Soy maestra, tengo 26 años y vivo en Segovia. El 21 de febrero tuvimos una reunión de la Conspiración Educativa, un Movimiento de Renovación Pedagógica (MRP) de Segovia. Fue bonito —y, en cierto modo, sorprendente— ver a tantas personas jóvenes (en su mayoría estudiantes de Magisterio) involucradas y con ilusión. Una imagen que contrasta con lo que suele ocurrir en muchos de estos movimientos, donde el relevo generacional aparece como una preocupación recurrente.
La escena, lejos de cerrar el debate, lo abre: si el compromiso existe, ¿por qué resulta tan difícil sostenerlo?, ¿Qué limita la incorporación de jóvenes a los movimientos de renovación pedagógica?, ¿Estamos ante una falta de compromiso o ante un cambio en las condiciones que hacen posible ese compromiso?
Fata de relevo
A menudo se señala a las nuevas y futuras maestras y maestros como poco implicados. Sin embargo, atribuir la situación a una supuesta falta de compromiso individual simplifica un problema que puede ser estructural.
Muchas estudiantes de Magisterio y docentes noveles desconocen la existencia, la historia y el sentido de los MRP. Esta falta de memoria pedagógica contribuye a que la profesión se perciba mediante una visión ingenua de simple contacto con las aulas.
A esta falta de conocimiento se suma la progresiva despolitización de la profesión docente. En nombre de la neutralidad, la enseñanza se presenta como una práctica técnica, ajena a valores y a la sociedad. Sin embargo, como nos recuerda Paulo Freire, no existe práctica educativa neutral. Negar esta dimensión política no la elimina, simplemente la oculta, y favorece la reproducción del orden existente y dificulta que el profesorado se piense como sujeto colectivo con capacidad de transformación.
Cuando la docencia se convierte en una carrera marcada por la evaluación constante, la acumulación de méritos y la competencia profesional, resulta comprensible que muchas personas opten por cumplir con lo imprescindible
Otra limitación que percibo es la tendencia a no ir más allá de lo estrictamente necesario. Sin embargo, más que una falta de interés, esta actitud puede entenderse como una forma de adaptación a un sistema que premia la eficiencia individual por encima del compromiso colectivo. Cuando la docencia se convierte en una carrera marcada por la evaluación constante, la acumulación de méritos y la competencia profesional, resulta comprensible que muchas personas opten por cumplir con lo imprescindible.
La cultura del rendimiento no fomenta proyectos compartidos, sino trayectorias individuales orientadas a la supervivencia. A ello se suman las condiciones precarias de la profesión —itinerancia, inestabilidad laboral y sobrecarga burocrática— que dificultan el arraigo en proyectos colectivos.
Todo esto se inscribe en una sociedad marcada por el neoliberalismo y el individualismo, donde los discursos de comunidad y bien común pierden centralidad. La educación se redefine como servicio al mercado y el profesorado como técnico ejecutor, mientras la cooperación se ve desplazada por la competencia.
Ante estas situaciones, nos preguntamos qué es lo que nos mueve a estar en estas redes y qué podemos hacer para que sigan llegando más personas.
Puertas de entrada
Creo que una de las primeras puertas de entrada es la formación, no solo por los contenidos que se transmiten, sino por las formas en que se construyen los vínculos, los valores y la manera de entender la profesión.
En este sentido, como señalan Martínez y Carreño (2020), el compromiso ético y político del profesorado universitario en la formación de futuras y futuros docentes puede leerse como una invitación a volver la mirada hacia prácticas educativas orientadas a formar personas y ciudadanos integrales y comprometidos con la sociedad.
Para que esta invitación sea real, resulta necesario apostar por una formación pedagógica más reflexiva y colaborativa, que incorpore la historia de la educación y permita comprender el sentido de esta.
Otras puertas por las que se construye esa “lluvia fina que va calando” suelen ser un encuentro, una lectura o una conversación con personas que viven la educación con ese compromiso y que mantienen vínculos con la renovación pedagógica. A veces basta con que alguien nombre estos espacios, comparta su experiencia o te invite a participar.
También influye el tener amor por la educación. Entenderla como un acto político, de justicia y de cuidado, desarrollar empatía y defender los derechos de la infancia lleva a preguntarse qué escuela queremos y cómo la construimos. Ahí nace la necesidad de tejer redes y de pensar colectivamente.
Sin embargo, puede ocurrir lo contrario, que ese amor por la educación se vea sacudido por la soledad que muchas veces acompaña el inicio de la profesión. Se llega a la escuela con ilusión, con ideas y con ganas de transformar, pero el día a día, la rutina, la falta de espacios compartidos y la distancia entre lo imaginado y lo vivido pueden generar una sensación de aislamiento. Y es precisamente esa experiencia la que, en muchos casos, empuja a buscar a otras personas con las que compartir dudas, inquietudes y esperanzas.
La necesidad de no sentirse sola se convierte entonces en un motor para acercarse a redes y movimientos donde la profesión pueda pensarse en común.
En mi caso, llegué a la Conspiración Educativa gracias a una buena formación inicial. Tuve la suerte de encontrarme con docentes comprometidos que me hablaron de la renovación y me invitaron a participar. Recuerdo la primera reunión a la que asistí: yo era solo una estudiante y me preguntaba qué podía aportar en un lugar así. Sin embargo, desde el primer momento pude apreciar una acogida por parte de todas las personas. Había un cuidado mutuo, cariño y una pasión compartida por la educación que se traducía en ganas de pensar, de soñar y de querer transformar. A partir de ese momento, supe que quería seguir formando parte.
Para que las personas jóvenes permanezcan, es fundamental que se sientan acogidas, que sepan que pueden aportar, que su voz tiene un lugar y que formar parte del grupo tiene sentido para ellas
Comparto mi experiencia porque creo que no solo es importante llegar a estas redes, sino también mantenerlas. Y, para que las personas jóvenes permanezcan, es fundamental que se sientan acogidas, que sepan que pueden aportar, que su voz tiene un lugar y que formar parte del grupo tiene sentido para ellas.
Tal vez el relevo generacional de la renovación pedagógica o de la pedagogía crítica no dependa de grandes gestos, sino de seguir tejiendo espacios donde la educación pueda pensarse en común. Porque, como recuerda Galeano, «mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo».
Si te gustaría participar y unirte a esta red, puedes escribir un correo electrónico a: redunirenovacionpedagogica@gmail.com

