Pedagogías del siglo XXI

Medellín 3. Agroarte y rap como resistencia y memoria

En la comuna 13 de San Javier, uno de los barrios de Medellín más castigados por la violencia, se desarrolla un movimiento de Hip Hop agrario para recuperar la memoria a través del arte y construir tejido social

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Coro-Estribillo

“Que letal es la vida, que letal

que letal son los sueños,

que letal es el hombre que le mete empeño.

Que letal el infierno,

Que letal es la suerte, que letal es la vida que se pierde con la muerte.

En instantes he perdido la fuerza y no he encontrado el calmante, para tener fortaleza, verraquera y mucho aguante, para ser lo que quiero ser, para que buena vibra en mí yo mismo pueda ver, leer miradas de los demás no es tan normal, hacer temas que marcan el alma nunca me darán igual, haber nacido donde nací me ha dejado secuelas, pero la mayor felicidad es poder ser de acá así me duela. En mi recorrido por la vida me he encontrado el vagabundo, el que es perverso, el que quiere, el que ama, , el que es rotundo, el que lucha, los que sueñan, los que tienen hijos y no quieren lo mismo para ellos  y buscan cambiar el mundo.

La vida en el callejón confunde la dirección, la suerte, la predicción de lo que pasará hoy. Hasta en la ficción se ve lo que es la acción solo que en la vida deja diferente impresión, vidas perdidas, aisladas, cuentos de presidentes quedados en nada eso me enfada camarada. Cuantos  enterrados esperando ser encontrados, cuantas madres llorando sangre mientras dicen “nada ha pasado”, cuantos son los que quieren mirar, los que no quisieron de aquí marchar, los que nunca imaginaron que una bala en su cráneo los fuera a impactar y que todo en su familia por su muerte drásticamente fuera a cambiar.

Coro-Estribillo.

Muerte más muerte es igual a más guerra perra, desde pequeño escucho el zumbar de las balas en mi acera, dese los 4 refugiado en trincheras protegiéndome  de ráfagas y balaceras asonadas en noches enteras, veía como ondeaban blancas banderas mientras del cielo caían balas convertidas en fieras, que cegaban vidas que no tienen nada que ver con esta guerra que persigue familias enteras, hablo de otoño, contrafuego, potestad, mariscal, antorcha, Orión, hablo desde el dolor que dejo cada operación en mi vientre, sabes que se siente ver a mi lado helicópteros que volaban por el 20.

Cuantos enterrados esperando ser encontrados, cuantas madres llorando sangre mientras dicen “nada ha pasado”.

La vida en el callejón confunde la dirección, la suerte, la predicción de lo que pasará hoy. Hasta en la ficción se ve lo que es la acción, solo que en la vida deja diferente impresión.

Vida efímera que se incinera. Sobrará, pasará, ya no estará. Sueños rotos que se fueron ya. Enterrados en montañas  nadie sabe donde están.

Coro-Estribillo.

Metano, autor del rap con el que empieza este texto.

Cuando el joven Metano, 21 años  (aquí los apodos son habituales), canta este rap se corta el aire y a su término restamos en silencio algo tocados  y nos abrazamos. “Yo me metí en esto del rap y del Agroarte por el dolor, a raíz de la muerte de un amigo al que balearon”. A él, como a otras personas, tomar este camino les ha cambiado la vida: “Humanamente me hizo dejar de ser competitivo, ver a las personas y expresarme. Busco lo que me pasa y lo que le pasa a la gente, a entender el dolor de los otros. Me he vuelto más humano y tengo más armas para enfrentarme a la vida”.

Habla del proceso de duelo y de cómo lo gestionan en Cuerpos Gramaticales; se llaman así porque es el cuerpo el que ha recibido la carga de violencia: el cuerpo mutilado, marcado, desaparecido o el que la  madre sigue buscando…  Consiste en una  perfomance  –acción artística y escénica improvisada con un  componente de provocación y asombro–, donde durante seis horas se habla de los cuerpos desaparecidos que se encuentran en la Escombrera de la comuna, de sus pérdidas y dolores. Se trata de una catarsis colectiva como una forma de curarse y curar. Por ello se riega y se siembra como un acto reflexivo, de unión de historias y vivencias que se entrelazan y desde el cuerpo se narran. Porque las plantas bien arraigadas en la tierra –cargada de historia y memoria– alivian la pena. Es una forma de hablar de la muerte a través de la vida. Porque las semillas de memoria se mezclan siempre con las semillas de futuro y esperanza.

En el muro de la entrada del cementerio se ha construido colectivamente una huerta-jardín vertical con botellas de plástico recicladas. Son “Plantas de memoria”, una iniciativa de Agroarte de recordar  el dolor por medio de la vida que da la naturaleza. En cada una de ellas la gente ha escrito es nombre de su familiar asesinado o desaparecido y se riegan y cuidan con especial mimo. En una de las macetas se lee: “No se muere el que se va sino el que se olvida”.

Con Metano, junto a un grupo de niños que van rimando sus propias creaciones de rap, subimos una cuesta hasta llegar a la cima desde donde se contempla una amplia panorámica de todo el barrio. En la ladera de frente, se encuentra la Escombrera donde enterraron a los asesinados y desaparecidos de la Operación Orión, la intervención militar más brutal conocida en una zona urbana de Colombia. “Fue en la madrugada del 16 de octubre de 2002. Se habla de un operativo de unos mil uniformados con camiones y tanques, y con aviones sobrevolando. Se decía que buscaban guerrilleros pero mataron indiscriminadamente; con ayuda de paramilitares señalaban las casas en que debían entrar. Esta masacre es la que da origen a Agroarte como proceso de resistencia ante la violencia.”

Es una filosofía de hacer con el otro y la otra donde se mezclan diversas expresiones corporales y artísticas como el graffiti y el mural, la agricultura para el sustento alimentario de la comuna y como desarrollo sostenible del entorno urbano. Justo a la entrada del Parque Biblioteca San Javier, vemos a algunas personas distintas edades ocupadas en la siembra y el  cuidado de las plantas en terrenos sin alambradas ni divisiones: las hay ornamentales, medicinales y aromáticas, como la hierbabuena que desprende un intenso aroma, y también se cultivan verduras y frutas comestibles como la coliflor, el girasol, el maíz, los plátanos o los guayacanes.  Estos productos no tienen propietario: son de todas las personas que participan en el proceso y a quienes se les garantiza la seguridad alimentaria.

Entramos en la biblioteca, con salas muy espaciosas para la lectura, el juego y las computadoras. En una de ellas hay una exposición de muñecas de trapo y otra de fotografías del conflicto armado. Los niños se detienen ante un panel que contiene el lenguaje de signos para tratar de expresar sus nombres con los dedos. En una cartelera se anuncia con letras destacadas: “¿Te gusta sembrar? ¡Participa de nuestra Agroteca todos los miércoles desde las 9.30. Te esperamos. Exteriores Parque Biblioteca”. Al descender de nuevo, Metano me cuenta que la violencia sigue fuerte por la violencia del narcotráfico y las llamadas fronteras invisibles: aquellas que no puedes cruzar, porque el territorio está controlado por mafias locales, a riesgo “de exponerse a una muerte del todo injustificada”.

Este joven artista de Hip Hop estudió producción musical pero lo dejó. Ahora se está preparando para cursar Psicología en la Universidad de Antioquia. “Yo soy más de expresión que de reglas escritas”. Lleva la música en las venas: la compone, la rapea y la enseña en un taller dentro de la “Casa Morada”, la sede de Agroarte, un espacio acogedor con diversas salas y un patio donde nunca deja de sonar la música. En el taller de hoy asisten cuatro niños y un joven: Esteban Andrew, Mimar y Jean Paul. Metano empieza a cantar, a escuchar y a rimar. Escribe las estrofas en el ordenador mientras los otros lo hacen en un folio: “Compleja realidad la que vivimos en los barrios, porque no entendemos  por qué se sigue matando… Madres preocupadas por sus hijos que no han llegado…”.

En la entrada me cruzo con Margoth (43 años), la “mamá rapera” que también escribe, compone y forma parte del taller de música. “Contamos a la gente lo que sucede en palabras de vivencia, de contexto y de diversidad. Empecé acompañando a mi hijo y ahora enseño a rimar rap a mi hija y a mi sobrina. También nos involucramos en la siembra. He aprendido muchísimo a resistir, a enseñar y a ser mejor persona. En este proceso estamos construyendo una gran familia que apostamos por la paz de una manera muy distinta a la paz de los políticos”.

Margoth enseña a rapear a su hija y a su sobrina.

En el interior de la “Casa Morada” hay un decálogo de la filosofía de Agroarte. Empieza con el verbo amar: “Es una rebeldía, es más que una resistencia. Es una oposición a la mezquindad, a la codicia. Es recuperar lo esencial y devolverle al cuerpo su único lugar y al alma su mejor movimiento. Amar como un acto que nos hace indomables, insobornables, improductivos. Esclavos solo de nuestra propia creación”.

En el patio conversamos con el Boti, (33 años), quien ha pintado un mural precioso al otro lado de la calle. Nos cuenta la línea pedagógica del proyecto que va tejiendo alianzas con otras organizaciones de la memoria histórica y con otras comunas, definiendo estrategias para fortalecer el proceso y para extender la red de voluntarios y afectos. “Agroarte es una semilla que va creciendo, un tema de catarsis colectiva a través de la siembra. Las semillas del futuro son los niños –la renovación generacional– que viene a sembrar y aprender del proceso”. Habla de la formación de talleristas, de la investigación de la memoria histórica y de otras iniciativas en las que está implicado, todas ellas muy pegadas al medio. “La relación con el entorno humaniza y empodera a las personas en las luchas por sus derechos. Hay que entender que en la historia de nuestro territorio fuimos creados por nuestros abuelos campesinos, antes de entrar el Estado. Por eso la formación es también una comprensión de nuestra historia.”

Boti.

El Boti lleva diez años en este trabajo social, después de ejercer como maestro, tras realizar estudios inacabados en una universidad de Estados Unidos: “Me aburría, porque el conocimiento académico solo sirve para la Academia y no para la vida; y no te da claves para entender críticamente la historia y la sociedad”. En mayo viajará a Barcelona para contar la experiencia de “Cuerpos gramaticales”, la acción perfomática y la siembra de cuerpo.

Hay una persona hiperactiva que entra y sale continuamente de la “Casa Morada”, ataviado con un sombrero de paja y con la azada en la mano. Es El Aka (30 años),  la persona que lidera este proyecto desde el principio, cuando se empezó a sembrar en la Escombrera donde yacen los cuerpos de la gran masacre. “Agroarte es un proceso de resistencia por todo lo que pasó acá en la 13 y con la Operación Orión y los desaparecidos de la Escombrera. Es un proceso pedagógico y de aprendizaje que forma parte de la historia colombiana y que se vehicula a través del trabajo de catarsis y donde la tierra te ayuda a procesar tus dolores”. Sostiene que se trata de una filosofía de hacer con el otro y la otra a través del arte -los grafiti y el rap urbano- y la siembra. “Es una construcción continua, no hacemos siempre las mismas cosas, nos vamos reinventando. Tenemos ya 22 espacios en la ciudad de Medellín y diversas alianzas con medios de comunicación independientes y diversas organizaciones comunitarias. Hemos aprendido que este país es nuestro y que hay que apropiarlo de muchas maneras”.

Aka

El Aka dice que la Operación Orión no ha terminado y que la violencia ha vuelto a subir en Medellín, con 567 homicidios el año y con 90 en lo que llevamos de año. Y ante ello quieren organizar cincuenta rituales de acompañamiento a niños y personas asesinadas con un trabajo de acompañamiento psicológico y artístico que culminará a fin de año con una gran perfomance.

Este líder comunitario se licenció en arte, tuvo que desplazarse de una parte del bario al sentirse amenazado y hoy dice que dedica el 70% a Agroarte, mientras que en el tiempo restante busca algún trabajo para subsistir.  Él, junto a todos los miembros de Agroarte, tienen muy claro que construyen tejido social y comunidad desde la base -al margen del Estado del cual desconfían-, construyendo historias y un entorno más sostenible. Y, sobre todo, no dejan de sembrar semillas de memoria y esperanza.

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