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Rafael Porlán

El manifiesto pedagógico ‘No es verdad’: algún tiempo después Rafael Porlán

La reciente publicación del libro Escuela o barbarie ha empujado a los autores del manifiesto 'No es verdad' a retomarlo para defender la pedagogía frente a los ataques que recibe.

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Fotografía Enric Català

Hace unos años, los miembros de la Red IRES (Investigación y Renovación Escolar), profundamente preocupados por la difusión de creencias poco rigurosas sobre la escuela que distorsionaban gravemente la realidad, en el sentido de pensar que en la escuela de hoy se enseñan pocos contenidos, que se hacen actividades irrelevantes, que los niveles de exigencia bajan, que los alumnos y alumnas están peor preparados que los de antes y que se hace “mucha pedagogía” y poca enseñanza, reaccionamos haciendo pública nuestra posición contraria y promovimos un movimiento social en torno a la difusión y firma de un documento que pretendía realizar un análisis más riguroso de la educación y avanzar algunas propuestas alternativas. Así surgió en 2008 el Manifiesto Pedagógico “No es Verdad”.

Una versión resumida del mismo fue publicada con el apoyo económico de muchos firmantes en los diarios El País y Público, y la versión completa en bastantes revistas de Investigación Educativa españolas y latinoamericanas. El Manifiesto fue presentado en diversas ciudades de nuestro país con una importante asistencia de personas interesadas por la educación.

Nos preocupaba entonces, y nos preocupa ahora, las creencias de determinadas personas con cierto impacto mediático (del ámbito de la cultura, la universidad, la intelectualidad, etc.) porque revelan de manera abrumadora el pensamiento simplificador que predomina sobre la escuela y sobre las razones de su fracaso. Se podría esperar que personas dedicadas a la actividad intelectual, seguramente críticas y reflexivas en los dominios en que son expertos, adoptaran la distancia necesaria como para realizar un diagnóstico algo más complejo. Escandalizados por la falta real de conocimientos de los estudiantes, parten del supuesto de que la escuela ha abandonado la trasmisión de contenidos y de que, dominada por pedagogías permisivas, blandas e “innovadoras” está promoviendo la ignorancia, en colaboración con los intereses del capitalismo neoliberal.

Viene todo esto a colación por la reciente publicación de un libro que vuelve a insistir en algunas de las ideas que denunciamos y que nos ha llevado a desempolvar el no tan lejano Manifiesto. Nos referimos a Escuela o barbarie. Entre el neoliberalismo salvaje y el delirio de la izquierda (Madrid, Akal, 2017) de C. Fernández Liria, O. García Fernández y E. Galindo. Este libro, junto a otros materiales con orientaciones parecidas, están volviendo a reactivar aquel debate y a situarlo prácticamente en las mismas coordenadas de entonces; de ahí la pertinencia de activar el Manifiesto Pedagógico “no es Verdad”, que pudiera parecer que se escribió ayer.

Pero antes de presentar el resumen del Manifiesto, queremos comentar tres cuestiones que creemos están detrás de los argumentos contrarios a una renovación crítica y científica de la escuela y la universidad.

El profundo desconocimiento de los avances de la investigación en las Ciencias de la Educación. Es evidente que todas las personas podemos opinar de educación (y de medicina, derecho o cualquier otra actividad humana que nos afecte), pero también lo es que, especialmente en personas de formación intelectual, sería deseable una cierta prudencia al tratar ciertos temas sobre los cuales, no solo existen opiniones ideológicas y políticas, sino también teorías y evidencias obtenidas por medios rigurosos, de la misma calidad (o debilidad) que en cualquier otra rama del saber. Desconocer que la mayoría de nuestro sistema educativo sigue anclado en un modelo academicista, desfasado, autoritario y heredero de la escuela franquista, es desconocer muchos datos de la realidad y del análisis científico de la misma. Desde hace tiempo se vienen investigando alternativas, no solo desde la Pedagogía general sino también desde la enseñanza de las Ciencias, las Matemáticas, la Lengua, las Ciencias Sociales, la Psicología del aprendizaje…, que vienen demostrando que otras formas de concebir los contenidos, las metodología y la evaluación promueven aprendizajes más significativos y duraderos, y que dichas propuestas nada tienen que ver con la caricatura de una escuela que desprecia los contenidos, para hacer actividades irrelevantes (alguien habló de “la pedagogía de la plastilina”). Al desconocer estas cuestiones se corre el riesgo de convertir una opinión nada rigurosa en un mito sin fundamento sobre el que se desarrolla un discurso con pies de barro, pues la premisa inicial es falsa.

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El hecho de que bastantes de los intelectuales críticos con el cambio educativo son o han sido profesores. Pudiera ser que por el discurso antipedagógico circule otro más implícito en defensa del estatus que la enseñanza tradicional concede a los docentes y que ciertas pedagogías liberadoras tratan de disolver, para contrarrestar el aprendizaje de la sumisión que es uno de los objetivos ocultos de la escuela tradicional. Dicho estatus, también investigado, es difícil de reconocer y romper por uno mismo pues, al hacerlo, nos coloca en situaciones inseguras y menos conocidas y porque exige un esfuerzo por reconstruirse como profesional y asumir nuevas habilidades y saberes que van más allá del dominio estricto de la disciplina. Y nada tiene esto que ver con interpretaciones simplistas según las cuales el docente coordina de forma blanda, líquida (o gaseosa) el trabajo poco relevante de los estudiantes, renunciando a enseñar “los contenidos de toda la vida”, sino con nuevos saberes docentes vinculados al análisis histórico y epistemológico de las disciplinas y de los obstáculos por los que ha pasado, al análisis semántico de las mismas, al diseño y experimentación de actividades que promuevan el cambio conceptual en los estudiantes, a promover formas de evaluación que den un conocimiento riguroso sobre los avances y dificultades de los estudiantes para construir el conocimiento…Todo un reto para una cultura profesional docente enriquecida y de calidad.

La no consideración de la evidencia histórica de que el capitalismo siempre trata de fagocitar, integrar y descafeinar las propuestas alternativas que implican cambios en profundidad. Lo hizo con el “socialismo” (donde quedó el auténtico sentido de esta palabra), lo hizo con la “democracia”, lo hizo con “la sostenibilidad”, ¿cómo no lo va a hacer en el ámbito de la escuela, apropiándose de términos como “constructivismo”, “innovación”, “metodologías activas”, “aprendizaje basado en proyectos o problemas”, etc., convirtiéndolos en jerga legal y administrativa? Sería una ingenuidad pensar lo contrario. Es evidente que tenemos que estar alertas y saber actuar con respecto a estos fenómeno. Pero lo que no podemos es defender lo de siempre como si fuera la panacea. ¿O es que la escuela tradicional mayoritariamente existente es verdaderamente ilustrada y no promueve los intereses del modelo social dominante promoviendo la ignorancia y la sumisión?

Quedan ahí para alimentar el debate estas reflexiones y también el texto resumido del Manifiesto que exponemos a continuación:

“Las organizaciones y personas que firmamos este Manifiesto estamos profundamente preocupados por la difusión de creencias sobre la escuela que distorsionan la realidad. Por eso afirmamos que:

No es verdad que en la escuela predomine un modelo de enseñanza diferente al tradicional. Al contrario, a pesar de que hay muchos argumentos en contra, la cultura escolar dominante sigue basándose en la transmisión de bastantes contenidos desfasados, en el aprendizaje repetitivo, en la evaluación sancionadora y en la prolongación de la jornada con abundantes deberes. La mayoría del alumnado, como siempre ha ocurrido, identifica el saber con retener información para el examen.

No es verdad que en la escuela hayan bajado los niveles. Basta observar los libros de texto para comprobar que cada vez se pretende enseñar más contenidos. La idea de que “los niveles bajan” trata de dar una explicación fácil al fracaso escolar. Pero los estudiantes fracasan porque la enseñanza tradicional, y no otra, no provoca aprendizaje duradero y de calidad. Esto siempre ha sido así. No entender muchas explicaciones, estudiar para los exámenes y olvidar lo estudiado son experiencias compartidas. En un mundo donde la información circula por Internet, donde los problemas son interdisciplinares, donde las certezas absolutas han desaparecido y nos enfrentamos a un futuro crítico, incierto y complejo, la escuela sigue anclada en contenidos y métodos del pasado.

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No es verdad que el alumnado sea peor que el de antes. Es diferente, pero no peor. Los menores son el producto de la sociedad en la que viven. Juzgarlos negativamente como colectivo es ocultar la responsabilidad adulta. La incitación al consumo, la cultura del triunfo y de la superficialidad, su conversión en objetivos del mercado y la forma de vida de los adultos con los que viven son, entre otras, realidades que influyen en su desarrollo. La sociedad tiene una actitud hipócrita: se ve reflejada en el espejo de ellos y, a veces, no le gusta lo que ve, pero, en vez de analizar las causas, arremete contra la imagen que se proyecta. En la escuela esto es especialmente grave. Los “medios” han favorecido una alarma injustificada. La falta de respeto hacia los docentes, el acoso entre iguales, etc., aun siendo problemas reales, se han sobredimensionado, convirtiéndolos en productos de consumo.

No es verdad que los docentes tengan un exceso de formación pedagógica y un déficit de formación en contenidos. Todo lo contrario. Muchos de los profesores actuales de secundaria después de 5 años de formación en una licenciatura sólo recibieron un curso de dos meses sobre aspectos tan importantes como: la psicología del alumnado; la importancia de lo afectivo; los modelos pedagógicos; la selección de contenidos; el diseño de actividades; el uso de los recursos, especialmente aquellos próximos a los estudiantes; las formas de evaluar y sus repercusiones formativas; las tendencias innovadoras en educación; la dinámica de grupos; etc. En una profesión centrada en la práctica, los docentes han tenido una formación muy poco vinculada a los centros escolares (es de justicia reconocer el esfuerzo de muchos docentes al intentar responder a los problemas profesionales a pesar de su insuficiente formación inicial, de la cual, no son responsables). Por eso consideramos necesaria una profunda reforma de la formación inicial del profesorado que asuma, por fin, que para enseñar no basta con saber el contenido.

La escuela y la universidad necesitan un cambio, que no puede venir del modelo tradicional, como reclaman algunos, ignorando que es el responsable del fracaso actual. Tampoco aplicando políticas de mercantilización de lo educativo, ni modelos empresariales de planificación y control de calidad. Las personas no son mercancías. Algunos principios de la escuela que necesitamos son:

Centrada en los estudiantes y en su desarrollo integral. 2. Con contenidos organizadores vinculados a las problemáticas importantes de nuestro mundo. 3. Con metodologías que promuevan aprendizajes funcionales y la capacidad de aprender a aprender. Donde el esfuerzo tenga sentido. 4. Con recursos didácticos modernos y variados. Una escuela que utilice de forma inteligente y crítica los medios tecnológicos de esta época. 5. Con formas de evaluación formativas que abarquen a todos los implicados y que impulsen la motivación interna. 6. Con docentes formados e identificados con su profesión y estimulados para la innovación crítica. 7. Con una ratio razonable y con profesorado ayudante y en prácticas. Con momentos para diseñar, evaluar, formarse e investigar. 8. Con un ambiente acogedor, donde los tiempos, espacios y mobiliarios estimulen y respeten las necesidades de los menores. 9. Cogestionada por toda la comunidad educativa. Que promueva la corresponsabilidad del alumnado. 10. Auténticamente pública y laica. Con un marco legal mínimo basado en grandes finalidades y obtenido por un amplio consenso político y social.

Rafael Porlán. Miembro de la Red IRES (Investigación y Renovación de la Escuela). Biólogo y Catedrático de Didáctica de las Ciencias de la Universidad de Sevilla

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Comentarios

  • TERESA

    Considero, que el fallo más profundo, se basa en la vocación. Y aunque suene desfasado, para poder trasmitir amor por el conocimiento, hacer nacer la curiosidad , alentar la motivación, solo lo puede hacer el maestro con vocación , porque aunque no tenga grandes conocimientos por las materias, tiene el impulso que le proporciona el amor y la psicología por la infancia, y mas tarde juventud, Y todos sabemos el sistema horrorifico de oposiciones, y la necesidad de trabajar de muchas personas , que han encontrado en el sistema una solución a su vida. Vocación , vocación y vocación , es lo que se necesita…¿ y como se mide ??? Esa es la gran incógnita, difícil, de solucionar. Desde luego con el sistema de oposiciones , este , no , con las bolsas infinitas tampoco, con unas evaluaciones..de los profesores ?’ Esas evaluaciones tendrían , que ser externas, muy complicadas , pues se tendrían que hacer evaluaciones a las familias , a los niños…. No se podría hacer a la dirección del colegio , ni a compañeros… En otros países , se que se realizan estos controles,…. No se si seria posible en España…

    14/10/2017

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