A finales de septiembre de 2025, en pleno despliegue de la Operación Carros de Gedeón II, una ofensiva militar israelí cuyo objetivo era destruir y ocupar la ciudad de Gaza, las médicas australianas Nada Abu Al-Rob y Saya Aziz, voluntarias en el Hospital Al-Shifa, grabaron y compartieron un mensaje en vídeo, bajo el temor de morir en cualquier momento.
Describieron la situación en Al-Shifa como catastrófica, con una grave escasez de alimentos, agua y suministros médicos. La inmensa mayoría de los muertos y heridos eran niños y mujeres embarazadas. En medio de la atención a víctimas en masa que atendieron en condiciones de extrema suciedad, sin anestesia, analgésicos ni electricidad, relataron un caso extremo: una cesárea de emergencia realizada a una mujer decapitada con nueve meses de embarazo para salvar a su bebé.
Días después, mientras las bombas caían sin cesar y los tanques israelíes, los vehículos minados y las excavadoras seguían avanzando para arrasar y desalojar la ciudad, Rayya, una mujer gazatí de 52 años con discapacidad intelectual, fue trasladada inconsciente por familiares y amigos al hospital Al-Shifa. Fue declarada muerta al llegar.
Como no se podía trasladar su cuerpo a otro lugar de forma segura para su entierro, fue enterrada apresuradamente en el patio del hospital. Su familia entonces recogió sus pertenencias y huyó hacia el sur, para enfrentarse a los brotes masivos de enfermedades sin tratar y al caos entre los cientos de miles de desplazados sedientos y hambrientos.
Un entorno sellado creado deliberadamente por Israel para dañar y matar a los palestinos, más allá de las balas y las bombas
Biosfera de genocidio
Atrapada en lo que el cirujano de guerra Ghassan Abu-Sittah denomina una «biosfera de genocidio», Rayya se fue debilitando lentamente hasta reducir su peso corporal a la mitad antes de morir de privación extrema: su vida y su muerte trazaron el tortuoso «ecosistema social, físico y biológico» de Gaza, un entorno sellado creado deliberadamente por Israel para dañar y matar a los palestinos, más allá de las balas y las bombas que la aterrorizaban mientras su cuerpo se apagaba.
Al vivir con una discapacidad intelectual, Rayya era especialmente vulnerable: incapaz de comprender la incesante tortura sensorial de las bombas ensordecedoras, los repetidos desplazamientos, el hambre y la deshidratación agonizantes que destrozaron su mundo protegido en octubre de 2023.
Durante la presentación de su libro en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, la relatora especial de la ONU, Francesca Albanese, identificó la tortura como el sello distintivo del genocidio israelí, comparable a los machetes del genocidio ruandés y a los campos de concentración del Holocausto en Europa.
El testimonio de primera mano de Abu-Sittah sobre el «sufrimiento indescriptible» en los hospitales de Gaza —donde desde el comienzo de la guerra realizaba cirugías y amputaciones (a menudo a niños) sin anestesia— está incluido en el último libro de Albanese, Cuando el mundo duerme. Su colección de historias explora la experiencia palestina bajo décadas de ocupación israelí y, en última instancia, de genocidio, mientras la comunidad internacional permanecía «dormida», pasiva o cómplice.
El genocidio solo puede entenderse observando la totalidad de los daños infligidos a los palestinos en Cisjordania, Jerusalén Este y Gaza
Inspirada por su anterior visita al Museo Reina Sofía, argumentó que, al igual que la representación abstracta de Picasso del bombardeo de Guernica (y los horrores de la guerra civil española) no puede entenderse mirando el lienzo a través de un microscopio, el genocidio solo puede entenderse observando la totalidad de los daños infligidos a los palestinos en Cisjordania, Jerusalén Este y Gaza, donde el objetivo unificado es el asesinato, el desplazamiento y la destrucción.
El genocidio continúa
Precisamente, en su informe de marzo de 2026, «Tortura y Genocidio», Albanese documenta cómo Israel ha creado un «entorno tortuoso» en los territorios palestinos ocupados para destruir psicológica y físicamente al pueblo palestino. Este entorno, sufrido por Rayya in extremis, se mantiene mediante políticas y prácticas de privación sistémica, desplazamiento masivo, terror psicológico y abusos bajo custodia que cumplen con los requisitos para ser considerados genocidio según la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio.
No hay alto el fuego en Gaza: al menos 880 palestinos han muerto desde que comenzó. Sin la intensidad de los bombardeos, ataques de artillería y disparos israelíes previos al alto el fuego, el mundo apartó la mirada del genocidio que continúa dentro de una tortuosa biosfera de destrucción lenta y sistémica, poco divulgado y distorsionado por los principales medios de comunicación (tema del próximo informe de Albanese), ignorado por las élites políticas europeas, y explotado por una «red necrocapitalista de intereses privados que abarca fabricantes de armas, corporaciones como Volvo y Hyundai, universidades y fondos de pensiones». Estas entidades, en palabras de Albanese, «se enriquecen con el asesinato de niños, madres y padres», llegando hace tiempo al punto «en que la UE está violando sus propias leyes» para proteger a los perpetradores y especuladores que más se benefician de mantener en pleno vigor el Acuerdo de Asociación UE-Israel.
Mientras el genocidio se acerca a su tercer año y la aterradora amenaza de una nueva guerra a gran escala se cierne sobre Gaza —impulsada por la inacción y la complicidad de la UE—, Israel continúa violando todos los convenios de derechos humanos y el derecho internacional.
Una tumba en cada calle
Además de los ataques militares diarios, que han cobrado la vida de más de 82.000 personas, incluidas 10.000 que aún permanecen atrapadas bajo los escombros de sus hogares destruidos (se estima que la cifra real es mucho mayor), Israel ha intensificado su control sobre los gazatíes dentro de un área inescapable que ahora representa solo el 36% de los 365 km² totales de la Franja. Las fuerzas israelíes controlan ahora el 64% de la Franja, y tratan la llamada «zona amarilla» como si fuera una frontera oficial, izando banderas israelíes a lo largo de esta área e imponiendo una nueva «línea naranja» para apoderarse de aún más territorio.
Asfixiados por unas condiciones de vida que parecen imposibles de superar —o incluso de alterar—, todos en Gaza se sienten abandonados y abrumados por la desesperación. Su entorno letal les mantiene acorralados a lo largo de la invisible y cambiante «línea naranja», destinada a aterrorizar, erradicar y despoblar la Franja.
Sin herramientas, la gente sigue excavando con sus manos entre los escombros infestados de ratas, para recuperar los restos descompuestos de sus seres queridos. Cada día encuentran huesos o un cráneo perteneciente a una de las víctimas. En cada calle hay una tumba.
Qué hacer
Moderando la presentación del libro de Francesca Albanese, la periodista Olga Rodríguez preguntó cómo volver a centrar la atención en Gaza e indagó sobre qué deben hacer los estados, las empresas y los ciudadanos de la UE para poner fin a su complicidad.
La «biosfera del genocidio» de Abu-Sittah sirve como un prisma práctico para visibilizar (y desmantelar) las conexiones e interacciones entre perpetradores, cómplices y los vectores biológicos, sociales, y físicos de enfermedad, lesión y muerte, como es la recién impuesta «línea naranja» anexionista. Una vez que se ven (e incluso se sienten), es imposible ignorar (o dejar de sentir) las redes, las jerarquías, las políticas, los artefactos y las decisiones que, en conjunto, convierten la intención, el silencio, la negación o la inacción de la UE en las ‘bombas ensordecedoras, los desplazamientos repetidos, el hambre y la sed agonizantes’ que torturaron a Rayya hasta su muerte, privada de su medicación.
Tomando prestada la analogía de Albanese, necesitamos un ecosistema transfronterizo al estilo Guernica para ver, sentir, internalizar, y actuar sobre el cuadro completo del genocidio en todas las dimensiones de la perpetración, la facilitación y la participación.
Partiendo de la premisa de que «la tortura le hace al individuo lo que el genocidio le hace a un pueblo», como articula Albanese en su informe, la historia de Rayya traza simultáneamente los vectores destructivos de la biosfera tortuosa implantada en Gaza, al tiempo que ilumina potencialmente nuevas vías inexploradas para obligar a la UE —el mayor facilitador económico de Israel— a respetar el derecho internacional, rescindir el Acuerdo de Asociación con Israel y, fundamentalmente, activar el Estatuto de Bloqueo para proteger a quienes buscan justicia en la Corte Penal Internacional, incluidas Francesca Albanese y las organizaciones palestinas de derechos humanos, de las sanciones de represalia de Estados Unidos.
La historia de Rayya, discernida a través del marco de la ‘biosfera de genocidio’ de Abu Sittah, y otras herramientas conceptuales, se convierte en un catalizador para centrar la atención, ejercer presión estratégica y exigir responsabilidad sistémica—un escenario en el que el litigio jurídico y el BDS no son las únicas vías para frenar la complicidad y la impunidad, sino que también forman parte de un despertar más amplio e irreversible.

