En otras ocasiones hemos afirmado que, desde Bronfenbrenner, sabemos que cuando entre los diferentes contextos de vida de las criaturas existen continuidades educativas —expectativas, valores, normas, criterios… comunes—, cada contexto por sí mismo amplifica sus posibilidades en su contribución al desarrollo humano. Lo sabemos, y tenemos datos empíricos que lo demuestran. Por el contrario, si no hay continuidad, cada uno de los contextos pierde capacidad y posibilidades para impulsar el desarrollo humano. Sin continuidades educativas, la escuela sola no puede. Hay que fortalecerla, y por ello lo primero que hace falta es que maestros y profesorado valoren más su trabajo y el de la escuela: más autoestima y más seguridad en lo que hacen y en por qué lo hacen. Pero no es suficiente: hay que saber comunicarlo.
Señalaré tres frentes que, como mínimo, – no me referiré a más recursos- creo que deben abordarse para que su impacto sea más eficaz y eficiente, para fortalecer su trabajo y el de la escuela.
La escuela y las familias
La escuela y la familia son contextos y espacios formales e informales principales en la crianza de la infancia, y por ello hay que seguir insistiendo en la necesaria continuidad educativa entre ambas instancias, buscando unos mínimos que deben acordarse a partir de lo que sabemos que funciona y de lo que no funciona en educación.
Es necesario que las escuelas, con modelos de liderazgo pedagógico en equipo, identifiquen dentro del marco de sus objetivos no sólo aquellos que hacen referencia a la formación y los aprendizajes del alumnado, sino que amplíen el alcance de su función al trabajo con las familias. Un trabajo con las familias que permita garantizar continuidades como las mencionadas antes, ganar más autoridad moral como profesionales y como institución, y hacer realmente posible el proyecto educativo de la escuela.
Entre estas continuidades educativas conviene garantizar, como mínimo, aquellas que hagan posible vivir en la escuela y en la familia un clima afectivamente rico, crecer en autonomía, en agencia y responsabilidad, y a la vez aprender a aceptar normas y límites, contrariedades y dificultades; valorar el esfuerzo y la superación personal —no la individual sin sentido, sino la que da sentido al trabajo escolar, a la escuela y a los aprendizajes que allí se realizan—; dedicar el tiempo a vivir experiencias y alcanzar aprendizajes de calidad que permitan una incorporación en buenas condiciones al mundo del trabajo y del estudio; apreciar los valores que permiten convivir en sociedades plurales y profundizar en los valores de la democracia participando activamente en sus contextos de vida.
Es mediante esta dedicación — trabajar con las familias más allá de las cuestiones centradas en los aprendizajes y que obviamente conviene preservar y, si es necesario, intensificar— que será más factible amplificar el impacto del trabajo de la escuela y fortalecer la escuela como institución y su papel en la sociedad.
La escuela y otros contextos de crianza y educación
Pero estas instancias —escuela y familias— no son las únicas que inciden en la formación. También lo son los contextos y espacios de crianza generados por las redes y los sistemas de información y comunicación propios de la sociedad digital, que son más artificiales pero muy potentes, especialmente por su impacto en relación con los valores y estilos de vida que promueven y que, salvo en escasas ocasiones, no colaboran en la necesaria continuidad educativa que podría favorecer lo que la escuela pretende.
Aquí, como en otros momentos, es necesario generar confianza en la familia en relación con la tarea que desarrolla la escuela al respecto, comunicando bien lo que hace e insistiendo en destacar la importancia de la contribución de la familia al desarrollo de pensamiento crítico, autonomía y responsabilidad, y de las capacidades que permiten contrastar informaciones y llevar una vida sostenible y sustentable.
El trabajo con las familias para llegar a acuerdos sobre criterios y pautas educativas compartidas, al cual hacía referencia anteriormente, es de especial interés para poder confiar en que el trabajo realizado por escuela y familia prepara a niños y jóvenes para aprender a navegar en esta sociedad digital con criterio, y evidencia el peso de la escuela en la formación de ciudadanos y ciudadanas.
La escuela y los contravalores dominantes hoy en el mundo
Pero para fortalecer la escuela hacen falta más alianzas alrededor de estos objetivos. Nuestro mundo —el actual, peor que el de hace una década— es un mundo donde el autoritarismo, los supremacismos, la falta de respeto a los derechos de las personas y a los acuerdos, y el uso de la violencia, tanto institucional como física, no solo debilitan el impacto del trabajo que la educación se ha planteado como objetivo en una sociedad que quiere profundizar en la democracia, sino que se convierten para algunas personas en un modelo en el que mirarse y que tienden a imitar.
Sirva mucho o poco, hay que hacer en voz alta un llamamiento a la responsabilidad educativa de los líderes políticos, empresariales y del mundo del deporte-espectáculo en relación con los valores democráticos, y en especial a la cooperación, el respeto a la dignidad y a la diversidad humana, la inclusión, la confianza en el valor del diálogo para abordar las diferencias y los conflictos, y la contribución al bien común.
El impacto que generan sus comportamientos y modelos cuando no fortalecen estos valores tiene un efecto catalizador de contravalores que anula el trabajo hecho desde la educación y que está en las antípodas de los discursos que incluso algunos de los mismos proclaman cuando se trata de establecer leyes, principios y objetivos generales para la educación.
En síntesis
Fortalecer la escuela en un contexto tempestuoso como el actual requiere: alianzas con las familias para ir a una; capacidad para hacer frente y digerir críticamente los impactos de los agentes que inciden informalmente en la educación; y una buena dosis de denuncia, resistencia y pasar a la acción para que las políticas que están lejos de hacer realidad los principios de una educación pública —alcanzar calidad en los aprendizajes y en buenas condiciones para todos, inclusión y no segregación, pensamiento crítico y emancipación— no tengan ni el apoyo ni el eco mediático que a menudo se les regala.

