Ecoescuela abierta

Antártida en deshielo, presagio de problemas

El continente austral ha perdido tres billones de toneladas de hielo desde 1992, que debe ser un montón pero cuya dimensión se nos escapa.

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Fotografía: Pixabay

La Antártida apenas tiene cabida en la escuela, tanto que mucha gente duda si es un continente o no. Miren en libros y verán que los cinco clásicos se convierten en seis cuando se parte América en Norte y Sur, en siete cuando se “descubre” que debajo del hielo antártico hay una enorme plataforma pétrea, u ocho si se considera al recién aparecido Zelandia, sobre el cual convendría que las escuelas se enterasen de más cosas; incluso hay alguien que dice que Europa y Asía son un solo continente. ¡Vaya lío escolar! Revisen lo que saben sobre este tema, aunque bien pensado quién nos asegura que sea trascendente, pero aprender algo siempre lo es.

Volviendo al comienzo, el también llamado desierto helado –por la escasez de precipitaciones básicamente– resulta un poco familiar porque cada año lo visitan varias expediciones científicas en los meses de enero y febrero; allí es verano como en el mayor parte de América del Sur; cuesta explicar esto en clase pues los argumentos científicos chocan con las ideas desordenadas que el alumnado utiliza para interpretar la esfericidad de la Tierra y sus movimientos elípticos. Quienes allí están ahora, algunos compañeros de quien esto escribe, rastrean marcas que sirvan para entender el pasado, que saben que está conectado con el futuro, pues conocen que el hielo acumulado atrapó restos, semillas, granos de polen, etc., a lo largo de tiempos remotos. Pero no solo localizan registros fósiles –han encontrado restos de árboles más antiguos que los dinosaurios, que evidencian que aquellas tierras eran mucho más cálidas y húmedas hace unos 260 millones de años–, también se encuentran con partículas de vida reciente que evidencian que el espacio vital que marca hoy el mundo global se ha ensanchado, que el continente helado está interrelacionado con nuestras vidas. Hay que recordar que allí acudieron hace más de 100 años Amudsen y Scott en busca de ciencia, aventura y gloria. Sus anotaciones, y las de otros viajeros, animaron a otras muchas personas a explorar un mundo nuevo. Por cierto, pregunten en clase quién sabe muchas cosas sobre la Antártida; quizás se lleven alguna sorpresa.

Durante la ola de calor que sacudió Europa este mes de agosto, conocimos el resultado de una investigación publicada en la revista Nature, avalada por la participación de medio centenar de organizaciones científicas internacionales, que afirmaba que el continente austral ha perdido tres billones de toneladas de hielo desde 1992, que debe ser un montón pero cuya dimensión se nos escapa. No hay que pensar mucho para aventurar que si se derrite el agua helada –aunque no lo haría inmediatamente sino en un tiempo largo- del llamado congelador de la Tierra, puede elevar el nivel del mar; los científicos dicen que más de medio centenar de metros. Si esto ocurre, se alterarán las corrientes oceánicas próximas -que siempre interaccionan con las más lejanas-, cambiará la temperatura global del agua cerca de allí y lejos –que reduce su capacidad para absorber el dióxido de carbono y en eso tiene bastante que ver el deshielo antártico- y se elevará la temperatura del aire. Esto acelerará el cambio climático; del cual seguro que han hablado mucho en clase.

Sigan helando a sus alumnos del hemisferio norte con estos datos; nuestros compañeros americanos del Sur están en estación caliente. Unos y otros deben saber que no solo se derrite el hielo antártico; algo parecido sucede en el del Ártico, que el pasado invierno alcanzó los niveles más bajos desde 1979, cuando empezó a medirse su superficie. El sobrecalentamiento de los vientos polares y las corrientes marinas tambalean la anterior dinámica que regulaba nuestro clima. El agua que suelta la Antártida, el Ártico y los glaciares de las altas montañas como los Andes (en conjunto, los de Colombia, Venezuela, Perú, Ecuador y Bolivia se han reducido en promedio entre un 30% y un 50% desde la década de los setenta a la fecha) o los Pirineos–que prácticamente han desaparecido-, camina lenta o rápida hacia el mar, donde cada vez hay más. Asunto para trabajar en clase: ¿Cuánta agua pueden contener los océanos y mares?

Otra cosa: si el nivel continúa subiendo anegará tierras y ciudades litorales, hará desaparecer islas. Se sabe que más de 600 millones de personas viven en zonas costeras a menos de 10 metros por encima del nivel del mar. Si se superan los límites de aumento de la temperatura global de los 2 ºC comprometidos en los acuerdos internacionales, costará mucho paliar sus graves efectos sociales. Además de los costes ambientales provocarán enormes pérdidas económicas: la protección de las poblaciones, tierras y establecimientos urbanos e industriales podría suponer un desembolso anual de más de una decena de millones de dólares en el año 2100, según dicen los expertos y, lo que es todavía peor: las afecciones serán mayores en los países pobres.

Cabe la posibilidad de que el asunto del deshielo nunca se haya trabajado en clase, que habiéndolo hecho no haya suscitado interés suficiente en el alumnado pues abarcar el espacio oceánico. Es probable que provoque comentarios equivocados; los polos están lejos y los cambios no son tumultuosos, tampoco se puede sacar conclusiones sobre lo que ocurre en un año. Habrá que informarse sobre la recurrencia y extensión de los bruscos episodios meteorológicos y si estos tienen la posibilidad de generar clima con el tiempo. Con seguridad, a todos nosotros nos faltan instrumentos para medir grandes cambios futuros pero hagamos caso a la ciencia; esta ya nos avisa de que los impactos climáticos alcanzarán magnitudes relacionadas con lo que entre todos hayamos hecho por limitarlos. Esta sí que es una idea que debe trabajarse en clase con espíritu crítico y con compromiso. Da lo mismo el curso, si se hace en las escuelas de España o América; casi mejor convertirlo en un proyecto de trabajo para toda la escuela, duradero en el tiempo y esperar que la Antártida nos escuche, que sepa que nos preocupamos por ella.

Carmelo Marcén Albero (http://www.ecosdeceltiberia.es/)

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