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Opiniones

Autolesiones: un grito de ayuda

Cuando un chico o una chica se autolesionan piden ayuda, mediante una acción que va más allá de su cuerpo, hacia dificultades emocionales.

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Los jóvenes que se autolesionan, generalmente entre los 12 y 26 años, suelen ser hipersensibles al rechazo, tienen un mal concepto de ellos mismos y les cuesta controlar sus impulsos. Herirse es la manera que han encontrado de dejar una señal visible del dolor que sienten, una modo de materializarlo en algo concreto para así hacerlo mentalmente más entendible, justificable y manejable. Autolesionarse es una vía que responde a una necesidad, ya bien puede ser aliviar una tensión, sentirse vivo o castigarse tras el sentimiento de culpa. Y, contrariamente a lo que se pueda pensar, no es una llamada de atención, si acaso (para algunos), una llamada de ayuda.

Son muchos las familias que todavía desconocen esta tendencia al alza, muchas no han oído siquiera hablar de jóvenes que se autolesionan, pero los números son claros, por poner un ejemplo en se publicó en El Periódico: el 45% de los adolescentes de entre 12 y 17 años que ingresaron en la unidad de psiquiatría infantil y juvenil del Hospital de San Joan de Déu de Esplugues (160 de un total de 360), mostraban cortes autoinfligidos en los antebrazos, muslos, vientre o el tórax. Los datos demuestran que cada vez son más los jóvenes que llevan a cabo esta práctica: “Lo que antes era un síntoma colateral de algunas alteraciones mentales, ha pasado a ser un problema generalizado”, apuntaba Anna Sintes, psicóloga clínica del Sant Joan de Déu.

Autolesión, autoagresión o herida autoinflingida, todo ello remite a una misma situación: “provocar daño de forma deliberada en el propio cuerpo, principalmente a través de cortes, pero también en forma de quemaduras, abuso de drogas, alcohol y otras sustancias”, según la definición de la Mental Health Foundation (2000). Siendo este un fenómeno relativamente reciente, hay quienes lo han tachado, frívolamente, de moda, pero esta no deja de ser una mirada simplista. Las heridas que un adolescente pueda causarse (más allá de si lo ha aprendido o imitado de alguien), denotan un problema que va mucho más allá del propio cuerpo.

Autolesionarse, una vía

Los jóvenes que se agreden declaran sentir alivio cuando se realizan las autolesiones: “Yo tengo problemas con todo lo que me rodea y suelo cortarme en las piernas palabras como “pain” o “rage”. Me alivia bastante cuando no sé qué hacer…es como quitarse esas palabras de dentro de tu cuerpo…arrastrando esos sentimientos”, escribe una joven en un blog. Y es que para algunas personas el dolor físico es preferible al dolor emocional que padecen, no solo por su intensidad, sino también porque éste es inespecífico, difícil de precisar y por ende de aliviar. La desesperación que sienten al no poder localizar o mitigar su sufrimiento, es calmada con la falsa sensación de que a través de la autolesión toman el control. Con la herida visible y latente, pueden identificar de dónde proviene su sufrimiento: se encuentra en un punto concreto de su cuerpo, tiene una forma y se puede nombrar. Por otro lado, este dolor físico (contrariamente al emocional), tiene un principio y un final. De este modo, la autolesión (AL), es la manifestación de una (o varias) incapacidades: principalmente, dificultades para manejar las tensiones o las emociones intensas de forma asertiva; tales emociones varían desde la ira, la ansiedad, la tristeza, el desamparo, la culpa, etc. La AL les permite retornar al estado previo, anterior a la emoción intensamente perturbadora.

En ocasiones, la AL es una respuesta a una incapacidad de sentir, a una apatía generalizada que lleva a buscar sentirse vivo. También puede ser una manera de castigarse, especialmente cuando hay un elevado sentimiento de culpa  o de vergüenza, acentuado, todavía más, cuando tras la práctica de la AL hay que hacer frente al juicio y la desaprobación de los demás.

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Esto nos lleva a hablar de otro ciclo, el que se forma a partir del conflicto entre alivio (tras la AL), el sentimiento de culpa/enjuiciamiento (posterior) y la búsqueda, de nuevo, de una salida a este malestar. Es entonces cuando llega el corte, o la quemadura, o el golpe; y tras el dolor, la segregación de endorfinas que se traduce en una sensación de bienestar y sosiego.

Finalmente, en el transcurso de la repetición, y por asociación, al igual que ocurre con otras conductas compulsivas, el cerebro acaba relacionando la sensación momentánea de alivio con la acción de cortarse. Es por ello que, cada vez que surge dicho dolor, el cerebro buscará sentir de nuevo esa sensación y llevará al adolescente a repetir esta conducta. Esto explica el curso crónico que las autolesiones tienen.

“Cuando me corto, la angustia se me va, aunque sea durante cinco minutos”, “Cortarme me relaja”, “Dejo de pensar”, “La ansiedad se esfuma durante un rato”… son mensajes que repiten una y otra vez.

Que sea precisamente la adolescencia la edad en la que suele aparecer este comportamiento no es de extrañar, ya que durante esta etapa la presión emocional es muy grande y la identidad de los adolescentes es todavía débil o difusa, y en muchos casos carecen de las habilidades imprescindibles para el desarrollo: tolerar emociones fuertes, mantener un sentido de auto-valoración y mantener la sensación de conexión con los otros. La primera se refiere directamente al papel que tiene la auto-lesión en lograr regular las emociones, mientras que las otras están más relacionadas con la función comunicativa de la auto-lesión.

¿Guerra contra uno mismo?

Nuestros pre-adolescentes y adolescentes se inician en las relaciones sociales y laborales rodeados de un panorama que, a todas bandas, les promete/reclama un futuro exitoso, lleno de grandes experiencias y relaciones. ¿Qué ocurre cuando uno/a no llega a cumplirlas?

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Detrás de todos aquellos mensajes, actualmente hartamente difundidos, de: “sé la mejor versión de ti mismo”, “los límites los pones tú”, “sí se puede”, se esconde una contra-idea tóxica y peligrosa que estamos pasando por alto: “si no lo consigues es porque no has sabido/podido hacerlo”, “tú eres el único responsable de ti mismo”.

La presión, tanto social como profesional/educativa a la que estamos actualmente expuestos, está siendo enmascarada con mensajes positivos que asocian el éxito a un campo muy restringido: la producción. Esta idea tan ensalzada de “emprendedor”, nos está convirtiendo en nuestro peor explotador. Darlo todo, hoy, es un valor en alza que busca que cada de uno de nosotros se sacrifique en pro de un ideal: la persona que se hace a sí misma.

No soportar tanta presión o no querer/poder ser parte de esta vida puesta al servicio del trabajo y el éxito, por otro lado, no es por consiguiente, algo que nos deba extrañar.

Si quienes se autolesionan sienten culpa (quizás de no cumplir con lo que se espera de ellos); ira (de hacer frente a unas demandas que no comparten o con las que no se sienten cómodos); ansiedad (de sentir que no tienen disposición para tales sacrificios o que no encajan en este sistema), quizás sea fruto de una falta de sentido crítico. Si nuestros adolescentes tuvieran las palabras para señalar con el dedo todo aquello con lo que no están de acuerdo, todo aquello con lo que no quieren ser partícipes, y entendieran que, lo que “se lleva”, no tiene por qué ser válido, si les enseñáramos a pensar y los dejáramos hablar, quizás no necesitarían de un corte en el brazo.

“Hola, tengo 16 años. Me llamo X y lo hago desde hace más de 2 años. Yo creo que solo se lo podemos contar a gente que haga lo mismo que nosotros”, escribía en un blog este adolescente.

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