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Familia e infancia

Liliana Arroyo

Abuel@s conectad@s Liliana Arroyo

Las y los abuelos pueden jugar un papel importante, más allá de cuidadores entre la jornada escolar y la llegada de madres y padres a casa. Pueden compartir conocimiento con nietos y nietas en el uso de internet.

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cc by-sa benralexander (Pixabay)

Cuando el timbre de las escuelas anuncia el final la jornada de clases, en la puerta hay un montón de abuelos y abuelas esperando con las meriendas a punto para los pequeños hambrientos. Con los datos en la mano, son los grandes canguros de este país, ya que uno de cada cuatro abuelos y abuelas cuida a sus nietos 7 horas diarias, lo equivalente a una jornada laboral. Y especialmente en un país como el nuestro, de estilo mediterráneo y donde el tejido familiar es fundamental para el bienestar de la sociedad. Y los expertos apuntan que ha aumentado tras la crisis: el papel de los abuelos y abuelas abarca mucho más que el mimar y cuidar mientras los progenitores trabajan.

El problema es que aunque son los grandes canguros de este país, todavía cuesta incluirles en el discurso de la comunidad educativa. Generalmente los abuelos y abuelas siguen siendo quienes hacen compañía a los niños, que los vigilan entre el fin de la escuela y el inicio del turno parental. Así que aquí nos proponemos reivindicar su derecho a ser considerados agentes educativos activos, porque a través de su ejemplo son, queriendo o sin querer, referentes. Compartiendo tiempo con ellos los pequeños se empapan de sus puntos de vista, opiniones y actitudes frente al mundo y los demás. De hecho, este cambio de perspectiva es necesario para dejar espacio y reconocimiento a sus capacidades y su empoderamiento. Lo que no quiere decir darles más trabajo, más carga o más responsabilidades, sino que ese tiempo compartido con sus pequeños sea oportunidad de aprendizaje y crecimiento en las dos direcciones.

Y pongamos un ejemplo desde la revolución digital. Si nos plantamos en los debates sobre TIC y educación, ahí sí que los mayores quedan ya absolutamente excluidos por sistema. Solo 1 de cada 10 creen que las nuevas tecnologías sirven para educar. Hasta ahí nos sorprende poco. Para los mayores, las nuevas tecnologías son aquello que entretiene a los nietos, lo que les divierte mientras están físicamente acompañados por los abuelos. Lo mismo que para generaciones anteriores era la tele: encender la caja tonta era desactivar a la criatura. Ahora, algunos viven las tecnologías como una barrera: donde se enciende la tecnología, en el momento de conectar con los dispositivos, es el preciso instante en que se rompe la magia niet@-abuel@. En cierta forma si eligen el cacharro tecnológico, descartan a l@s abuel@s. Porque parece que ambas cosas son irreconciliables o de compatibilidad dudosa. Pero pongámonos un poco de imaginación: ¿y si por un momento situamos a l@s niet@s como alternativa a la brecha digital?

Para los mayores esa grieta entre mundo digital y analógico es un motivo más de desconexión, de separación entre los ritmos del mundo productivo y del que no lo es. Siendo objetivos, biológicamente no hay ninguna barrera para que cambiemos de mayores-canguro a abuel@s conectad@s. Por su simple existencia hoy y aquí son también ciudadanos de la cuarta revolución industrial, tanto como los que han nacido con internet debajo del brazo y un móvil entre sus manos. Dicho de otra forma, tienen el mismo derecho a aprender, a disfrutar y a relacionarse en este nuevo ecosistema que supone internet. Claro está que hay características sociales (como la condición socioeconómica o la clase social) que sitúa a unos más aventajados que otros. Pero en el momento que una mayoría de niños y jóvenes disponen de móvil, hay ahí oportunidades de introducir las nuevas herramientas de comunicación en la vida de los mayores. Y con un pelín más de imaginación, no los ubiquemos sólo como agentes pasivos que se informan o que se comunican con familiares que quizá estén a miles de km. Sinó que también pueden ser productores de contenido, subir cosas, aportar ideas y entrar en conversaciones globales y virtuales.

Porque también existen abuelos youtubers como el malagueño Juan José Cañas, a sus 80. Y poco a poco van apareciendo más casos en todo el mundo. Compartir ideas, batallas, experiencias, recetas o remedios caseros. Sea cual sea el propósito, las nuevas generaciones de abuel@s también pueden estar conectad@s. Y la clave de Juan José Cañas, fueron precisamente sus nietos, los que empezaron a incluirle en sus stories de Instagram (vídeos cortos que desaparecen en un día).

Imaginemos una tarde de juego cualquiera, donde en lugar de coincidir en el espacio tiempo y entretenerse los unos a los otros, cuando se terminan los deberes entran en escena las nuevas tecnologías. Salir a pasear a ritmo de caza de Pokémons, encontrar tesoros escondidos gracias al geocaching o crear una cuenta con fotos de los mejores parques de la ciudad y convertirse en influencers.

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Lo más importante es que en este trabajo en equipo todo el mundo gana. Unos muestran habilidad y atrevimiento sin límites, porque, les decimos, son nativos digitales. Los otros, con años de experiencia a sus espaldas, aunque no sepan con exactitud cómo funciona la economía digital sí cuentan con un buen olfato, un juicio experto y capacidad crítica entrenada durante décadas. Así podemos imaginar las tardes de otra forma, reconocer y abrir un sinfín de posibilidades. Y no hace falta que sea a diario, pero cuando apetezca, dar rienda suelta a que eso también ocurra. Y con aquello de “por los nietos lo que haga falta”, sería fantástico ir achicando cada vez más esa brecha y desmontando la idea de los mayores desconectados con la vitalidad de los youtubers al borde de los 90.

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