Ecoescuela abierta

El último que salga que apague la luz; mañana también se tiene que alumbrar el planeta

Se acerca la Hora del Planeta, el próximo domingo. Un momento para recordarnos el consumo que hacemos de electricidad, su importancia para nuestro día a día. La necesidad de ahorrar.

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Fotografía: NASA Earth Observatory image by Robert Simmon

Cada cierto tiempo la NASA publica una foto nocturna, que es muy reproducida, con las zonas terrestres más iluminadas. La imagen atrae; es plástica y sugerente. Sin duda porque señala puntos de luz y esta se asocia a vida, también a señal de esperanza. Por lo que sea, la más pequeña luminaria ejerce sobre nosotros una seducción especial. Seguramente este hecho tendrá raíces culturales que se sustenten en la mitología -como puede ser el dios Ra egipcio, la influencia de Heindall en el norte de Europa-, la luz divina de la religión cristiana o el Sol de los aztecas o mayas. Esa claridad supone en muchos casos la salida de las tinieblas y la resolución de lo incógnito. El “hágase la luz” viene ya del Génesis y ha tenido un largo recorrido; normal que se la relacione con la sabiduría. Sea por lo que fuere, la presencia de la luz acuna nuestros sentimientos y nos disimula la cotidianeidad de las cosas. Además, durante mucho tiempo –ahora se cuestiona- el consumo de luz y energía se asoció a la mejora de las condiciones de vida, incluso hoy es una de las variables económicas para demostrar si un país marcha o se encuentra en recesión.
Por eso no es extraño que también en los centros educativos se rinda un pequeño homenaje a luz: cuantas más lámparas y fluorescentes haya activados mejor. Sorprende que en las escuelas de los lugares ricos se dilapide la luz/electricidad, acuciadas como están por las escaseces económicas a las que las someten los gobiernos. Ese hecho, de por sí grave por el dispendio económico que supone, conlleva un mal uso de los recursos naturales –derroche energético en forma de energía fósil o de electricidad elaborada con costes ambientales- y unas graves afecciones al medio ambiente: emisión de inútiles toneladas de CO2 y otros gases de efecto invernadero, contaminación lumínica y alteración de los ciclos vitales de algunos seres vivos, etc. En suma, un auténtico contraejemplo de lo que a menudo se enseña en las clases. Porque en nuestras escuelas, paradojas de la vida, se explica lo del ahorro energético – se estudia que se están agotando los combustibles fósiles que hacen lucir las lámparas y que los precios de esos son caros- y se recomienda que en los domicilios se pongan leds en lugar de lámparas incandescentes. Estas, por cierto, se merecen un homenaje universal, comenzaron su andadura en octubre de 1879 cuando Thomas A. Edison patentó un artilugio, el invento no era suyo, que lució durante 48 horas ininterrumpidas. Tenía sus imperfecciones; menos mal que la empresa húngara Tungsram mejoró las lámparas al introducir el hilo de tungsteno que ha llegado hasta anteayer.

Ante semejantes desatinos lumínicos es urgente llevar a cabo una auditoría energética escolar. Nos permitirá comprobar si muchas aulas se quedan con las luces encendidas cuando los escolares salen al recreo o terminan su jornada, qué sucede con los fluorescentes sin función determinada que iluminan largo tiempo lugares comunes o pasillos, con el consiguiente derroche de kilovatios -medida física que no estaría de más explicar a los escolares asociada al tiempo-. Varios países latinoamericanos y algunos departamentos de Educación de España promueven esos testeos en sus instalaciones escolares –incluso elaboran la certificación energética, que se queda la mayor parte de las veces en la parte baja de la escala de eficiencia-. Los resultados llegan a la administración que se olvida de subsanar las deficiencias encontradas, aludiendo casi siempre a problemas presupuestarios.

Cambiar para hacerlo mejor en forma de correctas prácticas y compromisos es una buena manera de dar tributo a la luz. La intención no es nueva. En los años 70 del pasado siglo Hidroeléctrica Española lanzaba una colección de tebeos ilustrados por J. Sanchís con la pretensión de alfabetizar a los niños españoles. Su protagonista, don Kilovatio, se enfrentaba al imperio de las sombras, luchaba contra el ocaso de estas, clamaba contra el derroche de energía, actuaba en el circo de las calorías y así hasta 12 títulos. Hace unos años, Greenpeace España impulsó con el apoyo de Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía de España (IDAE), el proyecto “Solarízate”, que consiguió utilizar la energía solar para producir electricidad en unos cuantos Institutos de Educación Secundaria. Otras escuelas e institutos han generado proyectos propios de formación del profesorado y alumnado que intentan potenciar la reducción y el autoconsumo –difícil en España por las trabas gubernamentales- y aprender bajo el sol, del sol. Las administraciones han editado manuales para mejorar la eficiencia energética en los centros. Hace unos años la OEI (Organización de Estados Iberoamericanos) promovía el programa “Luces para aprender” destinado a llevar la electricidad de origen renovable a muchas escuelas rurales de América central y del sur. Otras iniciativas están provocando que se haga la luz en escuelas de Centroamérica, la Región Andina o en Uruguay y Argentina. Allí casi nadie se la dejará encendida.

Parece que ha llegado “la Hora del Planeta”, la loable iniciativa puesta en marcha por WWF en todo el mundo que se celebra el 25 de marzo; se puede ver en Youtube su campaña y el vídeo oficial. Por ahora consigue el puntual apagado de algunos edificios públicos que, paradójicamente, pertenecen a las derrochadoras administraciones; poco más. Habrá que seguir intentándolo. Mientras, el último que apague la luz; para que esta no sea la penúltima hora del Planeta.

Carmelo Marcén Albero (http://www.ecosdeceltiberia.es/)

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