La educación es política. Desde Dewey hasta Freire, desde María Zambrano hasta los MRP (Movimientos de Renovación Pedagógica), la renovación pedagógica ha insistido en que la escuela no es un espacio neutral y ha mostrado que la educación se articula en torno a decisiones y valores que son políticos.
Trump, nuestros trumpistas -VOX- y cualquiera de los heraldos de la ultraderecha y de las figuras de esa derecha que camina presurosa al encuentro del neofascismo, farfullan proclamas de una educación en la que se expulse cualquier contenido ideológico, pero saben que la educación es política.
Allí donde tienen oportunidad, imponen medidas como el veto parental, la retirada de materiales con un contenido “ideológico”, la defensa de un modelo lingüístico centrado en el español, la expulsión de las aulas de la memoria histórica, la persecución de la educación sexual e inclusiva, la privatización creciente del sistema,…
No tienen dudas: se han preparado para llevar a cabo una batalla cultural y educativa que colonice el sentido común, de manera que quede invadido por un relato de supremacismo, patriotismo de hojalata y desprecio de la diversidad, de los derechos humanos y de las ideas de justicia, solidaridad e igualdad. Se limitan a hacer política contra el bien común y contra la justicia social. El proyecto político de la extrema derecha se cimenta en los discursos de odio y es una senda que tiene como meta la destrucción de la democracia.
Tal como dijera Freire, la educación es un acto de valor, por tanto, de amor.
¿Qué puede hacer ante esa fuerza la renovación pedagógica, que ha nacido de la dignidad y del amor? Tal como dijera Freire, la educación es un acto de valor, por tanto, de amor. Frente a la simplificación y el grito, la pedagogía renovadora propone la formulación de la complejidad que explicara Malaguzzi; frente a la polarización, establece la cooperación como material para construir la pedagogía del bien común; frente al negacionismo científico, el desarrollo del pensamiento crítico; frente a la mercantilización del derecho a la educación, el compromiso ético y social.
Desde la mirada de la renovación pedagógica es urgente actuar con la convicción que esta siempre ha tenido, pues sabemos que allí donde se debilita la cultura democrática, la escuela se convierte, más que nunca, en un espacio estratégico: puede ser instrumento de reproducción o laboratorio de transformación. La renovación tiene múltiples fórmulas y procedimientos para levantar el edificio de la educación del bien común. De entre ellas, recorremos aquí media docena de claves pedagógicas que es preciso que inunden nuestros centros educativos.
La renovación pedagógica, desde John Dewey hasta hoy, ha insistido en la escuela como comunidad democrática. Practicar el debate argumentado, enseñar a distinguir opinión de evidencia y fomentar la escucha activa no son actividades accesorias: son ejercicios de cultura democrática que tienen que practicarse diariamente en nuestros centros. Eso y seguir la senda freinetiana para llevar a cabo la participación real: poner en marcha asambleas y procesos de toma de decisiones horizontales donde el alumnado experimente la responsabilidad y el compromiso social, donde aprenda el autogobierno y la democracia en la escuela.
Reivindicación de la confianza en la capacidad de agencia de los niños y niñas y de la educación que fomente su autonomía, lucha por la defensa de los derechos de la infancia, por su educación integral, por escuchar su voz y situarla en el centro del proceso educativo
Si no se aprende —y para aprenderla es preciso vivirla— la democracia en la escuela, ¿dónde va a aprenderse? El discurso antipedagógico es la banda sonora del programa nostálgico de la contrarreforma educativa. La educación actual, para quienes defienden esta visión, se encuentra en un estado catastrófico al que le ha llevado la pedagogía y, más concretamente, la pedagogía renovadora, a la que confunden con la moda de la innovación superficial. Por eso, dicen, hay que volver a la transmisión pura y dura de contenidos. Si se ahonda en ese discurso se verá un aliento reaccionario y de desconfianza que ignora la historia de la renovación pedagógica, que es una historia de reivindicación y de lucha. Reivindicación de la confianza en la capacidad de agencia de los niños y niñas y de la educación que fomente su autonomía, lucha por la defensa de los derechos de la infancia, por su educación integral, por escuchar su voz y situarla en el centro del proceso educativo. De ahí la práctica de metodología activas, programadas con sentido social, como el método de proyectos, los planes de trabajo, las conferencias, las asambleas, el aprendizaje cooperativo…Quienes atacan esto como una frivolidad puesta en marcha para eliminar la exigencia en el aula olvidan el recorrido de la pedagogía popular, la que pusieron en marcha humildes maestros y maestras que impulsaron la digna educación republicana alumbrada en nuestro país y llevaron a la práctica lo que tan bien expresara Rodolfo Llopis, nombrado Director General de Primera Enseñanza en 1931: el aprendizaje no puede ser transmitido, sino conquistado por el propio alumno o alumna.
Pero la renovación pedagógica no puede reducirse a innovación metodológica y mucho menos a innovación tecnológica. Tenemos que poner en marcha la alfabetización mediática y digital que dote de herramientas para detectar y deconstruir las fake news y los discursos neofascistas que inundan las redes sociales y están contribuyendo a normalizar principios fascistas en la adolescencia y en la juventud. Educar en el análisis crítico de fuentes y algoritmos es hoy un aprendizaje básico. Es una tarea necesaria, como lo son también otras medidas políticas que cita César Rendueles en Redes Vacías y que tendríamos que estar apoyando como docentes: la regulación democrática de internet, el desmantelamiento de monopolios digitales, el desarrollo de plataformas tecnológicas públicas…
En 1928, Antonio Ballesteros, inspector de primera enseñanza, publicó La cooperación en la escuela”, en la que establece la colaboración y la cooperación como un medio fecundo para favorecer el aprendizaje y tejer la solidaridad social. Entre sus páginas asoma un abanico de fórmulas que combaten la lógica de la competitividad y el éxito individualista, tan alimentada por los oligarcas que hoy dominan el mundo: asociaciones infantiles, cooperativas escolares, colaboración con la familia, fomento de su presencia en la escuela, creación de centros de colaboración pedagógica entre los maestros y maestras,…Emociona ver cómo describe el proceso de tejer una verdadera comunidad educativa, basada en la ayuda mutua, que aparece como el ideal educativo: la escuela como comunidad de trabajo. Es lo mismo que hoy propone Yayo Herrero: necesitamos favorecer el encuentro en todos los lugares en donde las personas ejercen la libertad de autoeducarse mutuamente para lograr un mundo más justo y sostenible.
La renovación pedagógica tiene como seña de identidad su carácter de movimiento social que se une y camina junto a otros colectivos y movimientos sociales. Los incipientes MRP del final del franquismo y de la transición se insertaron en su contexto y fueron de la mano de las asociaciones vecinales, participaron en la lucha antinuclear y ecologista, en el antimilitarismo y la objeción de conciencia. Y hoy han de seguir caminando con los movimientos feministas, antirracistas o de lucha contra el cambio climático, con las asociaciones de memoria democrática que luchan contra los intentos de minimizar o reinterpretar críticamente los crímenes de regímenes autoritarios. No podemos educar con los guantes puestos y no podemos quedarnos solos. Como dice Paco Cano, las políticas del encuentro –en asociaciones vecinales, centros culturales, en alianzas inesperadas…– son, hoy en día, alta tecnología democrática.
Nuestra escuela pública ha de ser un espacio de fraternidad humana, contraponiéndose al nacionalismo agresivo que utiliza la escuela para adoctrinar en el odio al «otro»
La reacción educativa frente al auge del neofascismo pasa por la defensa de lo público como espacio común. Los Movimientos de Renovación Pedagógica (MRP) sostienen que la escuela pública es la única que garantiza la pluralidad de miradas frente a los idearios privados que pueden imponer visiones únicas. La educación antifascista aboga por una escuela que no esté al servicio del mercado, sino de la justicia social. Una escuela pública laicista, racionalista, científica, inclusiva y democrática, que recupere la propuesta de la igualdad de origen que ya tuvo la escuela republicana: al sentar en el mismo banco al hijo del obrero y al del burgués (al del inmigrante y al del profesional liberal, en su actualización), la escuela pública destruye las castas y las jerarquías sociales que el fascismo suele explotar. Nuestra escuela pública ha de ser un espacio de fraternidad humana, contraponiéndose al nacionalismo agresivo que utiliza la escuela para adoctrinar en el odio al «otro».
Hannah Arendt advertía que educar es asumir responsabilidad por el mundo tal como es y por el mundo que llegará. Y bell hooks mostró que el aula puede ser un espacio de transformación real si se practica la participación y el respeto. La educación no puede ser otra cosa que el proyecto donde se cultiva la personalidad crítica que impide que la política derive en manipulación de masas, un esfuerzo denodado por formar sujetos capaces de pensamiento propio, memoria histórica y sensibilidad ética.
Es hora de despertar, de ser consciente de que mientras las sombras del neofascismo intentan fragmentar nuestra sociedad a través del miedo, el odio y el individualismo feroz, la educación no puede permitirse el lujo de ser neutral. La educación es, hoy más que nunca, el bastión de la esperanza. Recuperemos la alegría de una educación que alce el pensamiento frente a la sumisión y reivindiquemos con orgullo la tradición pedagógica renovadora y la promesa de liberación y fraternidad que se encierra en el acto educativo.
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