Convivencia y educación en valores

¿Han perdido autoridad los profesores y profesoras?

La autoridad no se otorga desde fuera, se adquiere desde dentro por los valores, competencias y actitudes de quien debe ejercerla

Pedro Uruñuela

5/11/2018

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Fotografía: Enric Catalá

En esta última semana hemos podido ver repetidamente por televisión el ataque con una pistola de un alumno francés a su profesora, para pedirle que le justificara una ausencia a clase. También hemos tenido noticia de la agresión sufrida por una maestra de educación infantil por parte de una madre, por un supuesto maltrato hacia su hija. Se trata de acciones que merecen el rechazo categórico por parte de toda la sociedad. No cabe duda de que la violencia existente en la sociedad y, de manera especial, la que afecta a los niños y niñas, preocupa a muchas personas, considerando que su erradicación es una de las tareas más importantes y necesarias que debemos plantearnos en este momento.

Para hablar de estos temas fui invitado a participar en una mesa redonda por parte de la ETB, la televisión vasca. Junto a opiniones de gran interés, me llamó especialmente la atención la insistencia en determinados juicios de valor que, lejos de analizar lo que está pasando, los factores presentes en episodios de violencia y las posibles alternativas a la misma, incidían y subrayaban los estereotipos y prejuicios habituales en este tema.

Ejemplo de lo anterior, alguna de las preguntas que me hicieron llegar para preparar mi intervención. La primera decía “¿Por qué pierden autoridad los profesores? o, dicho de manera más coloquial, ¿por qué al profesor se le suben los alumnos cada vez más a la chepa?” Y, en la segunda pregunta, “en la escuela ‘de antes’ -y no digo que estuviera bien- el profesor te soltaba una buena bofetada y listo. ¿Los profesores están ahora ‘atados de pies y manos’ a la hora de aplicar ‘correctivos’ a los alumnos más díscolos?”

Suele ser un mensaje que se repite y escucha con cierta frecuencia: hay una crisis de autoridad, vivimos en una sociedad permisiva en la que han desaparecido los deberes, estamos pagando las consecuencias del “mayo del 68” y su famoso “prohibido prohibir”, hay crisis en la familia, etc. y, por todo ello, es necesario recuperar la autoridad en todos los ámbitos sociales y, por supuesto, también en la escuela por parte del profesorado, buscando una mayor disciplina y más orden.

Se trata de afirmaciones que se dicen, pero que no se demuestran y que, además, no se adecúan a la realidad. En mi libro “Trabajar la convivencia en los centros educativos”, citando el estudio llevado a cabo por el Observatorio Estatal de la Convivencia y publicado en el año 2010, aporto datos que desmienten estas suposiciones. En general, el clima de convivencia que se vive en los centros es bueno, aunque no faltan episodios concretos de quiebra de la convivencia que crean cierta alarma en la sociedad. Pero no podemos olvidar que, como dice el refrán “hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece”, y lo que llama la atención es lo negativo, la ruptura de la convivencia.

Más que de pérdida de autoridad por parte del profesorado, hay que hablar que se ha perdido poder y que eso puede ser bueno. No sólo el profesorado, también otras profesiones, como la medicina, viven la difusión y el acceso generalizado al conocimiento característico de nuestra sociedad de la información, de la sociedad digital. Hoy día, ante un determinado diagnóstico o tratamiento por parte de quien es especialista en un determinado tema, es posible consultar, vía internet, otras opiniones y planteamientos y, en muchas ocasiones discutir con dicha persona sus opiniones o conclusiones. El poder derivado de ser experto/a en una determinada materia está desapareciendo, y la información, con independencia de su utilización, está al alcance de quien quiera buscarla.

Suele ser bastante habitual confundir el poder con la autoridad, pero se trata de dos realidades muy diferentes. Ambos comparten un elemento en común, pretender que otra persona o grupo de personas haga algo o se comporte de una determinada manera, aunque no quiera o no le interese. Las diferencias vienen dadas por los medios que se utilizan para ello, la fuerza en sus distintas manifestaciones u otros recursos de tipo moral o psicológico.

En efecto, lo característico del poder es el empleo de la fuerza, sea esta física, legal o psicológica. Esta fuerza no emana de la condición personal de quien la ejerce, sino de la posición que ocupa en la relación social. Es algo que se le otorga desde fuera, no brota de la misma persona. Por su parte, la autoridad se define como capacidad de influencia y está vinculada a determinadas cualidades de la persona. Por su etimología (“augere”), la autoridad busca hacer crecer, aumentar la autoafirmación. No se apoya en la fuerza, sino que se trata de una cualidad moral que se gana día a día con la profesionalidad, el buen ejemplo, el respeto y la dedicación. Desde la autoridad, las personas se confieren mutuamente un respeto basado en el saber, el buen hacer, la coherencia y el reconocimiento mutuo.

La autoridad no se otorga desde fuera, es algo que hay que ganar y construir desde dentro, desde el día a día. Lo característico del profesorado es la autoridad, ya que, como decía Giner de los Ríos, el objetivo de la educación es enseñar a los alumnos/as a dirigir con sentido su propia vida, algo que no se puede lograr desde la imposición y la fuerza, sino desde el ejemplo, la convicción y las cualidades morales, desde la autoridad.

Y es que, volviendo a las preguntas iniciales planteadas en el programa televisivo, lo que se está reivindicando desde las mismas es más poder para el profesorado, no más autoridad. No se trata de reivindicar el poder dar una bofetada, no es que los profesores/as estén atados de pies y manos a la hora de aplicar correctivos a los alumnos más díscolos. Se trata de reforzar la verdadera autoridad del profesorado, la que expresa su capacidad de convicción y de influencia sobre el alumnado. Por experiencia, muchos de los alumnos y alumnas más conflictivos no están rechazando la autoridad del profesorado, sino formas concretas de poder a través de las cuales tratan de imponer su voluntad sobre el alumnado.

Es preciso que, desde el propio profesorado, nos planteemos una revisión a fondo de nuestra forma de actuar, analizando si lo que predomina en nuestra acción docente es la autoridad o el poder. Y si, como consecuencia de estos planteamientos, lo que estamos reivindicando es un poder meramente punitivo, un refuerzo de las sanciones sin más, lejos de otros planteamientos restaurativos más cercanos a la autoridad, que buscan la recuperación y la reeducación del alumnado cuya conducta debe ser corregida. Como pone de manifiesto el estudio antes citado, y por mucho que nos extrañe, la sanción más frecuente por parte del profesorado sigue siendo el “mandar copiar”, junto con las expulsiones de clase o del centro. Algo absolutamente ineficaz. ¡Qué diferente es decirle a un alumno o alumna “tú sí, pero esto no” y trabajar CON él o ella para mejorar!

Es preciso también recordarle a la administración educativa que todo está relacionado con todo, y que las políticas de recortes, la supresión de la formación permanente o las afirmaciones de descrédito del profesorado son factores que contribuyen a minar esta autoridad del profesorado, por muchas proclamas que hagan sobre la misma o muchas leyes de autoridad que se proclamen. La práctica diaria prevalece sobre las intenciones, sin ayudar a solucionar los problemas existentes.

Por último, y hablando como profesores y profesoras, es preciso reconocer que sin una buena convivencia, sin una buena relación con el alumno/a es imposible adquirir y ejercer la autoridad con el alumnado. El punto de partida es el reconocimiento del otro, del propio alumno o alumna, aceptarlos como personas, reconocer su dignidad y fomentar su protagonismo y participación. La autoridad, como se ha visto, es algo que nos otorgan las otras personas, nuestros alumnos y alumnas, al reconocer en nosotros determinados valores, competencias y actitudes.

Adaptando un planteamiento de Puig Rovira, tres dinamismos son clave para este reconocimiento del alumnado y consiguiente refuerzo de la autoridad, los que podemos denominar las tres C: el Cariño que pone en marcha lazos de afecto hacia el alumnado, la buena Comunicación y el diálogo con ellos y ellas y, por último, la Cooperación que lleva al trabajo conjunto y a la sinergia de unos con otros.

No hay que olvidar que la autoridad no se otorga desde fuera, se adquiere desde dentro por los valores, competencias y actitudes de quien debe ejercerla, Trabajemos en esta dirección, reforzando las capacidades profesionales y socioemocionales necesarias para trabajar hoy en las aulas.

Pedro Mª Uruñuela Nájera. Asociación CONVIVES

Comentarios

  • Teresa

    Se te han escapado algúnA profesorA
    y algunA alumnA al querer forzar el masculino y el femenino: “¿Por qué al profesOR se le suben los alumnOs cada vez más a la chepa?,” o ” el profesOr te soltaba una buena bofetada”.En este enlace http://www.rae.es/consultas/los-ciudadanos-y-las-ciudadanas-los-ninos-y-las-ninas verás que el uso de ese “género inclusivo” no tiene explicación lingüística.
    Soy mujer y, por tanto, defensora de la igualdad sin condiciones, pero ¿es esta la manera? …🤔

    6 noviembre, 2018
  • Joaquín J. Martínez Sánchez

    Gracias por compartir la demanda razonada de una nueva forma de autoridad. Añadiría que la novedad ya no descansa sobre las espaldas y contra el rostro de los docentes, sino que consiste en articular una comunidad democrática de aprendizaje y de comunicación (incluyendo la autoevaluación). Hace décadas o siglos que las normas no se pueden fundar sobre el principio de verticalidad (potestas, prestigio), sino que necesitan justificarse y legitimarse a diario, a través del razonamiento y la libre argumentación. No podemos seguir educando a niñas y niños en la obediencia ciega y quejándonos de que no lo aceptan y prefieren la anomia: en el aula, en la calle o en la familia. Las etapas del desarrollo moral no son un invento de unos cuantos filósofos, sino que se apoyan en la psicología social y (aunque no se suela aludir a ello) en la neurociencia. Si tratamos a los menores, incluso en la adolescencia, como objetos del imperativo, no les hacemos capaces de reconocer la necesidad de las normas, excepto por temor al castigo. Ya saben de sobra que son convencionales, pero no tanto que se basan en los derechos humanos. Primero tienen que descubrir que las normas sirven para resolver problemas y que se convierten en libertades y capacidades a través del desarrollo integral de las personas. Es bueno que vengan personas expertas a educar en valores, pero todavía es más importante que la comunidad redescubra el sentido fundante de la democracia para la convivencia.

    5 noviembre, 2018
  • Elvira Duran

    Gracias, Pedro. Leerte siempre es un bálsamo y un pasito adelante.
    Será por eso que no me gusta la palabra empoderar?

    5 noviembre, 2018

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