Convivencia y educación en valores

El valor del diálogo para compartir desacuerdos

Educar en valores también es promover el aprecio por el diálogo que nos permite vivir como si fuera posible el acuerdo a pesar de que no sea una realidad aquí y ahora.

Miquel Martínez

28/11/2018

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Dos docentes conversan en el aula. Imagen de archivo.

A menudo se considera el diálogo como valor porque, cuando es auténtico, significa escucha, uso de argumentos para expresar nuestras ideas y sentimientos, aceptación del otro e interés por sus intereses. En sociedades diversas como la nuestra, con pluralidad de concepciones sobre la vida y el mundo muy diferentes, es importante buscar consensos, compartir mínimos y llegar a acuerdos para vivir y convivir dignamente. Pero el acuerdo no siempre es posible y el desacuerdo se convierte en algo natural y no necesariamente negativo. ¿Dónde radica en estos casos el valor del diálogo?

Quienes apostamos por una ética de mínimos como fundamento de una educación democrática en valores reconocemos el diálogo como uno de estos mínimos que hay que compartir y cultivar desde la escuela, la familia y los medios de comunicación. El mundo en que vivimos es diverso, cambiante y de comprensión compleja, y la educación no es ajena a estos hechos. La diversidad propia de la sociedad actual es enriquecedora, pero no todas las diversas maneras de entender el mundo son igualmente legítimas, ni tampoco todas las propuestas de educación en valores.

Lo son aquellas propuestas que cultivan como mínimo y, al mismo tiempo, la autonomía de la persona que se está educando, el diálogo y el respeto y el reconocimiento de la “diferencia” -no de la desigualdad- como valores. Es deseable, y probablemente necesario, que toda propuesta de educación en valores incorpore más valores, como compromiso con el bien común, defensa de los valores de una cultura, forma de pensar, ideología o religión… Pero en todo caso que en su práctica pedagógica educadores, familias y medios de comunicación respeten y cultiven estos valores que proponemos como necesarios y mínimos en sociedades plurales que quieren conservar y profundizar en los valores de la democracia, en los que nos hacen más libres e iguales.

Esta igualdad y libertad sólo es posible si aceptamos la “diferencia” como valor. Aceptar la diferencia como valor significa reconocer al otro con las mismas condiciones que quiero que se me reconozcan. Y una de las prácticas que conduce a esta aceptación, una de las que forma el hábito de la convivencia en sociedades plurales como la nuestra, es la práctica del diálogo. Cuando el diálogo busca consensos y lo consigue respetando al otro y su autonomía, es potencialmente muy rico y ciertamente un valor.

Pero ahora quiero destacar su valor como factor de una determinada manera de vivir y convivir cuando no estamos de acuerdo, como una forma de vida, de respeto y enriquecimiento humano cuando discrepamos, como una forma de pactar los desacuerdos y de compartir algo menos que consiste en respetar la libertad del otro y su criterio, y de reconocer que sólo mediante el diálogo se pueden abordar las diferencias y los desacuerdos y convivir.

En el séptimo principio del Manifiesto por una educación democrática en valores se afirma que, en una sociedad plural, la educación democrática considera el diálogo como un instrumento necesario para favorecer la comprensión y mejorar la convivencia. El diálogo favorece el conocimiento mutuo, la comprensión y el entendimiento y amplía el consenso. Pero ¿hay que llegar siempre a consensos?

La convivencia y la construcción de ciudadanía y de comunidad está en función de los actores que coexisten en un territorio, con tradiciones diferentes y expectativas también diversas. Es necesario que la cultura de una comunidad sea viva, por eso siempre está en construcción. Y en esta construcción el logro de acuerdos es clave, pero pactar los desacuerdos también, y no es tan fácil. En educación hay que ser beligerante con la defensa de los mínimos valores que son condición necesaria y suficiente de una democracia, como los antes mencionados, y tolerante activo con los valores propios de las diferentes concepciones que conviven -en acuerdo o en desacuerdo- en el seno de una comunidad.

Lejos del pensamiento único al que puede conducir una búsqueda de consensos no respetuosa con la autonomía de la persona y el respeto y reconocimiento de la diferencia como valor, una propuesta de educación democrática en valores debe propiciar las condiciones pedagógicas adecuadas para que las generaciones más jóvenes amen el diálogo como la única forma legítima de abordar los desacuerdos.

Educar en valores también es promover el aprecio por el diálogo que nos permite vivir como si fuera posible el acuerdo a pesar de que no sea una realidad aquí y ahora.

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