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Hace unas semanas la OCDE alertaba de las horas de uso que hacen los jóvenes de 15 años de internet. El titular era fácil: el 70% de las chicas y los chicos que habían realizado la prueba PISA de 2015 asegura que se sentía muy mal cuando no tenía conexión.

Al mismo tiempo, y en el mismo estudio, otro dato saltaba a los titulares: alrededor del 20% de estos jóvenes pueden llegar a pasar hastas 6 horas navegando un día entre semana, después de las horas de clase.

Un debate que se repite cíclicamente: la preocupación del mundo adulto alrededor del uso que hacen los menores de las pantallas. Específicamente las que están conectadas a Internet. Eso sí, todo el mundo conoce madres y padres que le dan a sus bebés el móvil antes de los dos años para que se entretengan mirando dibujos o jugando a alguno de los juegos.

“Me gustaría no estigmatizar a los jóvenes. Si nos fijamos en el tiempo que los adultos utilizamos las tecnologías son muy altos, más aún en el ámbito laboral”. Jordi Jubany, es maestro y antropólogo, además de un defensor de la tecnología, de la digitalización, pero siempre teniendo en mente una cosa clara: “Necesitamos una reflexión sobre lo que hacemos y cómo lo hacemos con las nuevas tecnologías”. También es autor del libro ¿Hiperconectados? Educarnos en un mundo digital.

Qué hacemos en Internet, como en tantas otras facetas de la vida, es la clave. La red “supone oportunidades y riesgos, pero lo importante es que chicas y chicos estén acompañados; desde muy niños. Acompañamiento desde el minuto uno”. Así lo ve Liliana Arroyo, socióloga y experta en tecnología.

Hace unos días se celebró en el Congreso de los Diputados una jornada organizada por OCTA (Observatorio de Contenidos Televisivos y Audiovisuales) en la que se habló del uso de las pantallas por parte de los jóvenes. Una de sus portavoces explicaba el momento en el que chicas y chicos invitados a la sesión hablaron del modo en el que sus padres y madres se pasan el día mirando también en internet. Estos jóvenes les reclamaban a sus progenitores que soltaran sus móviles también.

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Está claro que la Red forma parte indisoluble ya de nuestra sociedad y que el nivel de conexión de jóvenes y de adultos es muy algo, dentro y fuera del trabajo y de la escuela.

“Le pedimos a chicas y chicos, dice Liliana Arroyo, una fuerza de voluntad en el consumo de internet que los adultos no tenemos”. Entiende esta experta, además, que los datos de PISA sobre la preocupación de los jóvenes cuando no están conectados, o de las muchas horas que pueden llegar a pasar conectados, que son preocupantes pero no tanto por la propia internet. “También lo sería si estuvieran seis horas tocando la trompeta”.

La clave del asunto, para Arroyo, es que “los datos en realidad son relativamente preocupantes porque muestran la falta de acompañamiento”.

Construir el conocimiento

Desde el momento en el que el mundo quedó dividido entre nativos e inmigrantes digitales, cayó una especie de losa entre los adultos, que en no pocos momentos han dado de mano ante sus hijas e hijos cuando ve con qué agilidad y facilidad usan la red.

“Los adultos no sabemos bien cómo funciona. Nuestros hijos son tan hábiles instrumentalmente que nos paraliza”, opina Arroyo.

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Y superada de alguna manera la dificultad de uso instrumental, empieza la parte más complicada y más importante: civismo, límites, “tomar conciencia”.

“Internet es como una ciudad”, ejemplifica Liliana Arroyo. Igual que a nadie se le ocurre dejar a una niña de 6 años sola en la calle de una ciudad, no parece lo más correcto dejar que a esas edades anden solos por internet, explica.

En la educación en la familia está el quid de la cuestión. “Compartiendo experiencias entre mayores y menores para construir el criterio”, dice Jubany que continúa: “Acompañarlos para no sean huérfanos digitales que saben utilizar las herramientas pero no comprenden las implicaciones que conllevan”. “Hay pocos padres que acompañen”, en opinión de Liliana Arroyo.

En qué lo usamos

El debate puede convertirse en eterno si pensamos en qué uso le dan los jóvenes a las redes. Sobre todo cuando, como comenta Arroyo, chicas y chicos no conectan y desconectan, simplemente están conectados. Sus vidas no tienen un dentro y un fuera de la red.

“Nosotros teníamos el módem y ellos tienen internet en el aire”, así lo ejemplifica. Mientras que hace 15 o 20 años teníamos que elegir entre usar el teléfono fijo o conectarnos a la red, ahora lo tienes metido en el bolsillo todo el día.

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Entre los datos de PISA destaca el que ellas tienen más preocupación por sentirse desconectadas de la red. Va en línea con el no separar online de offline. Sufren lo que Liliana Arroyo llama FOMO, fear of missing out, miedo a quedarse fuera. En una socialización más centrada en lo relacional, internet y las redes sociales están jugando un papel preponderante. Y genera esta tensión de, si no estás conectado constantemente te estás perdiendo algo.

Pero no solo hay que pensar que internet o las redes sociales son utilizadas para chatear, ver vídeos de gatos en YouTube o para jugar a videojuegos.

El uso educativo que hacen chicas y chicos de la Red está más que claro. Es evidente. Además, explica Jubany “estar en Facebook un determinado tiempo no nos indica si el joven está matando el tiempo porque se siente sólo o si está colaborando con una entidad del barrio en la preparación de un evento de su comunidad educativa”.

Una idea a la que podría sumarse a toma de conciencia previa a la conexión, para no perder horas y horas haciendo nada, saltando de un lugar a otro de la red. Arroyo cree que es importante “tomar conciencia de lo que hacemos y de lo que dejamos de hacer con respecto a Internet”. Dibujar una especie de “higiene digital” previa al uso, pensando en qué voy a hacer en internet, cuándo y cómo.

En cualquier caso, cree esta socióloga, que falta mucho conocimiento alrededor de qué hacen los jóvenes en la red. “Pueden decir que chatean o que juegan, pero no solo…”. Cree, además, que faltan antropólogos que estudien qué hacen los adolescentes en Internet.

¿Y la escuela?

Está más que claro que no es el papel exclusivo de los centros el educar sobre el uso de internet, entre otras cosas porque cada vez más pronto las familias acercan a los niños y niñas a los móviles y las tablets para que se entretengan.

Pero todo lo anterior han de tenerlo presente maestras y maestros. Para Liliana Arroyo es necesaria una alfabetización, aunque no por una asignatura ad hoc. “Nos enseñan a leer y a escribir con una asignatura”. Hoy, entiende ella, la alfabetización, además de aprender la lectura y la escritura, ha de pasar por aprender a usar internet.

Para Jubany, además, internet abre una gran cantidad de posibilidades en dirección a la escuela, al aprendizaje. “ Las TIC nos facilitan el acceso a contenidos, pero también la construcción de conocimiento y la divulgación, gracias a la creatividad, la participación y la comunicación”.

Pero además del uso de la tecnología como herramienta con la que aprender y del aprendizaje basado en el uso con criterio, queda, como explica Jubany, “trabajar la creación de la identidad digital”, es decir, lo relativo a la privacidad, la seguridad y el comportamiento crítico.

Con esto es posible hacer frente a situaciones como “el ciberbullying, el sexting o el fenómeno de la ballena azul”. Con esto y con lo que Liliana Arroyo señala, “poner civismo” en el uso de la Red. “Hay que hacer nuevos pactos sociales” y “educar el espíritu crítico”.

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