Con demasiada frecuencia hemos visto cómo los relatos educativos quedan encerrados en sí mismos, como en un bucle repetitivo. Sabemos que la educación es sistémica. No podemos hablar de educación sin hablar de economía, de los problemas medioambientales, de las migraciones, de cómo se está organizando esta nueva sociedad neofeudal, de qué alternativas están apareciendo y de qué respuesta educativa damos.
En momentos de crisis como los que estamos viviendo, vale la pena ver qué pueden aportarnos formas de pensar diferentes, salir de nuestro discurso y ampliar la mirada. Una de estas propuestas es la que hace unos años nos llegó desde los pueblos andinos y amazónicos y que se consolida como una de las alternativas de vida a este sistema actual. Hablamos del Buen Vivir, una manera de entender el mundo y las relaciones humanas que nos abre interesantes espacios de reflexión y de acción educativa.
¿Qué define el Buen Vivir? Frente al consumismo, el Buen Vivir plantea la austeridad como un aspecto importante para vivir bien. Una austeridad que, al mismo tiempo que cubra las necesidades básicas de todas las personas, posibilite las diferentes formas de vida del planeta. Así, para vivir bien no debemos entrar en una carrera consumista, sino educar en un sentido crítico de los usos que hacemos de la energía, de los recursos naturales, de la alimentación o de cómo cuidamos la tierra. Uno de los ejemplos es cómo, frente a la agricultura industrial dominante, el Buen Vivir nos presenta una agricultura que, siguiendo los ritmos de la tierra, sea capaz de alimentar de manera sana, variada y saludable a la población. Es el primer paso para una buena salud y habría que reclamar a los gobiernos una Seguridad Social que garantice que una alimentación sana y de proximidad llegue a todas las personas.
Otro pilar fundamental del Buen Vivir es la vida comunitaria: una persona no puede vivir bien si la comunidad no vive bien. La importancia de una vida comunitaria, de una ética social y de lo común tiene una gran relevancia y constituye una opción seria para salir de la crisis civilizatoria actual. Conjugar este sentido comunitario y el vínculo con la naturaleza, con sus límites y con cómo se reparten los recursos es lo que debe configurar políticas públicas de educación, de salud, de alimentación, de cultura, de vivienda y, al mismo tiempo, generar espacios de intercambio, de encuentro con los demás, de cuidado mutuo… y, en armonía con la naturaleza, es lo que puede conducirnos a una vida de bienestar.
Lo común no debe entenderse como una imposición moral desde el poder, sino a partir de la necesidad de desarrollo mutuo entre las personas y los demás seres. Tal como muestran muchos de los estudios más avanzados, las especies han superado crisis importantes cuando han colaborado entre ellas, no cuando han luchado por ver quién las domina, lo que las ha llevado a la autodestrucción.
Esta vivencia de lo común se extiende también a las relaciones que debemos tener con nuestra casa común, el planeta Tierra. Desarrollar valores para una ética cósmica y de justicia ecológica también forma parte del Buen Vivir, entendiendo que no estamos solos en el mundo: somos ecodependientes y formamos parte del planeta y del cosmos y, al mismo tiempo, somos interdependientes; nos necesitamos unos a otros y nuestras acciones tienen repercusiones no solo en el presente, sino también en el futuro, como bien nos describe la ética de las siete generaciones: cuando realices una acción en tu vida, piensa en las repercusiones que puede tener hasta siete generaciones futuras, principio que la UNESCO recogió en 1997 en la Declaración sobre la ética de las generaciones.
Todos estos principios nos abren importantes espacios de reflexión y de debate a la hora de plantearnos la educación en el momento actual. Cómo educamos para una vida comunitaria fomentando la democracia, la aceptación de la diversidad cultural, el diálogo, los liderazgos —también los horizontales—, el encuentro; cómo establecemos las relaciones emocionales y afectivas con la importancia que tienen los cuidados para la vida, o cómo cambiamos los patrones de consumo hacia una austeridad que asegure los recursos para todas las personas, también para las futuras generaciones, son algunos de los mensajes educativos que nos aporta el Buen Vivir. Una apuesta que no debe entenderse como una suma de actividades o valores independientes, sino como un todo. No pueden entenderse unos al margen de los otros: no podemos hablar de educación democrática si no hablamos de justicia ecológica, ni podemos hablar de una vida austera sin hablar de cómo se reparten los recursos disponibles.
Educar para el Buen Vivir no se agota en los tiempos y espacios escolares, sino que es un proceso de educación a lo largo de toda la vida. Se apuesta por reconocer que todas las personas son válidas y necesarias en cualquier momento, desde la infancia hasta la muerte, y cada una, con una actitud de asombro permanente ante la vida, debe ir buscando en las distintas etapas cuál es su respuesta vital y armoniosa consigo misma, con la comunidad y con la naturaleza.
Y, de este modo, tal como nos enseña el Buen Vivir, ir construyendo una vida individual y colectiva como si fuera la creación de una obra de arte.

