Pedagogías del siglo XXI

Docentes que entran o salen (se van)

Este es el último texto del curso escolar. Volvemos en septiembre, un mes muy especial porque hay docentes que entran en el oficio mientras otros lo dejan definitivamente

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Llegamos a final de curso y también este blog inicia las vacaciones. Es obvio que este viernes será un día muy especial para el alumnado de las diversas comunidades de España, no en América Latina donde andan justo por la mitad del año escolar. Pero también son momentos muy singulares para el profesorado, sobre todo para el que se estrena o se jubila. Ahora ya no podemos utilizar aquella expresión tan manida de que deja la tiza, porque, afortunadamente, las herramientas de aprendizaje se han actualizado y diversificado. Pero, eso sí, deja un montón de recuerdos y vivencias imborrables de su paso por la escuela, sean muchas o pocas.

Las profesoras o profesores que en septiembre pisen por vez primera un centro de manera interina retan la suerte de aterrizar en un centro por un período algo prolongado o la de verse sometidos a un largo peregrinaje con permanencias de meses, semanas o tan solo días. En estos casos se busca la supervivencia digna, pues resulta muy difícil la integración a un proyecto y a un equipo docente cuando se tienen siempre las maletas a punto para tomar un nuevo destino.

Ahora bien, ¿qué sucede en el caso de los docentes interinos, provisionales y definitivos que alcanzan al menos una estabilidad durante un curso? La experiencia, avalada por varias investigaciones, muestra de entrada un par de dificultades. La primera tiene que ver con el choque con la realidad: las expectativas del profesorado novel, en función de su formación inicial recibida -excesivamente académica y desligada de la práctica escolar cotidiana- no se ajustan, o lo hacen con muchas dificultades, a la vida cotidiana del aula y del centro. La ilusión se mezcla con la frustración, en tanto la construcción de un relato demasiado idealizado no se corresponde con la labor exigida a pie de aula. Como todos los oficios, el magisterio requiere adaptación, ayuda y un buena dosis de formación y aprendizaje situado, pues el texto hay que leerlo y conectarlo con un contexto desconocido, diverso, complejo y cambiante.

La segunda dificultad reside en la capacidad y rapidez que se incorpora el nuevo profesorado a los programas, innovaciones y actividades del centro, en algunos casos muy asentadas. Sabido es que el cambio educativo en los centros se realiza con ritmos muy diversos atendiendo al grado de experiencia, comunicación interprofesional y compromiso. Ante tal situación, el profesorado novel precisa -al igual que se contempla para el alumnado- de una tutorización y acompañamiento intensivo para adquirir seguridad y confianza, con el objeto de no quedar descolgado de la dinámica pedagógica y organizativa. Algo que se hace creando espacios de formación, asesoramiento e intercambio regulares a lo largo del curso; y que se concreta, por ejemplo, con la figura del profesor formador-orientador de referencia.

¿Y qué decir de los que dejan este viejo y bello oficio de la enseñanza? Sin duda se lo merecen y también es saludable, aunque hay quien opine que debería abolirse la jubilación a los sesenta años, para dar paso a la juventud y para ir renovando el colectivo docente con una mayor mezcla intergeneracional. Ahora bien, es posible que una buena parte de pensionistas no acaben de desconectar con la infancia y con la educación: porque sus familias les esperan como agua de mayo para ejercer de abuelos y abuelas algunos o todos los días; porque seguirán colaborando en centros u otros espacios educativos en tareas de refuerzo escolar o impartiendo clases en centros de personas adultas;  porque se pondrán de nuevo el traje de estudiante para asistir de modo regular a los cursos que ofrecen las llamadas universidades de la tercera edad u otras instituciones con el ánimo de aprender aquello que en su día no le enseñaron en su escuela o lo hicieron de forma muy deficiente; porque quieren explorar otros saberes o habilidades, desde la música y el arte hasta el inglés u otros idiomas, al serles vetados en su currículo formal o no formal; porque tienen un montón de lecturas pendientes, clásicos o contemporáneos, que guardan como deberes pendientes; porque desean pisar y explorar nuevas geografías y paisajes con la pausa y la mirada sabia de una larga experiencia; o porque, en cierta manera, asisten al retorno de la infancia dorada que permite la divagación parsimoniosa: para hacer un montón de cosas o para no hacer nada.

A todas y todos los que pisarán por primera vez una escuela en septiembre, a los que lo abandonan definitivamente y, por supuesto, a los que siguen en ella: tengan un feliz y saludable verano. Volvemos en septiembre.

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