Convivencia y educación en valores

Desarrollo comunitario

Bienvenidos sean los nuevos planes de desarrollo comunitario, acciones, trabajo comunitario o como se convenga a denominarlos. Tenemos mucha necesidad de ellos. Pero no los confundamos con cualquier acción realizada en la comunidad, por más que sea exitosa.

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Nuestra época es de confusión, abuso del lenguaje y ausencia de ideas. Es un signo de los tiempos desde la crisis de la Ilustración. Ya Goethe lo había advertido: se empieza haciendo «abstracción de la inteligencia»; y se sigue recurriendo a «la palabra técnica», ya que «cuando faltan ideas hay palabras que pueden sustituirlas» y con ellas se puede «discutir enérgicamente e, incluso, erigir un sistema… con el valor del león, la agilidad del venado, el ardor del italiano y la constancia del hombre del Norte».

Llevamos a colación estas reflexiones a propósito del uso y el abuso de la idea de acción comunitaria, hoy vaciada del contenido preciso que desde las Ciencias Sociales se le había dado tradicionalmente. Se puede pensar que es ya una palabra técnica, con la que legitimar la proliferación de planes autodenominados comunitarios. Podría ser lo clásico sobre la verdad y la realidad «aparente». Se habla mucho de desarrollo y de trabajo comunitario, alterando, en realidad, el significado de los términos.

Hace unas décadas entendíamos por desarrollo comunitario y acción comunitaria el resultado del esfuerzo cooperativo de una comunidad que toma conciencia de sus propios problemas y que se organiza en el territorio para resolverlos por sí misma; desarrollando sus propios recursos y potencialidades. Eran cuatro los elementos esenciales que se consideraban: territorio (una comunidad activa), población (un contexto comunitario participativo), demanda social (con una lógica de largo plazo) y recursos (con una actitud comprometida de las administraciones).

También hablábamos de animación comunitaria para referirnos a la acción, desde la misma base de una comunidad humana, orientada a la mejora y el cambio, en orden a la transformación social. Partía, decíamos, de la conciencia crítica y del conocimiento preciso de las potencialidades disponibles dentro y fuera de la comunidad. En cualquier caso era un proceso de cambio que tenía que implicar y estar abierto a todos, al conjunto de los agentes sociales de la comunidad (barrio, entidades, familias, escuela, servicios y administraciones públicas locales) con una perspectiva holística, global e integrada.

Ese trabajo comportaba la participación activa de la población y de las entidades presentes en el territorio. Tenía una metodología exigente, sostenible y replicable, progresiva, planificada y evaluada; contaba con los miembros de la comunidad, de manera organizada o informal, y con las instituciones; acompañaba procesos de interés común, que debían mejorar realmente la vida de los vecinos y las vecinas.

Los Proyectos ganaban, poco a poco, en globalidad; es decir, acababan abordando o teniendo presentes las diversas cuestiones que afectan a la vida de las personas y de la comunidad: vivienda, salud, educación, trabajo o convivencia intercultural. Por otra parte, seguían una metodología con cinco etapas básicas bien definidas: investigación (conocimiento del sujeto), diagnóstico (objetivo y subjetivo), planificación (con objetivos e indicadores de calidad), ejecución (intervención en la situación y el problema planteado) y evaluación (con un enfoque sistémico). Se trataba de acciones «infraestructurales», realizadas en el barrio y relacionadas con carencias, ausencia de servicios o prestaciones de baja calidad, insuficiencia o simplemente ausencia de intervención pública.

También se trataba de potenciar la acción vecinal, cultural y deportiva, entre otros aspectos. Lo comunitario se veía como lo atribuible al quehacer de los miembros de la comunidad y no a la forma de organización del conocimiento por parte de expertos.

Sólo con planteamientos holísticos, decíamos convencidos, se puede llegar a incidir en la realidad, en la que los problemas sociales se articulan en una interrelación llena de complejidad. Este nivel más global, sin embargo, pide tiempo, aporte de profesionales y recursos externos de las instituciones y un riguroso trabajo de campo.

Bienvenidos sean los nuevos planes de desarrollo comunitario, acciones, trabajo comunitario o como se convenga a denominarlos. Tenemos mucha necesidad de ellos. Pero no los confundamos con cualquier acción realizada en la comunidad, por más que sea exitosa.

Hay que discernir y no dejarse llevar por modas, apariencias o palabras con las que legitimar sistemas tradicionales con apariencia innovadora. De lo que se trata es de activar las mediaciones e instrumentos para iniciar procesos disruptivos en los que intervengan las personas de una comunidad determinada, para actuar ante sus problemas, para emprender actividades que contribuyan a su crecimiento personal, incrementen su sentido de pertenencia a la comunidad local, potencien su participación, sumen el mayor número posible de ciudadanos y aporten alguna novedad a la mejora, el cambio y la transformación social.

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