La amabilidad de Sonia Carísimo y Paloma Strubing, impulsoras de la Federación Juntos por la Inclusión de Paraguay, parece no conocer límites. Coorganizadoras ambas del 1er Congreso Iberoamericano sobre Educación Inclusiva como Movimiento Social, al que he asistido en Asunción (Paraguay) del 9 al 11 de abril como parte de la delegación de España, han mostrado tal disposición como anfitrionas que al principio sospeché si en realidad tendrían hermanas gemelas con las que se turnaban durante el día para llegar a todas partes.
¿Cómo si no podría vérselas irse las últimas repartiendo abrazos y organizando la salida en buses, y luego frescas como una rosa por la mañana recibiéndonos con una sonrisa o acarreando bultos de acá para allá, sin que ello les impidiera coordinar al mediodía entrevistas y deliciosas sopas vorí vorí con el increíble equipo de voluntariado de ION?
En el caso concreto de mi familia, nada más aterrizar en Asunción días antes del congreso, Sonia nos recogió con Moisés para llevarnos a almorzar a su casa (¡nuestro primer vorí vorí!). Y en cuanto le mencioné que mi amigo Marcelo Expósito me recomendó el Museo del Barro, allá que nos llevó a visitarlo con su risueña hija Eva pese a tener agendados ese mismo día encuentros y preparativos varios.
La historia de este centro de arte asunceno es ya muy dilatada, pero Marcelo me resaltó la importancia en su actual configuración de la figura de Ticio Escobar, quien desde 1992 concibió el espacio llamado Museo de Arte Indígena a partir de una colección de piezas de esos grupos que había reunido. De este modo, mientras visitábamos el Museo del Barro iba encontrando cada vez más resonancias con la lectura que emprendí poco antes de viajar de esa otra compilación canónica sobre el mundo indígena de Paraguay que Augusto Roa Bastos publicó en 1978 con el título Las culturas condenadas.
Lo inapelable de la expresión escogida se refleja ya en la introducción, donde el literato paraguayo presenta el esfuerzo antropológico de los autores recopilados con tonos fúnebres: “Antes de que la palabra primigenia se desvanezca en el vuelo de sus cenizas, estos hombres de profundo coraje espiritual y científico, de auténtica responsabilidad moral, se hallan empeñados en la tarea de recogerla en el mismo `asiento de sus fogones’” (pp. 19-20).
Pese a la gravedad que semejante denuncia entraña en sí misma, Roa Bastos se cuida mucho de circunscribirla a los cuatro grupos que abarca su recopilación (los Mby’a y los Axe, al este, y los Mak’a y los Nivakle, al oeste). En su lugar, parte de ahí para extender dicha “amenaza de muerte” a amplios sectores de la sociedad paraguaya, apoyándose para ello en las denuncias del jesuita Bartomeu Meliá a raíz de sus estudios sobre el “genocidio de los Axé-Guayakí del Paraguay Oriental”. Y si abundan quienes se escandalizan ante lo que juzgan una tergiversación de los enfoques y procedimiento antropológicos, el propio Meliá (forzado a exiliarse de Paraguay en 1977 por la dictadura de Stroessner) lo achaca a “un doble prejuicio, que es una doble hipocresía” (p. 16)… y que debería resultarnos familiar a quienes defendemos que sin escuela inclusiva no hay educación (ni de hecho sociedad) democrática.
1) El primer prejuicio apela a la “debilidad racial”, por la cual los pueblos indígenas prácticamente nacerían ya con una tara que les abocaría a su paulatina extinción. Tras tres días de congreso, no debería costarnos reemplazar el adjetivo “racial” por cualquiera de las etiquetas (más o menos sofisticadas o descorazonadoras) con que el complejo médico-psiquiátrico-orientador desnorta a niñas, niños y familias desde temprana edad, con especial virulencia hoy allá donde la contrarrevolución supremacista se muestra más descarnada (sí, Patricia, no me olvido de Argentina).
Tras tres días de congreso, tampoco debería costarnos identificar la trampa que tienden quienes exigen a los imputados con dicha “debilidad” continuas piruetas demostrativas de su inocencia. Semejante triquiñuela puede nombrarse de muchas formas (a muchas mujeres quizá les venga a la mente eso del síndrome del impostor), pero a este respecto mi primera propuesta es que la educación inclusiva como movimiento social contrarreste esta primera hipocresía conjurándose contra la “meritocracia” en los términos (centrados en España, eso sí) que plantea Emmanuel Rodríguez en El efecto clase media (p. 248):
La clase media se muestra como el producto de una meritocracia garantizada por el Estado […]. Y aquí importa poco que debajo de esta regla estatal encontremos la habitual chapuza de medios «especiales» (instrumentos corporativos, políticas sesgadas, un Estado de bienestar constitucionalmente segregador, etc.) […]. Lo que importa es que los medios reales de producción de la clase media no aparezcan, sigan ocultos por la luz refulgente del Estado que actúa de forma aparentemente neutral y universal según los criterios de la igualdad jurídica y de la igualdad de oportunidades.
2) El segundo prejuicio lo achaca Meliá a una falsa concepción de las ciencias sociales que personifica aquel antropólogo que, “frente a la tribu indígena, vino, vio y se fue -y escribió generalmente en otra lengua” (p. 16):
…se pueden elaborar conocimientos sobre los procesos de deculturación y de muerte de las parcialidades indígenas, y la ideología dominante permite estos análisis e interpretaciones, porque sabe que de hecho estos datos permanecerán fuera del manejo y de la toma de conciencia que a partir de ellos podría tener el grupo indígena […]. Pero si un historiador o un sociólogo hace un análisis de la desestructuración de una nación, mostrando los mecanismos de dominación política, económica y cultural, se sabe que sus datos corren el peligro de ser divulgados y comprendidos por el pueblo, el que podría entrar en un proceso de toma de conciencia de su realidad y eventualmente llegar a una acción política y social liberadora.
Tras tres días de congreso, no debería costarnos reconocer la implantación del paradigma de la investigación-acción participativa (no hacerlo sería imperdonable para quienes acudimos de España a LATAM a aprenderlo) y su práctica por múltiples agentes (no necesariamente académicos) que, por este medio, “se convierten en discípulos de los etnólogos y etnógrafos de la selva” (p. 20), en palabras de Roa Bastos.
Tras tres días de congreso, tampoco debería costarnos contraponer al triplete denunciado por Meliá aquel con que Carlos Skliar caracteriza a los educadores, a saber, “estar, quedarse y hacer cosas juntos”. Pero a este respecto mi propuesta es que la educación inclusiva como movimiento social contrarreste esta segunda hipocresía abrazando el “peligro de comunicación”, de modo que tanto sus conocimientos como la “acción política y social liberadora” que de ellos pueda emerger desborden las situaciones de discapacidad y el propio campo educativo.
¿Acaso resulta inverosímil este salto entre culturas indígenas e inclusión educativa que esbozo aquí con base en la obra de Roa Bastos? En mi defensa, emularé lo que hacen Nacho Calderón y Tere Rascón en sus libros y llamaré a declarar a mi favor a dos códigos QR. De izquierda a derecha, ellos remiten a sendas propuestas formuladas en el panel “Un movimiento para crear política más allá de las instituciones” por parte de la mexicana Pamela Álvarez (por un “enfoque interseccional” que incluya a “los pueblos originarios” de LATAM) y de la colombiana Marveluz Guerrero sobre el desafío de “entrar al territorio” de “comunidades indígenas” (como la suya en Uribia) para abordar cuestiones de discapacidad a veces incomprendidas.


Sea como sea, no es este el único salto que inspira mis propuestas, pues las que siguen tocan de lleno aquel otro “De la emoción a la acción” que Silvana Corso delineó el sábado 11 en su ponencia. Ahora bien, si hablamos de acción política, la referencia a Hannah Arendt que Carlos Skliar introdujo el viernes 10 (y que luego tuve el placer de comentar con él) me dejó cavilando sobre lo que ella denomina en La condición humana “la triple frustración de la acción”: su imprevisibilidad (no poder predecir su resultado), su irreversibilidad (no poder deshacer lo actuado) y su futilidad (el riesgo de no dejar huella, de pasar desapercibidos).
a) Sobre la primera frustración poco cabe añadir tras escuchar a Skliar asumir “la indeterminación” constitutiva de la acción como oportunidad de construir una bisagra de espacio y tiempo por la que reivindicar “La inclusión como recomienzo”.
En otras palabras, frente al hecho (innegable, sobre todo en LATAM) de que en las instituciones escolares “heredamos una falta absoluta de políticas de nacimiento” el autor argentino (Carlos, corrígeme si no te sigo) proponía que la educación inclusiva como movimiento social cultive una esperanza freireana que permita replicar “Yo multiplico destinos” a quienes pregunten a qué nos dedicamos en ella.
b) Sobre la segunda frustración, la venía rumiando cada vez que escuchaba a familias (sobre todo madres) y profesionales autoflagelarse por la irreversibilidad de sus decisiones educativas (presuntamente) erradas o nunca lo bastante preparadas. Ante ello, en el citado panel “Un movimiento para crear política más allá de las instituciones” me atreví a reformular como propuesta el modo en que Arendt responde a la cuestión: que la educación inclusiva como movimiento social pueda perdonar(se) los errores que surjan de sus procesos, sin sacar demasiado a pasear el dedo acusador sobre el que advertía Silvana Corso.
En este punto, me parece muy oportuno recordar cómo Hannah Arendt subraya que ambas facultades se combinan en la medida en que el perdón “sirve para deshacer los actos del pasado” y la esperanza (la “promesa”, para la alemana) “sirve para establecer en el océano de inseguridad, que es el futuro por definición, islas de seguridad” (pp. 256-257).
c) Sobre la tercera frustración, tras tres días de congreso no debería costarnos reconocer que tanto la propia concepción activista del evento en torno a las narrativas emergentes como su esmerada metodología participativa predisponían ya para construir frente a ella una respuesta virtuosamente política, en el sentido clásico que recoge Arendt: “La polis, propiamente hablando, […] es la organización de la gente tal como surge de actuar y hablar juntos” (p. 221).
Y tras tres días de congreso, tampoco debería costarnos encarar el temor a cómo seguir el lunes 12 (que Gaby Wood de ION resumió con su “¡No quiero que el congreso se acabe!”) con el auspicio que leemos en La condición humana «A cualquier parte que vayas, serás una polis». A este respecto mi última propuesta es que la educación inclusiva como movimiento social conjure las dudas sobre la perdurabilidad de sus empeños abrazando la política como «recuerdo organizado». La misma Gaby resumió esta idea en una emotiva intervención que rescato en este QR.

A la luz de lo anterior, vuelvo ahora al barro primigenio para rescatar un recuerdo esperanzador cuya organización debe mucho, como el museo citado, a Ticio Escobar. En efecto, a medida que iba leyendo Las culturas condenadas, me acordaba de que, tras la de 1978, esta obra conoció en 2011 una reedición promovida por el Ministerio de Cultura paraguayo. Como responsable del mismo, Ticio Escobar incorporó a ella un prólogo donde constata la emergencia en las décadas transcurridas de ciertas islas de seguridad en medio de lo que Roa Bastos denominara en 1978 “el vasto réquiem que se eleva como un trémolo funerario de las culturas condenadas” (pp. 14-15):
A finales de la década del 70 -cuando este libro fue escrito- se pensaba, con razones firmes, que la expansión avasallante de la cultura hegemónica arrasaría inexorablemente con todo rastro de identidad disidente. Es posible que el justificado desaliento de algunos visionarios, como Roa, haya servido de alerta para cautelar los retazos de sueño que sobreviven porfiadamente a contramano o al margen de los modelos dominantes. Es seguro que las duras advertencias que levanta Las culturas condenadas -sumadas a otras voces de alarma y denuncia, a otros reclamos de organizaciones indígenas y de la sociedad nacional, a tímidas iniciativas del Estado- hayan logrado detener, o al menos retrasar, el exterminio de pueblos que siguen pensando y hablando, creando y creyendo de manera propia.
P.D.: Muerte física y muerte cultural; investigación embalsamadora o salvaje; debilidad congénita e igualitarismo radical; conocimiento segregado(r) y peligro de comunicación; indeterminación y esperanza; error y perdón; futilidad y memorias que cuentan mucho; y especialmente políticas (y condenas) de nacimiento en América Latina e inclusión como re-nacimiento.
Lo confieso: seguramente nunca habría reunido estas ideas de no haber mediado una última experiencia (ya ajena al congreso) en la polis asuncena de la mano una vez más de Ticio Escobar. Así, en mi intento por conocerle antes de que regresar a Málaga, Ticio me comunicó (a través de Lía Colombino) que, a pocos metros del Centro Cultural del Puerto y colindante con el Palacio de Gobierno de Paraguay, la Plaza de los Desaparecidos acogería el sábado 11 por la tarde una concentración de “Memoria Viva” en recuerdo del 50º aniversario de la llamada “Pascua Dolorosa” de Paraguay en 1976.
Allí me acerqué y, a medida que preguntaba, escuchaba música (¡con reparto de cancioneros!) y observaba los documentos y proyecciones audiovisuales, me percaté de que quienes iban llegando a la plaza (gente de todas las edades, aunque destacaban numerosos mayores que venían del brazo de atentos chavales de su familia) combinaban la alegría del reencuentro con la solemnidad de la conmemoración. Poco a poco averigüé que la “Pascua Dolorosa” fue uno de los peores episodios de asesinatos, torturas y desapariciones forzadas en el marco de la participación de la dictadura paraguaya de la época en el terrorismo de Estado regional denominado “Operación Cóndor”.
Pero entre todos los atropellos, sin duda el más referido por quienes desfilaron frente al micrófono fue el asalto policial del 5 de abril de 1976 a la casa de los maestros rurales Mario Schaerer Prono y su esposa (embarazada de 7 meses) Guillermina Kanonikoff dentro de una operación contra dirigentes de movimientos religiosos, políticos y militares opuestos al régimen de Stroessner. A las pocas horas de su detención y tortura, Mario acabó asesinado y Guillermina detenida sin cargos en el Penal de Emboscada, donde nacería y pasaría un año y medio su hijo.
Ya había caído la noche cuando se anunció una última palabra y, para mi sorpresa, le dieron paso a un hombre que durante toda la tarde había desentonado sentado junto a camaradas mucho mayores que él… Realizada su presentación, me puse a echar cuentas mentalmente y me entró tal escalofrío que decidí buscar donde sentarme a escucharle.
¡Era Manuel Schaerer Kanonnikoff, el bebé que Guillermina alumbró en la cárcel y que ahora rozaba los 50 años de la “Pascua Dolorosa”!
Con toda su serenidad, a Manuel por momentos le faltaban las palabras, pero tampoco las necesitaba para conmovernos a todos: un hombre maduro sollozando en pie por un padre que jamás conoció y una madre de cuyo cautiverio apenas nada podía contar es el testimonio más inverosímilmente radical de cómo el recuerdo organizado hace que la acción política renazca hasta de las más funestas políticas de nacimiento (de hecho, madre e hijo lograron en 1999 la pionera condena como Crimen de Lesa Humanidad del “caso Mario Schaerer Prono”) y logra que su huella perdure hasta en este malagueño que apareció por casualidad por la Plaza de los Desaparecidos y ahora ya también los tiene presentes.

