Ecoescuela abierta

Julio Llamazares ‘quijotea’ con Azorín por la naturaleza cervantina

Ambos autores, por encargo de sendos periódicos, realizaron la ruta de El Quijote describiendo una naturaleza cambiante entre ambos. Ligada a sus impresiones y vivencias, como podría ser parte del currículo.

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Fotografía: Pixabay

En la escuela solemos explicar los contenidos como algo definitivo, poco abierto a variadas percepciones. Los conceptos, incluso las actitudes que pululan por los desarrollos curriculares, admiten pocas modificaciones en una clase normal; hay que aprenderlos porque se consideran relevantes para las asignaturas. En las cuestiones de postulados y leyes físicas o matemáticas, o reglas del lenguaje, cabe un poco esa necesidad pero es bastante cuestionable en muchas otras temáticas.

Pongamos el caso de la naturaleza, que viaja por los desarrollos curriculares de Educación Primaria y Secundaria. En sí misma, fuera de los textos, es multiforme, viva, cambiante, conecta el pensamiento científico con el cotidiano, nos deja relacionar el presente con el futuro pues mantiene una carga de afectividad. Sin embargo, en la escuela se asienta en conocimientos cerrados, que el alumnado debe aprender de forma machacona una y otra vez. Craso error pues las percepciones de las diferentes personas sobre un aspecto o tema concreto de la naturaleza, sujeto a la visión particular de algo tan vivo y condicionado por la variabilidad de los tiempos y espacios, son muy diferentes. Un espacio natural es visto de distinta forma por gente del mundo rural o de la ciudad, en la cultura europea o americana. Hoy sabemos que no hay una sola visión del mundo, que la ideación que uno realiza es particular, que la verdad posible es una construcción cognitiva sujeta a muchas variables, que es necesario compartir. Así debería ser la escuela naturalizada.

Pongamos un ejemplo ahora que se acerca el 23 de abril, Día Internacional del libro porque en esa fecha del año 1616 se dice que fallecieron el Inca Garcilaso de la Vega, Miguel de Cervantes y William Shakespeare. Revisemos uno de nuestros libros más universales en español, El Quijote, y lancemos una mirada a la naturaleza que Miguel de Cervantes nos dejó escrita en él. Visiones varias: la de él mismo pero también la puesta en boca de dos personajes fundamentales, Quijote y Sancho, que parten de posicionamientos y finalidades de aprovechamiento muy particulares frente a ella. El viaje que representa el libro tuvo sus réplicas. Fue hacia 1905 (300 años después de la primera edición del libro) cuando José Ortega –director del periódico El Imparcial– encargó a Azorín (un apasionado literario de la obra cervantina) la realización de la Ruta del Quijote, que fue viendo la luz en su periódico. El viaje no duró mucho tiempo –sería por eso que las lagunas de Ruidera tienen una referencia de tres a cuatro líneas solamente–, pero permitió a Azorín la meditación sobre la parda y yerma llanura donde quiso conocer historias y tradiciones, aunque su mirada estuvo impregnada de escasa alegría física y en ocasiones parezca un libro de silencios.

Cien años después, Julio Llamazares realiza, por encargo del periódico El País –en cuya Web se pueden consultar todos los artículos–, un itinerario parecido. Azorín y Llamazares transitan por similares caminos, que ven y sienten de manera diferente, al menos así lo escriben.

“Quijotear” significaría que las personas vemos las mismas cosas a nuestra manera y conveniencia, como el héroe cervantino, por eso obramos de manera diversa ante las señales de la naturaleza, incluso actuamos de forma desinteresada en la defensa de causas que consideramos justas. Entenderla como un conjunto vivo requiere múltiples visiones, a veces contrapuestas pero siempre activas si se comparten. Acaso dotándonos de algún recurso filosófico similar a aquellos de marcado matiz perspectivista que manejó Friedrich Nietzsche, que por cierto encontraba en un árbol el contacto más íntimo con la naturaleza, para afirmar que todo la percepción objetiva de la realidad es imposible, lo cual nos deja descolocados a quienes queremos enseñar para que otros aprendan.

Explicar la naturaleza en la escuela requiere una mentalidad abierta. Comencemos por preguntar al alumnado qué entienden sobre ella y qué cualidades le asignan. Después emprendamos tareas que acojan visiones múltiples, que desborden lo que dicen los libros de texto, que utilicen estos para ampliar territorios de búsqueda, o que se apoyen en lo que textos literarios han dicho de ella. ¿Cuándo llegará a las propuestas curriculares la multi perspectiva de todo lo que mucho de lo que tiene que ver con las ciencias naturales y sociales? Porque la escuela no puede ignorar por más tiempo que la cultura social es siempre una percepción cambiante –la mirada a la naturaleza salvaje o poco antropizada es una corriente cada vez más extendida en forma de viajes, libros o documentales-, aunque tenga ciertos anclajes sólidos en su estructura. Se nos antoja que la de la naturaleza social del siglo XXI debe encaminarse a la búsqueda de referentes para hacerla posible y tenerla menos expuesta a convulsiones determinantes. No estamos solos en el mundo, sin embargo se nota una ausencia de miradas críticas; sobre esto hemos encontrado algunas ideas más en Milan Kundera. ¿Y si al final, después de tanto mirar, encontrásemos un camino posible, transitable para muchos? Por cierto, lean despacio todo o parte del “Quijote”, tanto en las escuelas próximas de España como en la lejanas de América, y tendrán su perspectiva sobre territorios y gentes, sea cual sea la forma de mirarlo, más literario o plástico, antiguo o actualizado.

Carmelo Marcén Albero (www.ecosdeceltiberia.es)

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