Pedagogías del siglo XXI

¿De qué hablamos cuando hablamos de innovación?

La innovación, cuando se reúnen ciertos requisitos teóricos y prácticos, supone una transformación de la escuela. Pero también se utiliza como un concepto vacío y una simple marca que vende.

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Grupo interactivo. Colegio Hipatia. / Foto: FUHEM

“La innovación consiste en una serie de intervenciones, decisiones y procesos, con cierto grado de intencionalidad y sistematización, que tratan de modificar actitudes, ideas, culturas, contenidos y prácticas pedagógicas. Y, a su vez, supone otra forma de organizar y gestionar el currículo, el centro y la dinámica del aula”. Esta es una de las definiciones que más me gustó  cuando, hace ya algunos años, escribí La aventura de innovar. El cambio en la escuela (Morata: Madrid, 2001). Hoy sigue pareciéndome válida pero le añadiría, al menos, estos otros atributos: la necesidad de partir de las experiencias personales para ser reflexionadas y compartidas; la posibilidad de establecer relaciones entre los distintos saberes para adquirir una perspectiva más elaborada y compleja de la realidad; el mayor protagonismo y libertad del alumnado, y de la autonomía y del empoderamiento docente para fomentar el intercambio y la cooperación; la modificación radical de los tiempos y espacios, no supeditados a las inercias del pasado sino a las necesidades actuales del desarrollo infantil; y la conversión de las escuelas en lugares más dignos para la relación y el buen trato, más atractivos para el aprendizaje y más estimulantes para la participación democrática de todos los agentes educativos.

Hay tres verbos compuestos que se conjugan en las escuelas innovadoras: aprender a mirar, aprender a conversar y aprender a pensar. Una cosa lleva a la otra. Educar la mirada para leer el entorno e interrogarlo. Conversar para abrir la mente a otras opoiniones y puntos de vista, y para entrenarse democráticamente. Y pensar para averiguar el porqué de las cosas y el sentido de lo que sucede y nos sucede, para encontrar respuestas a nuestros interrogantes y para abrir otros. A esta tríada se añade otra compuesta por el hacer, el sentir y el actuar, donde van conformándose de manera continua e interrelacionada actividades, afectos y valores. El gusanillo de la curiosidad hacia el conocimiento nace del deseo y de la emoción; así se intuyó hace tiempo desde el pensamiento y hoy lo avala la neurociencia. Se trata, en definitiva, de agitar las mentes y los corazones infantiles y adolescentes y de llenar de vida la escuela.

Ahora bien, la innovación es un concepto paraguas donde caben muchas interpretaciones en función de los fines educativos, los referentes filosóficos y sociales, el contexto, las relaciones de poder dentro de la institución escolar y la implicación real de los diversos agentes de la comunidad educativa. También se presta, más aún cuando se trata de una palabra  tan en boga, a multitud de tergiversaciones y manipulaciones. El poder político y empresarial siempre ha tenido una especial habilidad para apropiarse de los conceptos, vaciarlos de contenido y convertirlos en un simple eslogan o en una marca para incorporarlo a la retórica del discurso o las estrategias de marketing para vender más y mejor. Y desde la escuela no faltan las  aplicaciones epidérmicas que no llegan al corazón de la innovación, o las imitaciones simplificadas que la confunden con un activismo frenético sin ton ni son o con la introducción de medios más sofisticados que no conducen a ninguna parte. Llenar las aulas de ordenadores y de pizarras digitales tiene que ver con la modernización pero no necesariamente con la innovación. Tampoco hay que confundirla con los procesos de cambio y reforma, pues con demasiada frecuencia viajan en sentido contrario, al deformar más que reformar. Sí que tienen que ver con diversos grados de mejora y de transformación, aunque a veces se localiza únicamente en el aula, otras se llevan a cabo en todo el centro y en ocasiones contagian su entorno territorial.

Veamos, de modo más gráfico, algunos ejemplos donde se muestran las diferencias entre estas dos versiones antagónicas de la educación. El uso de las TIC puede servir simplemente para almacenar información y planificar unos ejercicios que antes se resolvían con la mera consulta del libro de texto o para que el alumnado investigue y elabore el conocimiento de forma personal, crítica y creativa. El huerto escolar se visita ocasionalmente para ver cómo crecen las plantas o bien se convierte en un lugar de estudio permanente que comporta, además, trabajo productivo, ciencia en la cocina y gestión de los productos excedentes. La visita al museo se reduce a un recorrido veloz para atender algunas explicaciones mínimas y copiar algunos textos o, por el contrario, supone una preparación previa, la participación en el análisis sosegado de algunos cuadros,  la realización artística en el taller y la conversación en jornadas posteriores. El viaje o paseo por una ciudad consiste en una programación turística al uso o bien se organiza como un espacio de autogestión donde el alumnado busca rutas alternativas en función de sus intereses. O, finalmente, una exposición se cierra con un punto final o con un interrogante.

La innovación es un largo proceso trufado de dificultades, incertidumbres y contradicciones, con saltos adelante, estancamientos y vueltas atrás: nunca es una línea recta. Con frecuencia, se mezclan aspectos metodológicos renovadores con otros marcadamente tradicionales o que se quedan a mitad de camino. ¡Y qué dificultoso es mantener una coherencia entre las formas de enseñar, aprender y evaluar! Y ente la teoría y la práctica.

Hay centros que nacen con un proyecto innovador poderoso, con un equipo cohesionado y con una comunidad educativa muy identificada y participativa; y pronto se convierte en un referente pedagógico e incluso alcanzan una cierta proyección mediática. Por el contrario, el proyecto y la praxis de otros centros se cuece a fuego lento y dentro del anonimato, tejiendo complicidades paso a paso entre los diversos agentes educativos. Por otro lado, hay docentes y colectivos que enriquecen su proceso formativo intercambiando experiencias y creando redes dentro del mismo territorio, mientras otros lo buscan fuera atendiendo a sus afinidades temáticas y pedagógicas.

No hay duda que hay innovaciones que transforman la escuela. Cosa bien distinta es que también transformen la sociedad. Ha corrido mucha tinta acerca de los relatos excesivamente idealizados y optimistas sobre las posibilidades de la educación -y aún más de la institución escolar- como agente protagonista del cambio social, más allá de la mera adaptación a la sociedad del conocimiento y al reconvertido y precario mercado laboral. Eso sí, puede contribuir a revolucionar las conciencias para la formación de una ciudadanía crítica que sueñe y se comprometa a luchar por un mundo más justo. Meirieu lo dice de una forma muy bonita: “La educación no consiste en adaptar unas personas al mundo, sino de formar unos sujetos capaces de volver a crear otro mundo”.

Esto es lo que sostenía Freire y lo que han manifestado un buen puñado de alumnos y exalumnas. Así lo atestiguan, por ejemplo, los de la escuela de Barbiana en su “Carta a una maestra”, un texto que evoca el poso educativo que les dejó el párroco Lorenzo Milani y que merece ser recordado cuando se cumplen cincuenta años de su publicación. Asimismo, recomendamos el  documental  “Adiós Barbiana, adiós” -puede verse en versión española en YouTube- donde se muestra a experiencia de este pequeño pueblo de la Toscana italiana con las voces de sus ocho exalumnos. Milani ponía el énfasis en el razonamiento y el uso crítico de la palabra: “Si no se domina la palabra difícilmente se podrá participar y ser sujeto de derechos”. Otro expresivo modo de definir la educación.

Comentarios

  • RODAS HECTOR

    Como docentes, debemos preparar ciudadanos para la sociedad? O debemos preparar obreros para el trabajo?… Cual es la prioridad, la sociedad como cultura o la producción como base de la economía social?
    Excelente tema de analisis …

    12 marzo, 2017

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