Aula

La educación para adultos reivindica su labor cotidiana

En España, más de medio millón de personas estudian en educación para adultos, pero es la gran desconocida del sistema, muchas veces con una carga añadida de estereotipos.

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No son tan distintos del resto de sus colegas del sistema educativo. También les han afectado los recortes. Reciben asiduamente visitas de inspección. Tienen su propia meta 2020 (un 15% de personas entre 25 y 64 años en el aprendizaje a lo largo de la vida, España estaba en 2016 en el 9,4%). Los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2030 les mencionan en el Objetivo 4: asegurar una educación inclusiva y equitativa de calidad y promover las oportunidades de aprendizaje a lo largo de la vida para todos. Organizan sus encuentros de buenas prácticas (en Madrid, Valencia, Santander, Castellón, Murcia…) y, para no perder ningún tren, incorporan las últimas tendencias (robótica, programación, impresión 3D, ABP, mobile learning, aprendizaje-servicio…). En Europa se organizan conferencias para abordar su situación (las últimas, en Budapest, este mismo mes). Pero ocupan un lugar periférico en el sistema educativo del Estado español.

Así lo asumen los profesionales que trabajan en educación para adultos, que no dejan de reivindicar y de tratar de visibilizar su labor, y que configuran además un colectivo bastante cohesionado, con compañeros de diferentes autonomías, y sea cual sea la denominación que se emplee en ellas para sus centros (CEPA, CFA, CEA, CREA, CEPER, CPPA…), vinculados en distintos proyectos colaborativos o comunidades docentes, y reivindicando su existencia a través de redes sociales (@fadultos). También, denunciando faltas de respeto, como la que para ellos ha supuesto titular Escuela de fracasados una película ambientada en un centro de educación para adultos (Night school, en su versión en inglés), ahora en cartelera.

Todo para el GES

En España, 504.849 personas estaban matriculadas en Educación de Personas Adultas en el curso 2016-2017, el último del que se dispone de datos. De ellas, la mayor parte (121.077) se estaban preparando para obtener el título de graduado en ESO (GES). Este es siempre el eje de estas enseñanzas, con un campo de actuación mucho más amplio (mejorar los niveles de competencias o incorporar nuevas competencias en el caso de las personas en situación de desempleo, promover el reciclaje profesional o la transición de un nivel a otro, etc.).

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A veces, es también un lastre, como se expone en un artículo elaborado por diferentes directores de centros de Madrid, Cataluña y Baleares: “Se ha incrementado la tendencia a la burocratización, a la concepción del GES casi exclusivamente como una segunda oportunidad para las personas jóvenes provenientes del fracaso escolar –una necesidad educativa y social punzante y a la que hay que dar respuesta desde el sistema educativo-, pero que no debería desvirtuar el concepto de educación a lo largo de toda la vida, que es la idea fundamental de una escuela de personas adultas y también del GES. Se está corriendo el peligro de ser simplemente centros de instrucción sin una visión social ni cultural de la tarea de los centros”, reconocen, citando a Mario Bañeres y Miguel Fort en Papers d’Educació de Persones Adultes.

Los autores no son los únicos que cuestionan el excesivo protagonismo del título de ESO. Si para el sociólogo José Saturnino Martínez la exigencia de este para poder cursar la postobligatoria, a diferencia de lo que ocurre en otros países del entorno, es el gran problema de nuestro sistema educativo, una máquina de fracaso y abandono escolar temprano, su colega Julio Carabaña apuesta directamente por su eliminación.

Por lo demás, el artículo coral insta a “desencudarizar” la educación para adultos, en línea con las últimas recomendaciones europeas: “Desprovista de un marco propio, la Educación de Personas Adultas se ve abocada a repetir las mismas fórmulas que ya fracasaron, en muchos casos con el mismo alumnado”, plantea el artículo coral.

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Las propuestas de mejora pasan por repensar el currículum, implementar nuevas metodologías de trabajo, reflexionar sobre nuevos modelos evaluativos y también sobre la organización de los centros.

Cabe todo

Diego Redondo, uno de los autores del artículo, es el director del CEPA Sierra Norte, en Torrelaguna (Madrid), donde nos recibe. Pretende mostrarnos todo lo que cabe en el centro: No solo obtención de títulos de graduado (segundas oportunidades), también enseñanzas iniciales para personas mayores que no pudieron estudiar en su día (primeras oportunidades), y alfabetización, informática, idiomas, robótica, programación o impresión 3D dentro del apartado de promoción personal y participación.

En el Sierra Norte, incluso dentro del grupo de secundaria, hay alumnos que en su momento no estaban centrados para estudiar, o tenían problemas en casa, otros que se han encontrado con problemas para homologar su título de otro país, que lo dejaron en la antigua EGB o en FP1… “Si tenemos 20 alumnos tenemos 20 niveles, y debemos adaptarnos a ellos. Más allá de la materia que impartamos, todos los profesores ejercemos el rol de tutor, personalizamos todo lo posible la enseñanza, y se crea una conexión importante, de tú a tú, sin intermediarios como puede ser la familia, con vínculos intergeneracionales entre alumnos, además, muy interesantes”, explica Redondo.
Son las 9.30 de la mañana de un viernes, y en el aula 2, los siete alumnos que han acudido a la clase de secundaria reciben de Redondo la última prueba de matemáticas que han realizado. Hay un 80% de aprobados, y muchas caras de sorpresa. “Sienten que pueden, que apuestas por ellos”, prosigue el profesor. En la pared, un mural explica, escalón a escalón, cómo llegar desde el I won’t do it hasta el Yes, I did it!

“La pregunta correcta muchas veces no es ‘¿Quién sabe hacer ecuaciones?’ sino ‘¿Quién estaba haciendo caso al profesor cuando explicaba las ecuaciones?’”, asevera Redondo, partidario de escudriñar sobre los aprendizajes y las experiencias que cada alumno porta en su mochila: “La flexibilidad ha de ser máxima, tanto porque muchos cuentan con cargas familiares o laborales, como porque algunos cuentan con conocimientos mucho más amplios que tú en el campo en el que han estado trabajando”. Una flexibilidad en la práctica de clase que, sin embargo, no siempre tiene su reflejo en la legislación. En la Comunidad de Madrid, por ejemplo, los ámbitos, como el de comunicación (lengua e inglés) se han de aprobar íntegros y las materias son anuales, no cuatrimestrales, con lo que muchas veces no se reconocen los avances de los alumnos, que sienten que se la juegan, una vez más, a todo o nada.

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Entre los alumnos, Erika, de 36 años, o Graciana, de 26, han llegado por las dificultades para homologar los títulos de sus países de origen. Florin, con 18 recién cumplidos, lo hizo de la mano de su amigo Michael. Repitió 6º de EGB por las faltas de asistencia y volvió a repetir 3º de ESO. “Me llevaba mal con los profesores. La estaba liando, más que atendiendo, y me di cuenta tarde de que debería haber estudiado”. Acaba de sacar un 8 en el examen, y, tras el graduado, le gustaría seguir formándose en un grado medio de informática o mecánica.

Junto a él, Antonio, de 19 años, dejó el instituto con 16 para convertirse en camarero: “Si la lías te conviertes en el malo de la clase, y ya te buscas la vida, porque ningún profesor te va a ayudar. Bueno, la única experiencia buena que he tenido ha sido con los profesores de lengua. Cambiaban cada año, pero todos han sido majos. De la última conservo el número. Ella quería que siguiera, y sabe que ahora estoy aquí”.

En España, un 43% de la población (y un 34% de los jóvenes entre 25 y 34 años) no ha alcanzado el nivel de secundaria superior, frente al 15% de media de la OCDE. Además, nuestro país cuenta con la tasa más alta de repetidores en secundaria inferior (ESO), un 11%, cuando la media de los países de la OCDE es del 2%, según Panorama de la educación 2018. “En países como Alemania o Finlandia el número de personas sin el equivalente al título de ESO es muy bajo, pero es que hablamos de países donde hasta los 14 años no se puede repetir, y entonces ya estás a las puertas de la educación, vocacional o académica, por la que te decantes”, plantea Redondo.

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En educación para adultos, España, con su 9,4% de población de 25 a 64 años en estas enseñanzas, no está tan lejos de la media de la Unión Europea (10,8%), en línea con Portugal o la República Checa, muy por delante de Rumanía (1,2%), y a una distancia considerable de los países nórdicos como Dinamarca (27,7%), según los últimos datos de Eurostat.

Como se puede leer en Panorama de la educación 2018, “las grandes diferencias de participación entre países, incluso con niveles de desarrollo económico similares, sugieren que hay brechas importantes en la cultura de aprendizaje, las oportunidades de seguir aprendiendo mientras se trabaja y entre los sistemas de educación para adultos”. Sistemas, explica el informe, que “pueden llevar a alcanzar metas no solo económicas, también de enriquecimiento personal, mejora de la salud, participación ciudadana e inclusión social”. Precisamente una de las recomendaciones de la Comisión Europea para este tipo de educación en España es atraer “no solo a los ya cualificados o a los más motivados, también a los más vulnerables”.

En el CEPA Sierra Norte, Trini, Manoli y Loli, alumnas de enseñanzas iniciales, atestiguan que matricularse en el centro ha tenido importantes repercusiones positivas en sus vidas. No solo han descubierto una escuela en color, muy distinta a la de cuando ellas eran niñas, en blanco y negro. “Psicológicamente viene muy bien. Te mantiene activa, recuerdas cosas, tienes más temas de conversación. Es muy enriquecedor”, explica Trini, que de junio a septiembre solo falta si tiene alguna cita médica, y en verano echa de menos las clases. “Te lo explican para que lo asimiles, no como antes, que estudiabas sin enterarte”.

Manoli acudió derivada desde el Ayuntamiento de Alcobendas, donde llegó para informarse de qué podía hacer tras su jubilación. Llevaba trabajando toda su vida de sol a sol y temió que la casa se le fuera a caer encima. En el CEPA ha hecho amistades y ha descubierto que no hay problema de matemáticas que se le resista. Loli, la más joven, de 62, llegó poco después de la muerte de su marido. Su nueva rutina le ha obligado a salir, le ha servido también para oxigenarse y conocer gente.

Pero en el CEPA no hay solo dos grupos de ESO y uno de enseñanzas iniciales. La oferta es muy amplia. A él acuden personas que se quieren preparar pruebas libres para obtener el título de graduado en ESO, o bachiller, o FP, o para acceder a ciclos formativos. Hay, además, un grupo tremendamente dinámico y tremendamente motivado (también tremendamente heterogéneo) de español para extranjeros. Y se ofrece ofimática, inglés, francés… y, desde el curso pasado, robótica, programación e impresión 3D -que se han incorporado también en el currículum de secundaria y enseñanzas iniciales-. Luis y Ana, alumnos de la primera promoción, repiten experiencia, y le relatan a Verónica, nueva este curso, y expectante ante lo que se va a encontrar, sus proyectos finales: un semáforo, un invernadero con medidor de humedad, riego automático y detector de presencia…

Ana, todo un ejemplo de aprendizaje a lo largo de la vida, aterrizó en el CEPA por primera vez hace 10 años, y allí ha estudiado informática o francés. Artesana del vidrio, el acercamiento del curso pasado le ha servido para descubrir la parte más creativa y artística de la informática. Además, le ha dado ideas que aplicar en su oficio, empleando resinas pétreas en impresión 3D para esculturas o mezclando vidrio y metal en joyas. Todos coinciden en que el hecho de que existan centros como este les ofrece la oportunidad de aprender cosas nuevas, una oportunidad que no tuvieron en otro momento, y, además, “sin la presión de la nota”.

En cada aula del CEPA se podría colgar un cartel de “Nunca es tarde” o, como le gusta decir a Diego Redondo, de “No somos el futuro, somos el presente”.

Mariana es, por su parte, todo un ejemplo de superación. Tras cursar el año pasado español para extranjeros, este curso ha superado la prueba de nivel y está preparándose para obtener el título de secundaria. Llegó de Rumanía en el verano de 2016 y, tras “un año perdido” por falta de información, dio con el CEPA. Hablaba, además de su lengua, inglés, francés, alemán e italiano… pero prácticamente nada de español. No logró convalidar sus títulos y lamenta que su experiencia laboral, las aptitudes que ha ido acumulando a lo largo de su vida laboral, con más de 20 años de experiencia en distintos campos, no se valoren. “No quiero trabajar en el mercado negro, ni ser una esclava, y veo que sin el título de ESO no hay posibilidad de ningún contrato. Pero tampoco hay sitio para el diferente. Hay solo una vía principal por la que transitar. Da igual el nivel, las experiencias previas… Todo es muy rígido, nadie te pregunta”, critica en un perfecto español. Sin saberlo, está parafraseando las últimas recomendaciones europeas para España, que hablan de “un camino personalizado y abierto para todos los ciudadanos en el aprendizaje a lo largo de la vida”, teniendo en cuenta sus aprendizajes formales e informales previos en distintos niveles.

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