ayudarme a llevar el ideal de entornos de juego libres y sanos para todos.

Pues bien, volvamos a los juguetes inteligentes. Ahora que con internet todas las cosas se vuelven listas (las teles, los móviles, ¡incluso los coches!), este año me planteo pedir el juguete más listo del mundo. Para eso he estado hablando con algunos amigos que pidieron juguetes inteligentes el año pasado, a ver qué tal les ha ido. La mayoría de esos juguetes son parlanchines porque incluyen un “chatbot” o robot de conversación. Dicen que son robots que aprenden y se hacen más inteligentes a medida que jugamos con ellos, pero en realidad unos buscan las respuestas en Wikipedia y otros graban nuestras preguntas y las envían a una central para que los señores de Nuance nos escuchen y preparen una respuesta adecuada.

Por ejemplo, María me dijo que su Hello Barbie escuchaba atentamente todo lo que le decía y lo subía a la nube de Mattel. Pues hombre, ¡si yo le contara un secreto no me gustaría que estuviera grabado por ahí! También me dijo que cuando jugaban con la muñeca ella y su hermano Marcos, se estuvieron riendo mucho rato porque le preguntaron si le gustaba ir a la escuela y ella respondió que era más divertido hablar de moda. Al menos esta Barbie sólo escuchaba cuando le apretabas el botón, porque ahora lo que se lleva son juguetes que están conectados todo el rato, estés o no jugando.

A Juan y Ana, los gemelos, les encantan los chistes y por eso se pidieron un i-Que. Este robot, además, parece que tenga las respuestas de todo: tú le preguntas lo que quieras y él sabe encontrar cualquier cosa en internet. Empezaron a usarlo para todo, ¡hasta para hacer los deberes! Era tan cómodo ir preguntando y ya está… hasta que un día, de repente a i-Que le dio por espiarles. Parece ser que alguien interfirió la señal de Bluetooth (un hacker, dicen, a 12 metros de distancia) y se convirtió en un micrófono de todo lo que pasaba a su alrededor. Menos mal que normalmente lo tienen guardado en el armario… porque si lo tuvieran en el comedor ¡se enteraría de todo lo que habla la familia cada noche durante la cena!

Por último pregunté a mis vecinos sobre su experiencia con Cayla, una muñeca super lista también. Tiene una base de datos de respuestas que crece cada día, e incluso tiene gustos propios. A ellos les ha hablado de sus películas preferidas y de sus marcas de chocolate favoritas. El primer día les hizo reír mucho, pero su madre les dijo que eso no era muy gracioso, porque lo que estaban haciendo eran anuncios. Un tipo de publicidad subliminal que se cuela en el juego de los niños, invitándoles a normalizar ese tipo de mensajes.

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También me fui a una guardería, porqué oí que algunas universidades españolas estaban desarrollando juguetes con sensores incorporados para detectar problemas de desarrollo a edades muy tempranas. Y sí, tenían en un rinconcito una torre de cubos que detectaban el movimiento, la presión y la aceleración y a partir de esos parámetros pueden alertar de dificultades motoras. Eso es un buen uso, pensé… aunque no sé si esconder sensores ya desde los sonajeros es una buena forma de comenzar a introducirles en el juego a la vez que en un entorno absolutamente vigilado y panóptico.

Para saber si todo esto había pasado en otras casas y a otros niños del mundo, decidí investigar un poco más. Y llegué a un informe de una especie de organización de consumidores de Noruega. Tuvieron la paciencia de hacer un largo informe sobre las características de estos juguetes inteligentes. Dos cositas me llamaron la atención de ese informe: una, la cantidad de empresas involucradas en desarrollar estos juguetes conectados; y otra, que este tipo de cacharros no cumple con la normativa europea de protección de los consumidores, especialmente en cuanto al derecho a la privacidad.

En definitiva, me lo pienso mejor y este año de momento no quiero juguetes conectados. No los quiero hasta que sean inteligentes de verdad y me permitan llevar la imaginación más allá de lo que la puedo llevar con el juego simbólico. No me van a interesar esos juguetes mientras ellos sean los que lleven la voz cantante – nunca mejor dicho – del juego. Las ganas de jugar las ponen los niños, y el derecho a experimentar, probar y desarrollarse cognitivamente en libertad y sin que nadie les use como conejillos de índias, no se puede poner en duda. Los querré el día que esos juguetes, por ejemplo, me enseñen a hablar otros idiomas. Pero sobretodo, a partir del día en que ese juguete no sitúe a los menores y todos los habitantes de la casa en un escaparate, expuestos a las habilidades hackeadoras de curiosones.

Pensándolo bien, creo que ya tengo el que para mí es el juguete más listo del mundo. No ocupa demasiado espacio y nunca se le gasta la batería. Se adapta a todas las edades y no necesita wifi. Permite jugar todas las partidas que quieras, ya sean individuales o por equipos. Si en algún momento le quieres contar un secreto, ahí están a salvo. Sirve para hacer solitarios o entretener a 22 jugadores a la vez. Eso es. Un artilugio muy listo que funciona con ganas de jugar y se adapta sin problemas a donde me lleve mi imaginación. Sólo debes tener cuidado que tenga el aire que necesita y que no se pinche… Pelota, creo que se llama pelota.

Feliz 2017.

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