La crisis del primer ciclo de educación infantil ha dejado de ser invisible. Las movilizaciones del sector y la evidencia acumulada obligan a repensar el modelo 0-3 como un derecho educativo y no como un servicio asistencial.
La educación infantil de 0 a 3 años atraviesa hoy una de las mayores crisis de su historia reciente. Lo que durante décadas se ha mantenido en los márgenes del sistema educativo, bajo el paraguas ambiguo de la conciliación, el cuidado o la asistencia, ha emergido finalmente como un problema central de justicia social, equidad educativa y modelo educativo de país.
Esta situación resulta especialmente preocupante si se tiene en cuenta que la etapa de 0 a 3 años es considerada por la investigación educativa como un período decisivo para el desarrollo integral de la persona. La calidad de las interacciones entre educadoras, educadores y menores, la estabilidad de los vínculos afectivos y la capacidad de observación y acompañamiento pedagógico requieren profesionales cualificadas, motivadas y con condiciones laborales adecuadas. Las movilizaciones del sector en todo el Estado, con especial incidencia en la Comunidad de Madrid y extendiéndose progresivamente a otras comunidades autónomas, como Valencia y Cataluña, con huelgas prolongadas, protestas y una creciente organización de las trabajadoras y trabajadores, han sacado a la luz la infrafinanciación y la precariedad estructural de un periodo del sistema educativo que es crucial para el desarrollo de las personas y la cohesión social.
Ratios elevadas, precariedad laboral generalizada, externalización de servicios y ausencia de una red pública suficiente, de titularidad y gestión pública, dibujan una realidad que ya no admite maquillajes. Sin embargo, el conflicto actual no es un episodio aislado. Es la consecuencia lógica de un modelo histórico que ha concebido la educación de la primera infancia como un espacio subsidiario, dependiente de la lógica del mercado y ajeno a la consideración de derecho fundamental. Hoy esa concepción ha entrado en crisis. Y con ella, la necesidad urgente de un cambio de paradigma.
Privatización, desigualdad y precariedad: las grietas del modelo
En términos cuantitativos, España suele presentarse como un caso de éxito europeo en escolarización temprana, con tasas cercanas al 55,8% en el ciclo 0-3. Sin embargo, este dato encierra una contradicción profunda: el crecimiento de la escolarización no ha ido acompañado de una expansión equivalente de la red pública. Por el contrario, el sistema ha evolucionado hacia una privatización encubierta, donde casi la mitad de la oferta depende de centros privados o de gestión indirecta financiados con fondos públicos. Este equilibrio aparente no es neutral: es el resultado de décadas de infrafinanciación pública y de políticas neoliberales que han favorecido el desplazamiento del derecho educativo hacia el negocio del mercado.
Se configura así un círculo vicioso bien conocido: insuficiente inversión pública, expansión de la oferta privada, imposición de copago, exclusión de las familias con menos recursos y consolidación de desigualdades desde edades muy tempranas.
Los llamados “cheques escolares” en algunas comunidades son un ejemplo paradigmático de esta lógica. Lejos de garantizar la equidad, actúan como instrumentos de transferencia de recursos públicos hacia operadores privados. Además, al no cubrir el coste real de las plazas, genera una barrera económica que deja fuera del sistema precisamente a quienes más se beneficiarían de una educación infantil de calidad. De este modo, el acceso al 0-3 deja de ser un derecho y pasa a depender de la capacidad económica de las familias. La consecuencia es clara: la desigualdad no empieza a los seis años, comienza en los primeros meses de vida.
La otra cara de este modelo es la situación de sus profesionales. La externalización de servicios públicos y la creciente competencia entre empresas privadas por la gestión de escuelas infantiles han generado un proceso sostenido de precarización laboral que afecta tanto a las condiciones de trabajo de las educadoras como a la calidad del servicio educativo ofrecido a la infancia.
Las educadoras y educadores infantiles, en su inmensa mayoría mujeres, trabajan con salarios que en muchos casos apenas superan el Salario Mínimo Interprofesional (SMI), bajo convenios fragmentados y con condiciones de gran inestabilidad. Esta realidad no solo supone una injusticia laboral, sino que impacta directamente en los niños y niñas: la alta rotación y el desgaste profesional dificultan la creación de vínculos estables, fundamentales en esta etapa del desarrollo. La infravaloración social y económica del trabajo de cuidados y de la educación infantil se traduce aquí en condiciones laborales precarias, reproduciendo esquemas de desigualdad de género.
Al mismo tiempo, la falta de plazas públicas suficientes obliga a muchas mujeres a abandonar o reducir su participación en el mercado laboral, asumiendo la crianza en el ámbito privado. Así, el déficit del sistema educativo se convierte también en un mecanismo de reproducción de desigualdades de género.
La planificación insuficiente ha generado auténticos “desiertos educativos” en zonas rurales, barrios periféricos y nuevos desarrollos urbanos.
En muchos territorios, la adjudicación de la gestión de centros se realiza mediante concursos públicos en los que el factor económico tiene un peso determinante. Esta lógica de reducción de costes puede traducirse en salarios más bajos, una mayor temporalidad en la contratación, plantillas ajustadas al mínimo permitido y una menor inversión en formación. Como consecuencia, las profesionales de la educación infantil, a pesar de desempeñar una labor esencial para el desarrollo cognitivo, emocional y social de los niños y niñas, suelen encontrarse entre los colectivos educativos con menor reconocimiento salarial y profesional. La precariedad también favorece una elevada rotación de personal, incrementa el riesgo de desgaste profesional y dificulta la consolidación de proyectos educativos a largo plazo.
Otra cuestión preocupante en el acceso al 0-3 es que no solo depende de la renta, sino también del territorio. La planificación insuficiente ha generado auténticos “desiertos educativos” en zonas rurales, barrios periféricos y nuevos desarrollos urbanos, donde la ausencia de oferta pública deja el servicio en manos de la iniciativa privada. Esta situación rompe uno de los principios básicos del sistema educativo: la igualdad de oportunidades. En la práctica, el lugar de nacimiento se convierte en un factor determinante del acceso a la educación temprana.
A ello se suma una cuestión que con frecuencia es ignorada: las condiciones de los espacios educativos. Una parte significativa de la oferta privada se ubica en locales adaptados superficialmente, sin condiciones adecuadas de luz, espacio o acceso a entornos naturales. Frente a ello, una red pública fuerte debería garantizar entornos pedagógicos de calidad, incorporando criterios de salud ambiental, arquitectura educativa y bienestar infantil.
Porque educar en la primera infancia no es solo enseñar. Es también construir espacios donde el desarrollo integral sea posible.
La crisis del 0-3 no es únicamente estructural, es también pedagógica. En los últimos años, la incorporación de enfoques propios de etapas superiores ha generado un desplazamiento del sentido educativo de esta etapa. La introducción del lenguaje competencial, la anticipación de aprendizajes instrumentales o la sobrecarga evaluativa responden a una lógica de rendimiento que resulta ajena al desarrollo infantil temprano.
Esta tendencia conduce a una “escolarización precoz” que erosiona la identidad del ciclo 0-3. El juego libre, la exploración sensorial, la construcción del apego y el respeto a los ritmos madurativos pierden peso frente a objetivos medibles y estandarizados. Especialmente preocupante es la separación entre educación y cuidado. En la primera infancia, esta distinción no solo es artificial, sino contraproducente. El aprendizaje se produce en la relación, en el afecto, en el cuerpo. Desvincularlo del cuidado implica empobrecer radicalmente la experiencia educativa. En el 0-3, el cuidado no es un complemento del currículo: es el currículo.
Una red pública para empezar la igualdad desde la cuna
La LOMLOE ha supuesto un avance al reconocer el carácter educativo del primer ciclo. Sin embargo, mantiene la voluntariedad de la etapa, lo que impide garantizar su universalidad y gratuidad como derecho efectivo. A ello se suma la ausencia de un modelo claro de financiación pública directa y la dependencia de decisiones autonómicas, lo que genera importantes desigualdades territoriales.
En la práctica, el marco normativo permite la coexistencia de modelos divergentes, incluyendo aquellos basados en la privatización y el uso de cheques escolares. A ello se suma la falta de una equiparación real de las condiciones laborales del personal educativo, lo que perpetúa la precariedad del sector. El resultado es un reformismo declarativo insuficiente que no logra alterar las dinámicas estructurales del sistema.
Frente a esta situación, no bastan ajustes parciales. Es necesario un cambio de enfoque que sitúe el 0-3 en el centro de la política educativa pública.
Garantizar una educación infantil pública, universal y de calidad es probablemente la política más eficaz para romper la transmisión intergeneracional de la pobreza.
Esto implica reconocer el acceso a la educación infantil como un derecho subjetivo desde el nacimiento, garantizado por una red pública suficiente, gratuita y de gestión directa. Supone también integrar pedagógicamente la etapa 0-6, respetando su especificidad y evitando la fragmentación actual. Del mismo modo, es imprescindible dignificar las condiciones laborales de sus profesionales mediante su incorporación plena al sistema educativo con una remuneración adecuada y digna. Estas medidas no son meras reivindicaciones sectoriales. Son decisiones que determinan la capacidad de una sociedad para construir igualdad de oportunidades desde el inicio.
Garantizar una educación infantil pública, universal y de calidad es probablemente la política más eficaz para romper la transmisión intergeneracional de la pobreza. La evidencia es clara: lo que ocurre en los primeros años de vida condiciona el desarrollo posterior en todos los ámbitos. Sin embargo, el modelo actual sigue delegando una parte decisiva de esta etapa en el mercado, condicionando el acceso a la capacidad económica y de esta manera precarizando sus condiciones de desarrollo.
La paradoja es evidente: mientras las administraciones públicas reconocen cada vez más la importancia estratégica de la educación infantil para promover la equidad, la conciliación familiar y el éxito educativo futuro, las condiciones laborales de quienes sostienen este servicio continúan siendo, en muchos casos, insuficientes. Esta contradicción plantea un debate de fondo sobre el modelo de gestión de las escuelas infantiles y sobre la necesidad de considerar la inversión en personal no como un gasto susceptible de reducción, sino como un elemento central de la calidad educativa.
Por ello, cualquier política orientada a fortalecer la etapa 0-3 debería incorporar medidas destinadas a mejorar la estabilidad laboral, la remuneración, el reconocimiento profesional y las oportunidades de desarrollo de las educadoras y educadores. La evidencia internacional muestra que los sistemas de educación infantil que alcanzan mayores niveles de calidad son aquellos que combinan una financiación suficiente con condiciones laborales dignas, ratios adecuados y una fuerte apuesta por la profesionalización del sector. En consecuencia, garantizar el derecho de la infancia a una educación de calidad exige también garantizar condiciones de trabajo justas para quienes la hacen posible cada día.
Hoy, el clamor del 0-3 ya no puede ser ignorado. El sector no solo se moviliza para visibilizar el problema, sino para exigir medidas concretas: financiación pública directa, co-docencia, reducción de ratios, gratuidad universal y dignificación profesional urgente.
Las movilizaciones han abierto una ventana de oportunidad que interpela directamente a las administraciones públicas y al conjunto de la sociedad. La cuestión es política, porque la igualdad no empieza en primaria, ni en secundaria ni en la universidad: empieza y se decide en las cunas.

