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Aula

Víctimas del terrorismo en las aulas: lecciones desde la memoria

Los Ministerios de Interior y Educación desarrollan un programa piloto este curso en la Comunidad de Madrid con la presencia de víctimas en los institutos, 12 años después de que el País Vasco comenzara a dar los primeros pasos en esta línea.

Un alumno o alumna de 4º de ESO tenía siete años cuando ETA mató por última vez (2010), cuatro cuando la organización terrorista anunció el cese definitivo de la violencia (2011). Y apenas un año cuando tuvieron lugar los atentados del 11-M en Madrid, aunque cuando el terrorismo yihadista ha vuelto a irrumpir en nuestro país, en agosto en Barcelona y Cambrils, estaba a punto de comenzar su último curso de la etapa obligatoria.

A ellos va dirigido el programa piloto del Ministerio del Interior (a través de la Dirección General de Atención a Víctimas del Terrorismo) y del de Educación, en colaboración con las asociaciones y fundaciones representativas del colectivo, que ha comenzado a aplicarse en diciembre en 53 centros públicos, privados y concertados de la Comunidad de Madrid, de la mano de la Consejería de Educación. Las próximas en implantarlo serán La Rioja y Castilla y León.

Un mail del departamento de convivencia de la Consejería ofrecía a principios de curso una “actividad gratuita para alumnos de 4º de ESO”: Testimonio directo de las víctimas de terrorismo en centros docentes. Con ella, se explicaba, “se pretende contribuir al conocimiento del terrorismo en España y completar la educación en democracia, ciudadanía y prevención de los radicalismos violentos”. Lo siguiente que recibían los centros interesados era un mail de Interior con el nombre de la persona que daría la charla 15 días más tarde.

En el piloto han participado 15 víctimas. Como Alicia, que ha rememorado la muerte de su padre, el TEDAX Andrés Muñoz Pérez, junto a otro compañero, en 1991 cuando trataba de desactivar un paquete bomba en una empresa de transportes próxima al centro donde Alicia compartía su testimonio, en Vallecas. O como Conchita Martín, viuda del militar Pedro Antonio Blanco, muerto en 2000 también en Madrid, tras detonar un coche bomba con el que ETA consumaba la ruptura de la tregua de 1999.

Les han escuchado alumnos de 4º de ESO porque la Consejería ha vinculado la actividad a Geografía e Historia de este curso, que incluye el estudio del terrorismo en España. Previamente, habían recibido “algún conocimiento básico del fenómeno”, para el que se facilitaba a los centros una unidad didáctica.

Mandato de la Lomce

El currículo de ESO y Bachillerato Lomce contempla cómo “los Ministerios de Educación e Interior, en colaboración con las Administraciones educativas y con la Fundación Víctimas del Terrorismo, promoverán la divulgación entre el alumnado del testimonio de las víctimas y de su relato de los hechos”. La Lomce (2013) llega poco después de la Ley 29/2011, de 22 de septiembre, de Reconocimiento y Protección Integral a las Víctimas del Terrorismo, que dispone: “Las Administraciones educativas (…) impulsarán planes y proyectos de educación para la libertad, la democracia y la paz, en los que se procurará la presencia del testimonio directo de las víctimas del terrorismo”. En su exposición del programa, Interior subraya cómo las víctimas del terrorismo “contribuyen a construir el verdadero relato, la verdadera memoria, del terrorismo en España”.

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Los primeros contactos entre Interior y Educación datan de la época de José Ignacio Wert. En una reunión con las editoriales en 2015 se analiza, por ejemplo, la plasmación en los libros de texto del rechazo de la violencia terrorista y el respeto y consideración de las víctimas, “valores que se han recogido por vez primera en el desarrollo curricular de una Ley de Educación”, según la comunicación oficial.

Para Interior, los asistentes de las charlas deben tener una edad mínima de 15 años, pudiendo estar en ESO, Bachillerato, FPB o de Grado Medio. Pese a esta consideración, Madrid “está estudiando actualmente la posibilidad de extender este tipo de charlas a los colegios de Educación Infantil y Primaria a partir del próximo curso”.

El programa, en fase de evaluación, no es del todo nuevo. Asociaciones como la AVT contaban con su propio proyecto “desde hace más de seis años”, señala Natalia Moreno, coordinadora del departamento psicosocial. La psicóloga está acostumbrada a acompañar a víctimas a institutos y universidades dentro de la iniciativa Testimonios, para la que han contado con subvenciones. La novedad del piloto, con el que colaboran, es que viene de la Administración.

A centros de Madrid, La Rioja, Extremadura o Valencia se han desplazado víctimas de la AVT, con un psicólogo, para explicar su historia. Muchas veces la llamada procede del departamento de Filosofía, Ética, o se hace unos días antes del Día de la Paz: “Vienen alumnos desde 3º de ESO, y les llama la atención la parte personal. Se reflexiona sobre la amenaza del terrorismo, la necesidad de prevenir la violencia. A nivel teórico es más difícil que llegue esta información, desde el lado emocional te haces más consciente”, explica Moreno.

También les sorprende la cifra de víctimas mortales de distintos tipos de terrorismo en España: “1.400 y cerca de 5.000 heridos, más de 22.500 familias afectadas, con secuelas psicológicas muy graves”. Durante una hora y media, los alumnos descubren cómo se vive con ello o la atención que reciben estas personas en el primer momento y cuando las secuelas se cronifican. Para Moreno, lamentablemente, la temática no ha perdido vigencia: “Quizá la situación política en Cataluña les pasó un poco por encima, pero ahí tenemos a las 16 víctimas y los 100 heridos del 17-A”.

Materia sensible

La latencia (y la irremediable carga ideológica) de la actividad ha quedado patente también en el instituto madrileño Isaac Newton. Allí, dentro del piloto institucional, expuso su testimonio Cristina Cuesta, directora de la Fundación Miguel Ángel Blanco e integrante del Foro de Ermua a finales de los noventa. Ante un salón de actos lleno y atento, relató el asesinato de su padre, Enrique Cuesta, delegado de Telefónica en San Sebastián, a tiros, el 26 de marzo de 1982 (pocos días después fallecía también su escolta) y cómo cada mañana lo primero que hacían era inspeccionar los bajos del coche con una linterna.

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“Hasta 15 días antes no sabes si la persona que vendrá será del terrorismo de ETA, del GAL o yihadista… y Cristina Cuesta no vino a hablar de política, sino a decirles a los chavales que tenía su edad cuando eso pasó… Les habló desde el punto de vista humano, y con gran tacto: de tolerancia, respeto, de luchar por el perdón. Repitió la palabra perdón muchísimas veces”, explica Cristina Guardia, directora del IES.

Todo había ido bien, hasta el día siguiente. La fachada del centro amaneció llena de pintadas pidiendo amnistía para los presos de ETA y otras como: “El estudiantado está harto del cuento heredado del franquismo, ¡abajo el régimen del 78!” o “Traer a dar conferencias a afectados por el terrorismo español”. Las consignas provocaron la visita de la Policía para realizar sus pesquisas y del consejero de Educación madrileño.

Hoy, Guardia valora que la asociación de estudiantes se desvinculara: “Creemos que eran personas especializadas, porque lo hicieron en poquísimo tiempo y usaron palabras que no suelen emplear nuestros alumnos y pegatinas que quizá son frecuentes en algunos lugares del País Vasco pero no estamos acostumbrados a ver en los muros en Madrid”.

Si Guardia insiste en que Cuesta no habló de política sino de perdón, de política tuvieron que hablar los profesores de Historia tras el suceso: “En sus clases, y en las tutorías, se intentó que los chavales no se quedaran con dudas, que preguntasen todo lo que quisieran”.

La directora cree que sí volverían a solicitar la actividad: “La veo muy positiva, porque la generación anterior crecimos sin hablar de determinados temas en Geografía e Historia. Ahora se estudia todo el siglo XX, lo que debe incluir el fenómeno terrorista. Contar con el lado humano facilita la cobertura en clase. Lo ocurrido nos sorprendió, y creo que a raíz del suceso la Consejería reforzó el seguimiento en el resto de centros”.

Memoria crítica

Este tipo de iniciativas arrancaron en el País Vasco. Desde 2005 se comenzó a explorar hacer algo así, aunque en aquel momento no se daban las condiciones (se corría, entre otros, el riesgo de revictimización). En 2009 se elaboraba la unidad didáctica ‘Historias que nos marcan’ para trabajar en el aula a partir de un piloto en 2007-2008. Hoy, el Gobierno vasco promueve el programa Adi-adian (Cuídate), que por primera vez no se quedará en los institutos (para alumnos de 4º de ESO, 1º y 2º de Bachillerato) y desembarcará en la universidad, completándose con grabaciones allí donde no sea posible llegar.

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A los centros se les envía la unidad didáctica en diciembre y a partir de enero comienzan a solicitar el programa. El curso pasado la actividad llegó a 21, en dos sesiones con distintas víctimas. Este año estarán en las tres universidades del País Vasco, tras una petición de la Universidad de Mondragón, explica Enrique Ullibarriarana, asesor en la Dirección de Víctimas y Derechos Humanos y coordinador del Adi-adian.

El programa de víctimas educadoras (2011) se va reformulando hasta el formato actual. Aunque desde Interior lo consideran “algo diferente”, en los encuentros de la DGAVT con las comunidades autónomas sí se ha mencionado. El último fue el 13 de diciembre, el día de las pintadas, y se trasladó la necesidad de extender el piloto madrileño a otros lugares: “Ellos conocen el Adi-adian, y saben que para cualquier cosa, ahí nos tienen. Se nos dijo que no nos lo iban a ofrecer porque ya lo estamos haciendo”, comenta Ullibarriarana.

Según expuso en el ministerio, “el principal problema son las víctimas. Desgraciadamente, son muchas, pero pocas las que están dispuestas a colaborar… porque es muy duro, porque es volver a recordar su sufrimiento. A algunas les gustaría participar y no pueden. La única condición que les ponemos es llevar un mensaje de paz. Aunque no les hemos instruido, todas en algún momento lo dicen: ‘La violencia, venga de donde venga, no genera más que dolor’”.

Tirando de hemeroteca, se puede comprobar cómo alguna de las víctimas del piloto madrileño proclamaron en su día, sobre todo durante los procesos judiciales, un: “Ni olvido ni perdón, ni ahora, ni nunca”, aunque todos tenemos derecho a retractarnos. [Interior no ha facilitado los criterios para seleccionar a las víctimas participantes]. En el Adi-adian el curso pasado 19 de las víctimas eran de ETA y siete, del GAL, aunque también las hubo del Batallón Vasco Español -precisamente, la semana pasada fue noticia cómo Interior ha excluido del Mérito Civil para VT a la estudiante Yolanda González, asesinada en Madrid el 1 de febrero de 1980 por el BVE-.

“Antes de que acuda la víctima se trabaja en el centro con los alumnos, y después, se sigue trabajando”, señala Ullibarriarana. En 2017, durante el Día de la Memoria, 20 chicos y chicas que habían participado en el programa (y que quizá se lo vuelvan a encontrar en la universidad), lo rememoraban. Uno relataba cómo le sorprendió que la víctima sintiera pena cuando murieron dos integrantes de la banda manipulando un explosivo: “Esa capacidad de perdonar nos debe mover a entendernos, a hacer un esfuerzo como sociedad”. Otro, cómo “queda trabajo por hacer” y “el cambio ha de ser transversal, en toda la sociedad”: “Si no, sales a la calle y ves las mismas cosas, las mismas banderas. Corremos el riesgo, si no apagamos bien el fuego, de que vuelva en forma de ráfaga”. Una de las víctimas agradecía, por su parte, la posibilidad de mostrar a los alumnos un espejo ético, de recordar cómo “esto pasó aquí y no podemos volver a repetirlo”.

Y no hace tanto. En el País Vasco, cuando arrancó el programa, con Isabel Lasa como directora de atención a las víctimas, “ETA no había dejado de matar, y participó un número de centros mucho menor que ahora. Era complicado llegar. Desde la legislatura pasada sí se ha crecido mucho”, recuerda Ullibarriarana, un veterano en el contacto con las víctimas.

En el Adi-adian, la vinculación con el currículum se hace con Ética y Filosofía, con objetivos como “identificar situaciones de conculcación de derechos humanos y violencia estructural” o “reconocer a las víctimas como ejemplo de superación y resiliencia”. Y se inserta en el plan de convivencia, con formación también para los profesores que van a coordinar su puesta en marcha.

Víctimas portadoras de paz

Desde la asociación Convives, su presidenta, Àngels Grado, resalta que “es clave explicitar muy bien los requisitos de las víctimas educadoras”: “Me asusta un poco el riesgo de politización”, apunta, “y creo que es importante asegurarse de que esas víctimas pueden valorar lo más críticamente posible lo ocurrido, desmarcarse del partidismo”. También insiste en la importancia de preparar al grupo para prevenir “reacciones de rechazo, dolor o hipersensibilidad”: “Debe trabajarse para que compartir esa vivencia suponga un éxito educativo, para que los alumnos se conciencien contra la violencia evitando posicionamientos extremos, siempre con un enfoque restaurativo: “Es gravísimo, pero tenemos la oportunidad de reconstruir la paz”.

“Yo no lo veo como una sesión de sensibilización sin más, sino dentro de un programa, y lo incluiría como algo transversal, como educación en valores”, plantea. “Creo que se ha intentado encajar en el currículum, creando asignaturas incluso, y lo veo algo forzado. Desde luego, veo bastante forzado trasladarlo a Primaria: Tampoco hace falta que hagamos madurar a destiempo. A los niños hay que hablarles de las cosas cuando nos preguntan, pero sin abalanzarse”.

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