Convivencia y educación en valores

El humor, una herramienta poderosa: cura, protege y transforma

Los maestros que han introducido el humor en su intervención cotidiana utilizan metodologías y recursos que les ayudan a flexibilizar la rigidez del sistema y valoran elementos como el esfuerzo personal y el bienestar del niño.

Xus Martín 20/3/2018

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Fotografía: Pixabay

En el libro Voces de Chernobyl la Premio Nobel Svetlana Aleixiévich recoge el testimonio de supervivientes de la explosión de la central nuclear en 1986 que recuerdan el poder que tuvieron los chistes a la hora de soportar la tragedia. De manera similar se expresa Viktor Frankl al rememorar los años vividos en el campo de concentración de Auschwitz. “El humor era un arma del alma en su lucha por la supervivencia”, escribe el autor vienés.

No es casual que en situaciones marcadas por la tragedia y la adversidad, las víctimas encuentren en el humor un recurso singular para combatir la angustia y no sucumbir en la desesperación. Son muchos los estudios que han mostrado los beneficios del humor en el estado físico y anímico de las personas, ya sea porque aumenta las defensas del sistema inmunológico, porque libera endorfinas incrementando la sensación de felicidad o porque ayuda a descargar la tensión muscular.

Un ejemplo del uso terapéutico del humor lo encontramos en el ámbito de la salud donde la risoterapia se ha hecho un espacio y hoy forma parte de muchos procesos de curación de la enfermedad.

Pero si el humor cura, también tiene un papel importante como elemento protector. Así, podemos decir que no sólo mejora el malestar sino que, además, lo puede evitar. Seguro que se trata de un descubrimiento hecho de manera intuitiva por los buenos educadores, aquellos que con una broma rebajan un momento de tensión, que con un chiste consiguen acaparar la atención del grupo o que con un comentario divertido sobre sus propios errores quitan hierro a los fracasos de los jóvenes.

Son educadores que entienden que el bienestar de los niños y adolescentes depende en buena parte del clima que se respira en clase y saben que la broma, el ingenio y el buen humor son elementos imprescindibles para “crecer sanos”. Tienen claro el límite entre reírse con los alumnos y reírse de un alumno y no se permiten -ni permiten en el grupo- el mal uso de un recurso que saben que tiene una importante carga emocional.

Mediante una buena dosis de humor mantenida a lo largo del tiempo este docentes transforman la vida del aula: reducen situaciones de enfrentamiento, aumentan la motivación del alumnado, generan un ambiente cordial, ayudan a perder el miedo y a tolerar pequeñas frustracione, crean buenas condiciones para el aprendizaje, favorecen la aceptación de la diversidad y se toman con deportividad los incidentes del día a día propios de cada edad.

Decía Dickens que no hay nada en el mundo tan irresistiblemente contagioso como la risa y el buen humor, una idea que se puede constatar en la escuela al ver cómo hombres y mujeres de diferentes edades hacen suyo el talante positivo del maestro y participan activamente en la creación de un ambiente en el que las risas, las bromas y la alegría forman parte de las relaciones con los compañeros y los adultos.

Los maestros que han introducido el humor en su intervención cotidiana utilizan metodologías y recursos que les ayudan a flexibilizar la rigidez del sistema y valoran elementos como el esfuerzo personal y la adquisición de aprendizajes pero también el bienestar del niño. Por eso están especialmente satisfechos al oír los alumnos decir que han aprendido mucho, han trabajado duro y se lo han pasado muy bien. (¡Por cierto, un comentario que los maestros que impulsan actividades de aprendizaje servicio escuchan muy a menudo!).

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