Derechos

Los logros y desafíos de la primera escuela transgénero en América Latina

La Escuela Amaranta Gómez abrió sus puertas en Chile el año pasado con seis alumnos. Este nuevo curso empezó con 37.

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“Manu, ¿a quién votas tú, a Matilde o a Constanza?”. Manu se lo piensa mientras el profesor formula la misma pregunta a cada uno de los alumnos y alumnas de la “Junior Class”. Hoy, 14 de marzo, es su tercer día curso en la Escuela Amaranta Gómez, después de casi tres meses de vacaciones de verano, y una de las primeras tareas es elegir el presidente, secretario y tesorero del curso.

Ubicada en la sede de una junta de vecinos del centro de Santiago, la Escuela Amaranta Gómez recibe niños, niñas y adolescentes trans que no se sintieron acogidos por el sistema educativo tradicional, principalmente por la falta de formación sobre infancia transgénero de los profesionales de la educación.

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Justo antes de empezar la elección de los cargos, los jóvenes han debatido unos minutos sobre un tema que les afecta directamente: la agresión homofóbica contra un chico trans de 18 años perpetrada el día anterior por dos hombres. Los agresores le marcaron un brazo y la frente con una esvástica, lo insultaron y lo golpearon. “Eso no viene en el currículum tradicional, pero nosotros tenemos que hablarles del autocuidado. En esto nos tomamos nuestro tiempo porque es muy importante”, explica la directora de la escuela Evelyn Silva.

Según datos del Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (Movilh), en lo que va de 2019 se han registrado 13 casos de violencia física contra la diversidad sexual, un 85% más que las cifras recogidas durante el mismo período en años anteriores.

Educación emocional y transfeminista

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El espacio, pionero en Chile y América Latina, abrió las puertas hace un año, el 6 abril de 2018 con seis estudiantes. Hoy tiene 37 y ocho más en lista de espera. Su alumnado se divide en dos grupos: de los 6 a los 11 (educación básica) y de los 12 a los 18 (educación media): “Los chiques y los grandes”, resume Silva. Además del alumnado trans, el centro acoge algunos niños y niñas cisgénero que fueron víctimas de bullying en otros colegios.

Uno de los pilares del proyecto es el trabajo de las emociones: “El mundo trans todavía está muy centrado en la genitalidad. Les niñes trans no son distintas sólo por tener pene o no, también porque su emocionalidad es diferente, tienen una sensibilidad distinta. Eso no se trabaja porque se cree que ser trans implica sólo un cambio de género, pero también hay cambios de rol, de emociones, de sensaciones que a los niños les empiezan a pasar la cuenta en los colegios tradicionales”, explica la directora, quien además es madre de una niña trans.

Evelyn transparenta las contradicciones y aprendizajes de encabezar un proyecto como este en un mundo construído a partir de los roles binarios de género. Y lo ejemplifica: “Las niñas quieren alcanzar el estereotipo femenino, pero no pueden ocupar el rosa, porque se supone que ‘está mal’ para ellas porque los juguetes o los colores no tienen género. Mentira. Estos jóvenes son súper binarios, están encasillados en eso y quieren establecerse en su género”. Por eso, muchas de las decisiones que tienen que ver con el funcionamiento de la escuela se han ido tomando sobre la marcha: baños diferenciados por edad, no por sexo; sacar la tapa de la taza del water de los mayores para que las chicas cis no se quejen de que sus compañeras trans la dejan mojada; o disponer de toallas higiénicas y copas menstruales para los niños trans.

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Otro de los principales ejes de la propuesta es la educación basada en el transfeminismo. Con esta perspectiva, se trabaja la no victimización y el rechazo a la violencia de todo tipo, y enseñan cuestiones tan fundamentales como pedir lo que uno o una quiere, conocer los propios derechos y levantar la voz ante las situaciones de injusticia. “Hay una lucha política y social [por los derechos de las personas trans] y eso nosotros lo transmitimos”, afirma Evelyn. De hecho, lo primero que se ve al entrar a la escuela es un mural con las normas del alumnado: “Valoramos las diferencias”, “Trabajamos en equipo” o “No toleramos la violencia”, son algunas de ellas.

Autogestión y voluntariado

La Escuela Amaranta Gómez funciona de martes a viernes de 9 de la mañana a tres de la tarde. No da deberes para la casa y ofrece el currículum tradicional complementado con distintos talleres que fomentan el contacto con el otro, como yoga, biodanza, teatro, música, artes y tecnología.

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Sigue el modelo de pedagogía Waldorf, que potencia la creatividad, las relaciones personales y la empatía, entre otros; y cuenta con psicopedagogos, psicólogos y trabajadores sociales que complementan la actividad educativa con el acompañamiento psicosocial.

El proyecto, impulsado por la Fundación Selenna, es totalmente autogestionado y no cuenta con el reconocimiento del Ministerio de Educación (Mineduc), aunque la cartera haya mostrado interés por la iniciativa. 13 profesores voluntarios, algunos de ellos estudiantes de último año en prácticas, se encargan de impartir las clases y orientar al alumnado. Los preparan para los exámenes oficiales exigidos por el Mineduc para acreditar la formación reglada: “Hay un exitismo afuera que hay que cumplir”, argumenta Evelyn.

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Nicolás Cádiz tiene 23 años, está estudiando su último año de Pedagogía en Inglés en la universidad y es profesor tutor de uno de los grupos. Decidió realizar sus prácticas profesionales en la escuela porque significaba para él un mayor desafío pedagógico. “El hecho de tener toda la enseñanza básica en una misma aula representa un gran reto para mí”. El joven destaca que sus alumnos son aceptados por el sistema educativo chileno, “pero se les reprime mucho y no les deja ser como son”.

Una de las urgencias del proyecto es encontrar la fórmula para garantizar su sostenibilidad. Hoy cada familia hace un aporte mensual de 10.000 pesos (unos 13 euros) y el resto se financia con subvenciones de fundaciones y ONG. Para Evelyn, este es uno de los grandes inconvenientes y apunta a la comunidad LGBTI: “No apoya este proyecto”, critica. Según ella, algunas organizaciones de la diversidad sexual consideran que los niños trans pueden ir a un colegio cualquiera. Sin embargo, ella lo tiene claro: “Si en una comunidad de 800 alumnos eres el único niño o niña trans, estos temas no se abordan ni se ponen como ejemplo”.

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Desde la experiencia personal

Amaranta Gómez es una activista mexicana que se define como muxhe, un concepto que viene de la cultura de los indígenas zapotecas y que se refiere a personas que tienen una identidad construida desde lo femenino, pese a haber sido asignados a un sexo masculino. Visitó Chile en marzo de 2018 y aprovechó la ocasión para reivindicar el derecho a vivir una niñez de acuerdo con la propia identidad. En su honor, la escuela tomó su nombre para convertirla en un referente. Querían mostrar a los alumnos que una persona trans puede educarse y llegar a la universidad, como lo hizo Amaranta.

La historia de la Escuela Amaranta Gómez no podría explicarse sin la experiencia personal de su directora. Evelyn Silva trabajaba como profesora de inglés y directora académica de una escuela de idiomas cuando en 2013 se dio cuenta que algo no cuadraba con la identidad de género del menor de sus cuatro hijos. “Cada noche me preguntaba: ‘Mamá ¿Cuándo amanezco mujer?’”, recuerda.

Evelyn buscó ayuda en una asociación que defiende los derechos de las personas trans, gracias a la cual empezó el tránsito de su hija. Tras pasar dos años como voluntaria con ellos, en 2017 creó su propia organización: la Fundación Selenna, enfocada en dar apoyo a las madres y padres de niños trans. Hasta allí llegó Ximena Maturana buscando apoyo. Hoy es coordinadora de la Escuela y trabaja codo con codo con Evelyn. Ambas abandonaron sus ocupaciones para dedicarse en cuerpo y alma al activismo. Evelyn ha construido un lugar desde el cual aportar su propio granito de arena: “Me di cuenta que tenía que hacer que el mundo fuera más amable para mi hija y eso es un trabajo a tiempo completo”, concluye.