Convivencia y educación en valores

La educación como doble don

No hay educación sin donación gratuita del educador al educando, una idea bien documentada y aceptada. Pero la educación no termina con éxito hasta que el educando se convierte en donador.

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Fotografía: Prouecto Haciendo Hacenderas. Archivo

Dos palabras sobre la teoría del don antes de hablar de la educación como doble don. El origen de esta idea se encuentra en la obra que Marcel Mauss publicó en 1924 y que hoy podemos encontrar en castellano con el título Ensayo sobre el don (Katz, 2009). De entre los numerosos autores que han considerado el don como hecho antropológico y social relevante, destacan los que en 1981 se agruparon bajo el nombre de Mouvement anti-utilitariste en sciences sociales (MAUSS) y que, encabezados por Alain Caillé , han recogido, actualizado y usado las aportaciones de Mauss para entender mejor la sociedad actual. Un grupo que publica la Revue du MAUSS y que ha construido un paradigma alternativo al pensamiento utilitarista y neoliberal dominante.

La teoría del don opone a la comprensión individualista de los seres humanos, una mirada que los ve como seres interesados, calculadores y preocupados por maximizar las ganancias. Se opone también a una sociedad en la que la lógica económica lo impregna todo a través de procesos de privatización, creación de mercados para todo, generalización de los comportamientos competitivos y búsqueda de la máxima ganancia posible. Finalmente, se opone a un funcionamiento social que acepta la explotación, justifica las desigualdades, multiplica el malestar social, deshace la vida comunitaria y, de manera acelerada, pone en peligro los equilibrios ecológicos. La teoría del don entiende que los humanos no se guían en exclusiva por el interés, sino que su conducta también está motivada por la voluntad de dar, de implicarse en un intercambio de favores y ayudas que puede contribuir a crear una sociedad más favorable a la justicia, la convivencia y la cooperación.

¿En qué consiste el don, este núcleo antropológico opuesto al interés y la competición? Mauss y sus seguidores muestran que desde siempre los humanos se han vinculado, gracias a un ciclo formado por tres o cuatro momentos: (pedir), dar, recibir y devolver. Las palabras aclaran bastante bien el significado de cada una de las etapas: se parte de una necesidad que se hace explícita con una solicitud o que simplemente se detecta; se le da respuesta ofreciendo ayuda de manera libre y sin esperar nada a cambio; el receptor acepta el don sin sentirse presionado ni menospreciado y, finalmente, siendo el deseo de devolver el regalo y lleva a cabo este deseo. Este ciclo y su repetición permite establecer lazos entre individuos, crear comunidades cooperativas y, quizás aún más importante, formar subjetividades orientadas a la ayuda mutua más que a la lucha.

Y todo esto, ¿qué tiene que ver con la educación? ¿Por qué decimos que la educación es un proceso de doble don? Pues sencillamente porque no hay educación sin donación gratuita del educador al educando, una idea bien documentada y aceptada. Pero la educación no termina con éxito hasta que el educando se convierte en donador, hasta que inicia un ciclo de ayuda a los demás y a su comunidad, un aspecto que a menudo ha pasado por alto la reflexión pedagógica y que no siempre se considera una etapa necesaria para una educación completa.

Vamos por partes. La educación supone un primer ciclo que va del educador al educando. No tenemos dificultades para entender que el educador debe implicarse personalmente en una acción de donación en favor de los jóvenes. Primero, mostrando con afecto que los estaba esperando, que confía en sus posibilidades y que hará todo lo posible para ayudarles a salir adelante. Segundo, transmitiendo los conocimientos y las habilidades que domina con pasión y con la voluntad de que las hagan suyas de manera significativa. Tercero, presentando los valores que ayudan a convivir y hacerlo criticando la sociedad en todo lo que merece, sin privar a los jóvenes de la esperanza en el futuro. Todo esto, sin embargo, es tan sólo el primer momento de un ciclo del don.

Lo que entrega el educador debe poder ser recibido por el educando. La recepción del don no es inmediata o de una sola vez, sino que requiere tiempo para conocerse y comprobar la sinceridad del formador. Como saben bien los profesionales de la educación social, las personas que han sido despreciadas no pueden aceptar de inmediato lo que nunca antes han recibido, ni pueden aceptar lo que piensan que proviene de personas iguales a las que tantas veces los han vulnerado. Recibir en estas condiciones no es fácil, pero de ninguna manera es imposible. Y cuando se ha recibido y aceptado un don, se siente la necesidad de devolverlo. El retorno educativo más habitual es el respeto y la consideración por el educador; es decir, la disposición a aprender lo que enseña. En educación, el mejor retorno que reciben los educadores es el reconocimiento por parte de sus alumnos que han sido sus maestros. Aquí termina el primer don, pero no termina el proceso educativo; estamos en la mitad.

La segunda parte del proceso educativo supone un nuevo ciclo del don que ahora debe iniciar el aprendiz, y lo hará en favor de la comunidad en la que está entrando. Si la disposición a dar es un rasgo antropológico común a todos los humanos, la educación debe proporcionar a los educandos experiencias que les permitan convertirse en donadores. Como hemos podido ver con frecuencia, cuando una persona ha dado gratuitamente una ayuda a los demás, su autoestima, identidad y opciones de futuro se modifican claramente y de manera positiva. Por otra parte, para entrar como miembro de pleno derecho en una colectividad es necesario haber aportado libre y gratuitamente algo en su beneficio. Nos sentimos y somos reconocidos como personas y como ciudadanos cuando conseguimos hacer alguna aportación a la comunidad. Dicho de otro modo: si negamos a los jóvenes la posibilidad de servir a la comunidad o a sus miembros, estamos impidiendo el desarrollo de una disposición que los humaniza, facilita la convivencia y crea sentido de pertenencia. Debemos pedir ayuda a los jóvenes porque la comunidad saldrá beneficiada y porque así se hace posible completar su formación.

Hasta aquí la educación como doble don: primero, del educador en favor de los jóvenes, y después de las personas en formación en favor de la comunidad. Un tema para otro momento será acercarse a las metodologías que hacen posible el segundo ciclo de donación. El aprendizaje servicio, la ayuda entre iguales y los grupos de ayuda mutua son herramientas útiles para alcanzar con garantías este segundo momento del proceso formativo.

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