Pedagogías del siglo XXI

Ramon, un tipo muy singular

Se acaba de jubilar un gran maestro que trabajó al propio tiempo en la escuela y en la universidad

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Con Ramon Sitjà nos conocimos de manera efímera en un viaje a Cuba. El reencuentro, al cabo de una década, a mediados de los ochenta, se produjo en la Escuela de Maestros de Vic (Barcelona), hoy Facultad de Educación,  donde ambos compartíamos docencia. Él fue contratado por su incipiente pero poderosa experiencia en la escuela Andersen, una cooperativa de padres y maestros y uno de los centros más innovadores de la zona, reconvertido más adelante en público. Ramon llevaba la educación en la sangre, estrenándose en el mundo del tiempo libre, pero había estudiado ingeniería técnica industrial y no disponía del título de maestro. Cuando al cabo de unos años se lo exigieron lo obtuvo en la propia Escuela de Maestros. Así, se convirtió al propio tiempo en profesor y alumno de Didáctica de las Ciencias Sociales y Naturales, obteniendo un excelente. Sin duda se lo merecía. Eran otros tiempos, con normativas más relajadas.

Con otra compañera -Anna Pujol- inventamos el TIGRE (Taller de Iniciación a la Globalización y a la Realidad Educativa), donde tratamos de fusionar nuestras tres asignaturas -Pedagogía, Psicología y Didáctica- en un solo proyecto, compartiendo intervenciones, estrategias y actividades comunes durante un día entero a la semana. Organizamos conferencias  y debates, sesiones de cine fórum, talleres de prensa o construcción de juguetes, y muchas salidas: para conocer el entorno natural y social y para sumergirnos en el conocimiento de diversas instituciones educativas. El propósito era tan claro como ambicioso: vincular la formación inicial con el contexto, así como la teoría con la práctica.

Contar con la presencia de Ramon, ya entonces con muchas horas de vuelo, era todo un lujo. Por su conocimiento y pasión a la hora de explorar y recoger muestras de un arroyo, inventarse una historia, construir un artefacto  o tomar la guitarra para dinamizar una larga velada en las intensas e inolvidables estancias en la Escuela de Naturaleza cercana a la Universidad.  Siempre me sorprendió  su carácter intuitivo, su capacidad de improvisación y la facilidad con que memorizaba el nombre de cada estudiante y su lugar de origen. Pensaba en voz alta, formulando preguntas sin cesar que alternaba con una activa y respetuosa escucha. Atesoraba pensamiento y acción: el saber de la experiencia que tanto se echa hoy en falta en nuestras Facultades de Educación.

Nunca perdimos el contacto, aunque nuestros encuentros fueron más intermitentes: alguna que otra comida; un par de debates pedagógicos en pleno monte, de absoluta inutilidad para la carrera docente; fugaces cruces en los pasillos antes de entrar en clase,… Entretanto, Ramon siguió fiel a la escuela Andersen -no conoció otro destino-, donde,  además de tutor, ejerció la dirección en distintos momentos. No dejó de impartir sus clases universitarias de Conocimiento del Medio, de Didáctica, de Organización Escolar o de lo que terciase. Y nunca abandonó su doble compromiso pedagógico -fue uno de los impulsores de l’Escola d’Estiu y del Movimiento de Renovación Pedagógica de la comarca- y político dentro del socialismo, que le aupó hasta la alcaldía de su ciudad.

A final de curso se jubiló y la Facultad de Educación le rindió homenaje invitándole a pronunciar la conferencia: “Hacer de maestro en la escuela y en la universidad”. Entre el público, su familia y una nutrida representación de colegas de ambas instituciones. Algunos de ellos desgranaron recuerdos y aprendizajes junto a su lado. Pero fue la intervención final del decano, Eduard Ramírez, la que adquirió un simbolismo muy especial, puesto que Ramon había sido uno de sus maestros en el Andersen: una de las casualidades que brinda la cercanía. “Como alumno salía de sus clases de Medio pensando: yo seré científico o quizás aventurero… Eso es lo que tenía un buen maestro como Ramon. Nos enseñaba más allá de la propia clases y de las lecciones: no qué pensar sino cómo pensar”. Tras evocar sus charlas improvisadas bajo los porches y otras jugosas vivencias, sostiene que esta es la huella que les deja: “La esencia de hacer visible aquello que no se ve y hacer importante aquello que no lo parece”.

Son muchas las maestras y maestros de una generación que abrió amplios y floridos caminos a la renovación pedagógica que estos años se están jubilando. Es posible que hayan recibido su particular y merecido homenaje pero son pocos los que lo han obtenido de la universidad. Una rareza reservada sólo a tipos curiosos como el de Ramon.

 

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