Ecoescuela abierta

La sexta extinción masiva se empieza a explicar en las clases

Los dinosaurios desaparecieron en la quinta gran extinción. Ha habido cuatro anteriores y los científicos ya están describiendo cómo podría ser la siguiente, provocada por los humanos.

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Los dinosaurios podrían representar, en la cultura colectiva, a las especies desaparecidas. Mucha gente puede decir cosas de ellos; bastantes de nuestros alumnos son algo así como una enciclopedia de los grandes reptiles. Conocen bien cómo se desplazaban y luchaban y un poco menos cómo podrían alimentarse siendo tan grandes y fabulan sobre las causas de su desaparición al hilo de las teorías que la achacan al impacto de un asteroide en el Caribe mexicano sobre lo que hoy es el Yucatán, o de las simultáneas y generalizadas explosiones volcánicas impulsadas por las ganas que tenía el iridio por salir de dentro de la Tierra.

En este amor universal, no suficientemente explicado, ha podido influir el film Parque Jurásico, de Steven Spielberg, que desde su estreno en 1993 impulsó mucho el interés por los grandes animales –da la impresión de que el Triceratops y el Tyrannosaurus son las estrellas–. Es curioso que el juego que nació de la película se titulase “El mundo perdido”, como queriendo hacer alusión a que desde entonces, hace unos 65 millones de años, se inauguraba otro mundo que dejaba atrás el Cretácico y daba paso al Paleógeno.

Convendría que la escuela explicase que ha habido varias extinciones, algunas tumultuosas y generalizadas y otras más pequeñas; de hecho se calcula que el 99% de las especies que alguna vez han habitado la Tierra están extinguidas. Para entender lo que hoy se anuncia como la sexta extinción masiva es conveniente revisar lo que los científicos dicen de las cinco anteriores.

La primera pudo tener lugar hace unos 450 millones de años provocada por un enfriamiento global del clima generado por avances y retrocesos de los hielos en el hemisferio sur. Los animales marinos, entre ellos los famosos trilobites, sucumbieron casi en su totalidad. Una segunda extinción acaecería lentamente debido a variadas circunstancias; sucumbieron una buena parte de los géneros de animales marinos, los corales entre ellos. Otra erupción o la caída de un meteorito acontecería en el Pérmico final, imaginemos 250 millones de años, y fue la más mortífera pues aniquiló a casi la totalidad de las especies acuáticas o terrestres que podían vivir entonces. La cuarta tendría lugar hace unos 200 millones de años, queda más inconcreta; de la que sabemos más es de la quinta, se llevó por delante a los grandes animales de la película.

Hasta aquí, a grandes rasgos, el pasado lejano –marcado por cambios climáticos tremendos–, que puede servir a los alumnos para aventurar el presente. Los científicos hablan de la sexta extinción masiva pues han investigado algunos precursores. No sería tan lenta como las antiguas; tampoco la originan erupciones volcánicas, ni impactos de meteoritos, sino explosiones diversas de las apetencias humanas.

Pero se parece a las cinco anteriores en que las tasas de aniquilamento de especies podrían ser similares. Nuestros chicos y chicas conocen que la desaparición de especies es algo cotidiano en el devenir ambiental –ahí están los fósiles para recordarlo–, pero todos hemos de escuchar a los científicos, que alertan de que las tasas de desaparición actuales son 50 veces superiores a las que serían normales en el funcionamiento de la biosfera global, contando con la madurez del sistema Tierra.
En la escuela hay que hablar de la presión antrópica como aceleradora de la rápida pérdida de la diversidad biológica –esta es indicadora de la calidad del medio ambiente–; de que si continuamos a este ritmo no sabemos qué puede pasar, de que esa biodiversidad –se conocen unos dos millones de especies de las decenas que puede haber– es el seguro de futuro de la existencia humana, ligada a las mallas tróficas que aquellas forman.

Hay que reconocer de una vez que el cambio climático antropizado ya está produciendo trastornos espectaculares en la distribución de especies, hasta la ONU está alarmada. El PNUMA (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente) alerta sobre esta cuestión en su Perspectiva mundial de la diversidad biológica. Demósle una lectura reposada y dediquémosle un debate en clase. Por cierto, si alguien quiere divertirse con sus alumnos sobre el paso del tiempo geológico no puede perderse la primera Ice Age; la quinta, El gran cataclismo, valdría para introducir el asunto con los más pequeños. Para los mayores servirían varios documentales de National Geographic. Para los más fieles de los grandes reptiles se anuncia el próximo estreno de Jurassic World: El Reino caído; seguro que no se la pierden.

Yendo a algo más pequeño, la vida diversa sigue cada día mostrándonos sorpresas, incluso las diminutas bacterias, que son los seres vivos más abundantes, lo hacen. Desprendámonos en las clases de la biodiversidad encorsetada. Cambiémosla por un currículo escolar biodiverso: vivo, cambiante, grande y pequeño, relacionado con nosotros, curioso y espectacular en ocasiones. Solamente es necesario observar a nuestro alrededor, o estar atento a las múltiples noticias que se publican cada día sobre los seres vivos y sus andanzas. Necesitamos hablar en clase sobre ellas para descubrir “el mundo olvidado”, que daría un estupendo argumento para una buena película.

Carmelo Marcén Albero (www.ecosdeceltiberia.es)

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