Convivencia y educación en valores

A propósito del manifiesto ‘Por una educación democrática en valores’

Un texto que esperamos que tenga la difusión y el impacto que merecen la oportunidad, la claridad y la ponderación con que se plantean los problemas.

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Fotografía: Pixabay

Un grupo de personalidades, de reconocido prestigio en el campo de la educación, acaba de publicar un Manifiesto con este título. Quisiéramos glosarlo desde la convicción profunda de su oportunidad y para destacar la que entendemos que es una aportación rigurosa y de interés público.

Un Manifiesto del Siglo XXI

Empezamos por hacer una reflexión sobre el formato mismo escogido por los autores. No estamos ante un “Manifiesto” cualquiera: afecta a la finalidad misma de la educación en un entorno, nos atrevemos a afirmar, de crisis del modelo democrático a diferentes niveles y en un contexto en el que se ha llegado a un reduccionismo de los temas educativos partidista, simplista y demagógico. Tienen razón los autores cuando dicen que “el actual contexto social y cultural dificulta y, a la vez, exige generalizar una educación en valores democrática y compartida”.

En su última obra, Un tiempo de rupturas. Sociedad y cultura en el siglo XX (Crítica, 2013), Eric Hobsbawm, una de las voces más autorizadas de la historia social y cultural europeaa, comentaba que llevaba casi un siglo leyendo “manifiestos”, desde el Manifiesto Comunista de Marx y Engels, cuando tenía 15 años, hasta el Manifiesto de los Dadaístas o el Manifiesto literario de Jeff Noon, publicado el 10 de enero de 2001 por The Guardian. Y se preguntaba: ¿Cómo sobrevivirán los manifiestos en el siglo XXI ?.

Si miramos la propuesta del Manifiesto que nos ocupa, podríamos contestar que, en el campo de la educación, ahora y aquí, los manifiestos tienen sentido y sobreviven porque hay que:

  • Denunciar el reflujo que la educación en valores parece vivir últimamente.
  • Reivindicar el respeto a la diversidad y compartir unos valores básicos.
  • Dar a conocer el amplio background del que partimos.

Bienvenido un Manifiesto como este. La educación democrática, como bien dicen, es un largo camino de aprendizaje, forjado en la convivencia, el diálogo, el compromiso de todos los agentes educativos y la defensa de los principios y los valores contra las numerosas amenazas en la sociedad actual.

Si hubiera que poner ejemplos, podríamos hablar de los manifiestos de la Federación Catalana del Esplai, sobre el carácter educativo del ocio y el pluralismo de los modelos; los de la defensa de la escuela y la lengua catalana, sobre la desafortunada campaña contra muchos maestros, acusándolos, con un reduccionismo y simplismo rampantes, de “adoctrinar” del alumnado; o las diversas denuncias de la dejadez de los poderes públicos y la renuncia a políticas educativas comprometidas con el impulso de la democracia en los centros, mediante medidas efectivas de lucha contra la exclusión social y los procesos de guetización de muchos centros; o la importancia de la tutoría como lugar para la reflexión sobre principios éticos y valores, y el potencial democrático de los proyectos de ApS.

Vivimos momentos de muchas incertidumbres y no poca confusión, que piden una reflexión crítica compartida sobre los principios que ayude a plantear los temas en su complejidad y tenga el coraje de hacer propuestas.

En esta colaboración abordaremos sólo algunos de los temas planteados en el Manifiesto.

Democracia, Educación y Aprendizaje-Servicio

Empecemos por recordar que la democracia presupone sujetos con derechos individuales y sociales y una relación entre ellos basada en el decir y hacer veraces y que arriesgan. La calidad democrática requiere, sobre todo, la existencia de personas autónomas, de ciudadanos dispuestos a hacer uso de la palabra con responsabilidad y actuar con determinación, con valentía y coraje, en la construcción de la comunidad local, del barrio, la ciudad o el país, haciéndolo junto a otros, ejerciendo los derechos desde el respeto mutuo. Solo con esta hermenéutica del sujeto podremos hacer frente a la destrucción de lo social que estamos viviendo inmersos en una crisis cultural de alcance global.

El derecho a tomar la palabra e incidir en los asuntos públicos constituye el fundamento mismo de la Democracia, también por los niños y los jóvenes. La palabra valiente, respetuosa y asumida con los riesgos pertinentes, construye la Ciudad y salvaguarda la Convivencia: la ausencia de compromiso y la mentira son contrarios a la ciudadanía.

La apuesta educativa para el aprendizaje-servicio merece una especial y más intensa atención por parte de los centros y el conjunto de los educadores. Es una alternativa que potenciar por parte de todos, si queremos una educación de los niños y jóvenes que haga de ellos ciudadanos libres, responsables, participativos y comprometidos, capaces de ser creativos, buenos compañeros y buenos vecinos.

Tienen razón los autores del Manifiesto al decir, en la propuesta séptima, que “la educación democrática incorpora en el currículo (y en la educación en general, añadiríamos pensando en el mundo del recreo) prácticas de ciudadanía que permitan la alumnado realizar un servicio a la comunidad” a partir de las necesidades sociales reales y la colaboración con los agentes del entorno.

La tutoría y la mentoría como espacios democráticos para el diálogo y el debate de temas relevantes a la luz de los Derechos Humanos

El Manifiesto da pie a que abordemos un tema primordial para la educación democrática. En palabras de los autores recordamos que “sin establecer un trato personal basado en la acogida, la confianza y el empoderamiento” no es posible que los jóvenes construyan un proyecto vital. Lo hemos podido comprobar en las mentorías sociales, realizadas, por ejemplo, en los programas para jóvenes de Fundesplai y en las tutorías realizadas en las aulas de secundaria. Si la mentoria ha hecho posible acompañar procesos de inserción sociolaboral de muchos jóvenes y orientar en la adquisición de competencias sociales y comunicativas, en el caso de la tutoría hemos fomentado el espíritu crítico, el diálogo y la cooperación, la mejora de la convivencia en el aula y en el centro, la ampliación de consensos sobre temas que afectan a la vida cotidiana y el encuentro de soluciones a tensiones y conflictos, desde el respeto a la dignidad de todos.

Es imprescindible preguntarse cómo podemos hacer de la mentoría y la tutoría un espacio más democrático, más coordinado y compartido entre el profesorado, en cuanto a cursos y coordinación pedagógica. En la tutoría, sin adoctrinar, desde el respeto al pluralismo, debe poder debatirse sobre los temas y las cuestiones que preocupan en la vida colectiva, sin permitir la desinformación, ni la mentira y sin pretender aislar las aulas de la vida real. Podemos decir que la tutoría ha sido siempre un espacio privilegiado de la escuela y el instituto en el que se ha enseñado al alumnado a dialogar con respeto, facilitar la convivencia y el trato no discriminatorio, a compartir experiencias y materiales entre el profesorado. Aún queda mucho camino por recorrer, pero partimos una situación muy variada y rica y de experiencias excelentes de educación en valores, que haríamos bien de difundir y compartir entre los equipos de tutores.

Inclusión frente a segregación

Los autores del Manifiesto parten de la idea de que “la inclusión es un principio básico de la educación democrática para hacer frente tanto a la segregación como la uniformización educativas”. Tienen toda la razón al hacer esta afirmación. Basta recordar determinadas situaciones para ver la importancia capital y la urgencia de esta afirmación.

Algunos estudios afirman que en Cataluña, por ejemplo, habría entre 140 y 150 centros que sufren situaciones “de alta segregación”, muchos de ellos son centros de alta complejidad, escuelas e institutos con una gran diversidad social y étnica, a donde van a parar los hijos de muchas de las familias más pobres y, a veces, en su mayoría miembros de alguna minoría étnica.

El hecho mismo de recordar estas situaciones no deja de ser todo un problema: no se puede generalizar, ni se debe crear alarmismos innecesarios. Pero tampoco se puede negar u ocultar la dureza de las condiciones en que el profesorado trabaja en muchos de estos centros, haciendo frente a dificultades y situaciones que rebasan la formación recibida, las condiciones materiales y los recursos disponibles.

La realidad de muchos centros es bien preocupante: desde un absentismo incontrolado en aumento y un abandono prematuro muy elevado, hasta la presencia de una cierta violencia latente que puede explotar en cualquier momento o lugar del centro. Las situaciones son muy diversas y dispersas.

Ciertamente, cada centro es un mundo, pero las señales de alarma empiezan a ser preocupantes en los centros que viven procesos de guetización, ya que no todas las “áreas segregadas” son guetos, ni enclaves étnicos propiamente dichos. Sin embargo, hay altos niveles de segregación de hecho en un sistema que se proclama, enfáticamente, inclusivo.

Apenas estos días se habla de un nuevo proyecto de Decreto sobre la preinscripción escolar, siguiendo las pautas más recientes indicadas en el “Pacto contra la segregación”, impulsado en el marco del Sindìc de Greuges (defensor del pueblo) de Cataluña. Bienvenida una iniciativa largamente esperada por muchos. El problema, sin embargo, va mucho más allá de esta medida necesaria y urgente. Tampoco bastan las declaraciones genéricas sobre el impulso y el desarrollo de la escuela inclusiva, sin medidas concretas que lleguen a mejoras reales a pie de aula y de centro educativo, que es donde se viven estos problemas.

Con no pocas dificultades se pudo aprobar el Decreto que propugna el modelo inclusivo de la escuela catalana. Pero, se tiene la convicción de que existe un profundo divorcio entre el ideal inclusivo que se propugna y las posibilidades reales de los centros y del profesorado, ante un alumnado con conductas disruptivas, absentista, que acaba abandonando prematuramente la escolaridad obligatoria, al que el sistema educativo actualmente no da respuesta, ya desde tercero y cuarto de la ESO.

Durante los últimos años, hemos visto cómo determinados servicios educativos han ido tomando una orientación “clínica”, en detrimento de la psicopedagógica, interdisciplinar y multiprofesional, que tenían antes.

Hace unos días, la concejala de Derechos Sociales de Barcelona anunciaba una iniciativa de su Ayuntamiento de crear, el curso 2019-2020 en Sant Andreu, una “Escuela de Segunda Oportunidad” para este tipo de alumnado.
Por su parte, Fundesplai ha hecho, recientemente, una propuesta similar, partiendo de la experiencia de varios programas dirigidos a jóvenes en riesgo de exclusión social, que han abandonado los estudios obligatorios o tienen que hacer frente a situaciones de vulneración de sus derechos ( “Ama”, “Joven-Valor”, “Tresca”, “Enfoca’t”, “Innóvate”, “Empleo Joven” y otros).

Creemos llegado el momento de proponer un paso más adelante. Hay que diseñar un modelo de centro que ayude a estos jóvenes a encontrar nuevas oportunidades educativas. Estos centros también podrían ser privados y deberían poder acceder a los conciertos educativos, convirtiéndose así centros concertados de nuevas oportunidades para los jóvenes. Se trataría de dar estabilidad al que es un auténtico servicio público y sacarlos de los circuitos de la “subvención” y del nefasto y perverso sistema de “concertación pública vigente”, aplicados a las UEC o en algunas experiencias singulares.

Y, si se contemplaran estos conciertos, ¿por qué excluir a las entidades del sector social y educativo de la prestación de este servicio de interés público, si tienen la voluntad de colaborar y hacerse corresponsables en la búsqueda de alternativas a un problema social, que va en aumento y para el que las iniciativas implementadas hasta ahora no han terminado de dar la respuesta adecuada? No parece que las administraciones educativas estén por la labor. Más bien lo contrario, a pesar de la retórica al uso habitual entre todo tipo de gobiernos, sean de derecha o de izquierdas.

Laicidad y valores

“La educación democrática defiende la laicidad del sistema educativo y la libertad de conciencia”. Hace algunas décadas que algunos venimos defendiendo la tesis del Manifiesto en este punto: “No impartir la docencia religiosa confesional durante la jornada escolar y ofrecer a todo el alumnado los contenidos culturales sobre las distintas creencias que permitan comprender y valorar el papel de las religiones en la historia, en la actualidad y en la vida de las personas, sean o no creyentes “. Venimos arrastrando la cuestión desde los años 70 hasta hoy, sin terminar de resolverla.

La larga sombra de las viejas polémicas sobre la confesionalidad y la laicidad, con las clases de Religión Católica en la escuela y el Concordato por medio, han impedido la implantación de la alternativa, nacida del propio profesorado de Religión, que conocimos como en “Cultura Religiosa”. Una visión estrecha y miope ha conseguido que la ignorancia sobre el hecho religioso y su incidencia cultural y social llegue a extremos y sálvese libremente entre la ciudadanía.

Los intereses del integrismo católico, durante el último siglo y medio, han sido un freno para un consenso en torno a la laicidad. Detrás una concepción ética y de valores máximos y una cierta incapacidad de ubicar la misión de la Iglesia en el mundo plural, nuevo y diferente.

No fuera justo olvidar, sin embargo, el significativo paso dado en los dos últimos cursos en Cataluña a pesar de las limitaciones del marco jurídico y legal, entrando, si se nos permite decirlo así, por la puerta pequeña. Se trata de nuevos “materiales curriculares para la asignatura de Religión”. Es una propuesta diferenciada de orientaciones y contenidos hecha desde el Departamento de Enseñanza de la Generalitat de Cataluña, el más próximo a la propuesta de Cultura Religiosa de que venimos hablando. Una propuesta a la que, creemos, no se ha prestado la debida atención, al menos, como punto de partida para un debate serio sobre el tema. Ya en 1990 el Consejo Escolar de Cataluña había aconsejado ir por este camino. Todo ello algo lamentable y veinte años perdidos.

La dimensión ética de la educación

Entre las propuestas del Manifiesto deseamos destacar la doce: “La educación democrática requiere que el profesorado pueda dedicar tiempo a dilucidar las cuestiones importantes de su vida profesional”. Entre ellas citan “la reflexión sobre las cuestiones controvertidas relacionadas con la ética, la convivencia y la construcción de una sociedad más democrática y participativa, que permitan construir criterios compartidos que orientan la actuación docente.

Desde 1991, en el seno del Consejo Escolar de Cataluña, hemos seguido el trabajo realizado en este campo entre los docentes, hasta los documentos de los Movimientos de los Maestros de Cataluña y la aprobación del Código Deontológico de la profesión docente, por la Junta del Colegio de doctores y licenciados, los años 2010-2011. Estas dos instituciones han hecho patente la pulsión ética existente entre el profesorado de Cataluña y la preocupación profunda y sincera por un ejercicio de la profesión que apuesta por el respeto y la dignidad, por la autonomía personal del alumnado, por una concepción democrática y dialógica, desde el pluralismo ideológico. A la luz de estos documentos queda evidenciado el sesgo ideológico-político de la campaña contra un supuesto adoctrinamiento.

El profesorado de Cataluña ha mostrar una exigencia ética ejemplar, aunque queda mucho camino por hacer. Nunca han dado por cerrado y terminado el tema. Al contrario se han hecho propuestas abiertas al debate y la reflexión, bien conocidas en el sector educativo.

También es verdad lo que E. Durkheim comentaba sobre el tema: una moral profesional no puede funcionar más que como obra de un grupo y si este la protege con su autoridad y es obra del mismo grupo, en cada momento histórico. Por eso es por naturaleza un tema inacabado, está necesitado de actualización a pie de aula y de centro, día a día. Por ello, a nuestro entender, el tema clave es qué y cómo se plantean los dilemas éticos de la educación, a partir de la práctica docente y de la experiencia a pie de aula en cualquier centro. Aunque, también entre los docentes hay todo tipo de personas, hemos podido observar cómo algunos de ellos planteaban situaciones y dudas a la hora de tomar importantes decisiones, individuales o colectivas, dando ejemplos de coherencia y de rigor ético y moral.

Hay que elogiar el temple ético y moral de buena parte del profesorado de la escuela catalana que, por ejemplo, ha sabido dar, en el último año, respuestas adecuadas, moderadas y presididas por el principio de responsabilidad y respeto a la dignidad del alumnado y de las familias, el pluralismo y la libertad.

Otras cuestiones

El Manifiesto plantea muchos otros temas de indudable interés, que no comentaremos en esta ocasión, como, por ejemplo, la atención a la necesidad de cambio cultural que la sociedad reclama en relación a los géneros; la mirada crítica y el esfuerzo transformador en la tarea de la escuela; el uso responsable y crítico de las tecnologías y de los medios de comunicación; la participación activa de todos los agentes y de la comunidad que intervienen en la educación.

Deseamos que el Manifiesto tenga la difusión y el impacto que merecen la profundidad, la claridad y la ponderación con que se plantean los problemas.

 

Salvador Carrasco Calvo. Miembro del Patronato de Fundesplai.

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