Pedagogías del siglo XXI

Siria en la escuela: tan cerca, tan lejos

El proyecto ético experimenta un serio retroceso. El caso de Siria y de los refugiados es el ejemplo más llamativo, Zygmunt Bauman, que nos dejó la semana pasada, lo denuncia en "Ceguera moral. La pérdida de sensibilidd en la modernidad líquida".

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Niños en las calles de Damasco. Foto: UNICEF/Muhannad Al- Asadi

“Si todos decimos no, la guerra será el pasado y la paz el futuro”

Bertolt Brecht

Hace justo ochenta años la Guerra Civil Española suscitó un encendido debate en la zona republicana respecto a cómo la escuela debía posicionarse ante este conflicto. Unas voces apostaban por la neutralidad con el fin de proteger a la infancia y no perturbar, no sin grandes dosis de idealismo, su natural desarrollo educativo. Otras, por el contrario, sostenían que la institución escolar no podía quedar al margen de la realidad social que llegaba a las puertas de la escuela y que su misión era enseñarle al niño las crueldades y consecuencias de la guerra para aborrecerla y terminar con ella. La escalada bélica se agudizó con la Segunda Guerra Mundial, con los campos de exterminio nazi y las bombas atómicas. De ahí surgió un amplio clamor a favor de la educación para la paz y pata que Auschwitz jamás se repitiera.

Pero, lamentablemente, la memoria es frágil y el curso de la historia avanza tecnológicamente pero retrocede éticamente, haciendo trizas el articulado de los Derechos Humanos y de la Infancia que, entre otros compromisos, reconoce el derecho de asilo a los refugiados. La Unión Europea, más allá de su cínica retórica, no hace más que blindar sus fronteras, pagar a algún país para mantener hacinados a miles de refugiados en auténticos campos de concentración a menudo sin servicios básicos -a pesar de la tenaz pero insuficiente ayuda humanitaria de algunas ONG- a la espera de una muerte lenta previamente anunciada. Y en las actuales contiendas electorales europeas no es políticamente correcto mentar a las personas refugiadas para evitar una sangría de votos. Es el precio cuando el miedo al otro, a lo desconocido, se refuerza con políticas de seguridad que restringen la tan necesaria libertad. Un caldo de cultivo propicio para el ascenso del populismo racista y de la extrema derecha.

La guerra de Siria, aunque también hay otros conflictos bélicos silenciados o que pasan desapercibidos, es mediáticamente muy cercana merced a los medios de comunicación pero, al propio tiempo, es muy lejana: no tanto por su distancia geográfica sino sociocultural porque, hasta cierto punto, se entiende que los combatientes, al no ser europeos, no son de los nuestros y, por tanto, no forman parte de nuestra cotidianidad. En la extensa conversación que mantienen Zygmunt Bauman y Leónidas Donskis en Ceguera moral. La pérdida de sensibilidad en la modernidad líquida, (Paidós, 2005) se dan algunas claves explicativas de este fenómeno: “Las cosas que no nos conectan con nuestras vidas carecen de importancia para nosotros; su existencia se disocia de nuestra permanencia en el mundo y no pertenece a la esfera de nuestra identidad y autoimagen. Algo les pasa a los demás pero no a nosotros. No puede sucedernos a nosotros: esta es una sensación conocida, provocada por nuestra comprensión del mundo tecnológico y virtual”.

Uno de los efectos del tsunami informativo y de la exhibición del espectáculo bélico en films, series y videojuegos, donde la realidad se confunde con la ficción, es la rutinización y normalización de la violencia. Además, las noticias fluyen con tal rapidez y reiteración que pronto se difuminan. y aunque hay imágenes de especial impacto en nuestras retinas -pongamos que hablamos del niño en la playa- que colapsan las redes y dan la vuelta al mundo, pronto quedan en el olvido.

Para combatir la indiferencia frente a las noticias y activar la capacidad humana pa comprender mejor el mundo -lo que se cuenta y lo que se oculta- se requiere un filtro emocional para generar empatía, otro racional para saber de las causas y consecuencias, y otro ético para combatir la resignación y a favor de la dignidad de la vida, el bien común y la justicia social. Por otro lado, las imágenes requieren el acompañamiento de palabras para entenderlas mejor, para interpelarlas e interpretarlas. Esta es una de las funciones de la escuela, de la familia y de cualquier comunidad educativa. Hay que explicar que las guerras tienen amos y cómplices con interés muy poderosos, grupos que las financian- entre ellos importantes bancos españoles- y una de las industrias que más negocio genera con su producción de sofisticado armamento y con una fría y calculada ingeniería de coste-beneficio, donde las muertes son meras estadísticas. Pero también conviene subrayar, como sostienen Bauman y Donskis, que el mal no se limita a la guerra sino a la creciente insensibilidad al sufrimiento de los demás y no solo en los casos excepcionales y de cierta magnitud.

Y la escuela ¿qué? ¿Mantiene la suficiente pulsión ética ante conflictos como los de Siria y ante los refugiados de este país o de los llegados desde la costa africana? Estos y otros temas relacionados con la memoria histórica, la paz, el racismo y el cumplimiento de los Derechos Humanos  ¿forman parte del corazón del currículo o, por el contrario, se limitan a tratamientos muy ocasionales y que, además, varían de un centro a otro? Eso sí, hay que tomar nota de las excelentes experiencias y redes solidarias que se han organizado en algunos lugares, de las que este diario se ha hecho eco.

Asimismo cabe recordar que, en el transcurso de las últimas décadas, se han desarrollado algunas iniciativas que, en su momento, permitieron abordar estos temas con cierta continuidad y eficacia. Me refiero, en concreto, al programa “Prensa Escuela” promovido por el Ministerio de Educación y con la activa colaboración de algunas Comunidades Autónomas. Más adelante, con la LOGSE y la introducción de los temas transversales, la educación para la paz y el interculturalismo alcanzaron cierta relevancia. Y, finalmente, con la LOE, la Educación para la Ciudadanía constituyó una puerta abierta para hablar de estas cuestiones. Hoy, con la LOMCE, la última reforma educativa, nada de nada: un absoluto desierto. Quizás si PISA se ocupara de la evaluación de todo ello, otro gallo cantaría. Pero tengo mis dudas que entre en ello.

Foto: ACNUR / Bassam Diab
Foto: ACNUR / Bassam Diab

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