Al principio nadie habla. Están sentados en el local de la Asociación Barró, en Ciudad Lineal, un poco tiesos, como si en lugar de una conversación les esperase un examen. “Están muy serios porque están un poco asustados”, bromea Elia, una de las educadoras de la entidad. Pero en cuanto se empieza a hablar de pupusas, de tortilla de patata y de un encuentro deportivo que acabó casi a las once y media de la noche, el hielo se rompe. Y lo que sale es el balance de un año de trabajo en el que estos chicos y chicas han pasado de mirar su barrio a intentar cambiarlo.
Es el proyecto Somos barrio, somos mundo, que Educo ha desarrollado junto a Barró desde mediados de octubre de 2025 y durante todo el curso escolar, con financiación del Ayuntamiento de Madrid. Unos 600 niños, niñas y adolescentes de ocho centros educativos de Vallecas y Ciudad Lineal, además de chavales vinculados a la propia asociación, han participado en actividades organizadas en grupos.
Escuchar primero
El enfoque, explica Victoria de Arana, técnica de Educo, es el de la ciudadanía global: trabajar problemáticas como la multiculturalidad o la convivencia y ver cómo se reflejan en los barrios. La idea es dar protagonismo a la infancia, escucharla de verdad y ofrecerle herramientas para influir en un entorno que le afecta directamente. Que se sientan orgullosos de dónde viven, que se cuestionen lo establecido y que se vean a sí mismos como agentes de cambio. Más que presentar peticiones formales, se trata de salir a la calle, sentirse escuchados y tejer una red de apoyo mutuo con las vecinas y vecinos.
Por eso todo empezó con un mapa. En una cartulina, cada grupo dibujó la silueta de su distrito y fue colocando pegatinas: verdes para las zonas tranquilas, amarillas para las algo peligrosas y rojas para las que lo son. “Había varios puntos rojos”, reconoce Héctor, uno de los participantes. Lo que más sorprende es dónde estaban: en los parques. Quintana, Ascao, la zona de Ventas. “Más que nada por los adolescentes, por el tema de las bandas, si roban por la noche…”, comenta Dulce, sentada junto a su compañero. “Ahora no está como antes, antes era mucho peor. Casi nadie bajaba ahí, también por los borrachos”.
De aquel análisis salieron las preocupaciones que el grupo quería poner sobre la mesa: la seguridad en las calles, la falta de limpieza, el ocio privatizado y la sensación de que, por ser adolescentes, apenas pueden decidir nada.
Un torneo que se les fue de las manos (para bien)
Con el diagnóstico hecho tocaba pasar a la acción. Se les planteó la posibilidad de organizar algún tipo de actividad entre todos. Los chavales de Ciudad Lineal, que, explica De Arana, hicieron suyo el proyecto, querían un concierto de rap y un torneo deportivo, todo junto. El concierto se cayó: elegir artistas y letras resultó más complicado de lo previsto. Pero el torneo salió adelante, con fútbol y vóley en las canchas de La Elipa, bajo el lema del deporte contra el racismo.
Lo idearon ellos: qué deportes se jugarían, a qué hora, cómo organizarse en el caso de que vinieron niños y niñas pequeñas. Incluso elaboraron un mapa de riesgos. “Hicimos una lista de cosas que podían pasar, si venía gente a intentar fastidiar el torneo, para saber qué hacer”, cuenta Nuria, otra de las participantes. “Lo bueno es que salió todo bien y no hubo problema”.
Lo que no esperaba nadie es que la convocatoria, difundida por redes sociales, llegara hasta otros distritos lejanos de la ciudad como Carabanchel y Usera. Aparecieron chicos y chicas de otros barrios y de edades muy distintas. Explican las trabajadoras de Barró que crearon un formulario para que la gente se fuera apuntando y así supieron cuánta gente esperar y de qué edades.
¿Cómo lo gestionaron el desborde? “Pues los acogimos normal, como si fueran del barrio”, resume Nuria. “Se mezclaron, se conocieron, y acabó bastante bien”. Tan bien que el horario, que también decidieron ellos, se estiró hasta pasadas las once de la noche, con algún partido final en el que los ánimos se calentaron más de la cuenta.
En el buzón de sugerencias que repartieron ese día, la petición más repetida fue otro torneo. “Veían una alternativa de ocio gratuita, saludable y que junta a la gente del barrio, sea de donde sea”, explica Elia Benavent.

Madrid – El Salvador, más cerca de lo que parece
La otra experiencia que más ha marcado al grupo fue el intercambio con dos adolescentes líderes comunitarios de El Salvador, una chica y un chico. Primero hubo encuentros por videollamada y después vinieron en persona. “Al principio todos estábamos expectantes, callados, porque era algo nuevo”, recuerda Héctor. “Pero según iban las preguntas se fue rompiendo el hielo”.
Hubo dinámicas, conversación y, sobre todo, merienda compartida: pupusas salvadoreñas (“una tortilla que por dentro puede llevar chicharrón, frijoles o queso”, detalla con precisión Dulce) frente a tortilla de patata y gazpacho. Según Elia, algunos tenían una imagen de El Salvador muy distorsionada, casi de película. Al contarse su día a día descubrieron que tenían mucho en común. Hasta en lo más cotidiano: una de las participantes descubrió que la chica salvadoreña también compraba en la misma tienda online que ella.
Radio, migraciones y universidad
El proyecto ha tenido muchas más patas. En Vallecas, jóvenes de Barró sacaron las actividades a la calle con dinámicas para dialogar con el vecindario sobre convivencia, diversidad y justicia social: un dado gigante con preguntas sobre los problemas del barrio y un mapa del mundo donde la gente señalaba qué lugares del planeta le preocupan. Los propios chavales grabaron entrevistas para un podcast y participaron en un programa especial de Radio Vallekas. “Entrevistar a gente es difícil”, admite Nuria, quien participó en el podcast de Ciudad Lineal.
También se elaboraron materiales audiovisuales a partir de testimonios de jóvenes migrantes, garantizando su protección, para trabajar en las aulas. Y 45 estudiantes de la Universidad Complutense de Madrid, futuros profesionales de la educación, diseñaron y pusieron en marcha proyectos de aprendizaje-servicio sobre diversidad y participación que llegaron a más de un centenar de personas.
Un grupo más unido
Más allá de las actividades, Elia destaca algo que no figuraba como objetivo: la cohesión. “He visto cómo perfiles que no encajaban en el grupo, al sentirse libres para hablar de su barrio, tenían mucha más información y no tenían miedo a equivocarse. Saben lo que viven al bajar de casa”. Ellos lo confirman a su manera, con un “sí, sí” algo tímido.
¿Repetirían? La respuesta es unánime. Una de las chicas lo tiene claro: le gustaría que volviera a venir gente “de otro lado” para seguir conociendo a más personas. Y el concierto de rap sigue pendiente.
Este proyecto se cierra, pero no el trabajo cotidiano que tanto Educo como Barró desarrollan con estas chicas y chicos en los barrios.

