Aula

Guadalupe Jover

El insoportable peso de las rutinas escolares Guadalupe Jover

Hay rutinas que solo se mantienen por el peso de la tradición. Es el caso de una enseñanza de la gramática reducida al etiquetado y la clasificación de palabras y oraciones. Por más que el tradicional análisis sintáctico no contribuya a mejorar la competencia comunicativa del alumnado sigue ocupando gran parte del tiempo escolar. ¿Hasta cuándo?

Guadalupe Jover

23/5/2017

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Fotografía: Markus Spiske CC0 / Pixabay

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Cuenta Eduardo Galeano en El libro de los abrazos que, cuando Sixto Martínez hacía el servicio militar en un Sevilla, siempre había un soldado de guardia junto a un banco del patio del cuartel. ¿Por qué? Nadie era capaz de dar una explicación; así se había hecho siempre. Los oficiales daban la orden y los soldados obedecían. Solo al cabo de muchos años a alguien se le ocurrió indagar hasta dar con la orden original: «Hacía treinta y un años, dos meses y cuatro días, un oficial había mandado montar guardia junto al banquito, que estaba recién pintado, para que a nadie se le ocurriera sentarse sobre pintura fresca.»

Cualquier docente medianamente crítico podrá enumerar de manera inmediata algunas de las muchas rutinas vigentes en las aulas a las que no se ve hoy sentido alguno; órdenes más o menos explícitas que se siguen transmitiendo y ejecutando sin rechistar.

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¿Cuál es el porqué y el para qué de una práctica que consume un tiempo infinito en los centros de Primaria y Secundaria, monótona y repetitiva, caprichosa y acientífica, y que se ha revelado absolutamente estéril? Me refiero a la memorización y repetición de conceptos gramaticales y al inextricable análisis sintáctico de frases desconextualizadas y absurdas. ¿En qué contribuye a la mejora de las destrezas comunicativas de los estudiantes llenar la pizarra de cajas y etiquetas, asumiendo unas convenciones que tal vez cambien con la nueva edición de la Gramática académica -la última desmonta muchísimas de las arraigadas en la tradición escolar- o asignar rótulos inequívocos a construcciones ante las que ni siquiera avezados filólogos se pondrían de acuerdo?

Vaya por delante que la reflexión gramatical, el conocimiento metalingüístico que nos permite observar la lengua a una cierta distancia, es un aprendizaje esencial. Es un saber del que echamos mano al revisar los propios textos -pues nos ayuda no solo identificar los errores sino a precisar su naturaleza y proponer soluciones-, que nos resulta útil en el aprendizaje de segundas y terceras lenguas, y que nos permite «sostener» en el aire nuestras producciones orales: nuestra mente se anticipa a nuestra voz y procuramos respetar la concordancia con el sustantivo que quedó atrás en el discurso, mantener la consecutio temporum de los verbos o controlar que la oración que arrancamos con una subordinada se cierre con la proposición principal. La reflexión metalingüística es la que nos pone en condiciones -o debiera hacerlo- de ajustar nuestras palabras a nuestra intención comunicativa y de proceder a una lectura crítica de enunciados ajenos (al contrastar, por ejemplo, dos titulares de periódico con intenciones comunicativas antagónicas).

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A nada de esto contribuyen las clases de gramática dominantes en las aulas. Rara vez se invita a chicas y chicos a la reflexión sobre los propios usos, cuando lo cierto es que todos tenemos un caudal inmenso del que echar mano. Rara vez se favorece la reflexión interlingüística entre las distintas lenguas que conoce el alumnado. Rara vez se pide a los estudiantes que comparen enunciados, aventuren hipótesis, dialoguen entre ellos… Se les exige que memoricen un algoritmo y que lo apliquen. Poco más.

El origen de estas prácticas es bien conocido. El afán de la Lingüística de legitimarse como disciplina científica llevó a priorizar la descripción del sistema abstracto de la lengua por encima del análisis del habla de las personas, de los usos comunicativos reales y contextualizados. Eran los años 60 del siglo pasado y los tiempos de gloria del estructuralismo y el generativismo. Pero de entonces aquí ha llovido. Y no solo porque décadas ya de investigación didáctica atestigüen que el estudio del sistema formal de la lengua tal y como se viene haciendo en las aulas en nada contribuye a la mejora de las capacidades expresivas y comprensivas del alumnado. Es que además las nuevas disciplinas lingüísticas como la Pragmática, la Sociolingüística o el Análisis del discurso, orientadas al fin al estudio de los usos lingüísticos, a lo que las personas hacemos con las palabras, tienen mucho que aportar a la formación de hablantes competentes y críticos. ¿Por qué, entonces, la insólita pervivencia de la «vieja gramática» en el sistema educativo español, hasta el punto de que el análisis sintáctico acaba siendo una de las llaves que da acceso (o no) al título de Secundaria y Bachillerato, la llave de acceso incluso a la carrera que un joven o una joven desea cursar?

Puede aducirse que es porque lo dice el currículo, pero esta es solo una verdad a medias. Durante los años de vigencia de la LOE, y pese a la sobreabundancia en ella de contenidos gramaticales, estos habían de evaluarse exclusivamente en función de su contribución a la detección de problemas de comprensión y expresión oral y escrita. Pero las pizarras y los exámenes siguieron llenándose de cajas.

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Puede aducirse también que porque lo piden en Selectividad. Es cierto que cuando un docente se ve en la tesitura de poner en condiciones o no a su alumnado de acceder a los estudios de sus sueños, aun a costa de estafarle un tiempo preciosísimo con unos aprendizajes que no tienen ningún valor de uso en sus intercambios comunicativos pero si un inmenso valor de trueque en el mercado educativo, no tiene más alternativa que claudicar o retirarse. Pero son mayoría aún quienes no lo discuten y cuya mayor preocupación es conocer de primera mano las instrucciones dictadas por el coordinador de la Universidad de turno. Resulta inexplicable el poder absoluto conferido en muchas comunidades a quien apenas tiene contacto alguno con la educación secundaria más allá del ritual de la reunión anual. Y como para esquivar los problemas lo más socorrido es perpetuar las rutinas, seguiremos dedicando una infinidad de horas al análisis sintáctico en bachillerato porque lo piden en la PAU -ahora EvAU-; en la ESO porque lo piden en el bachillerato; y en Primaria porque lo necesitarán en Secundaria.

Una tercera razón suele aducirse. Aquello que se exige a los futuros docentes en las pruebas de acceso al ejercicio de la profesión es interiorizado por estos como una saber indispensable que han de transmitir a su alumnado. Causa estupefacción ver a futuras maestras y maestros de Primaria rompiéndose la cabeza con los valores del «se» en centones de oraciones, y pánico imaginar que algunos de ellos pudieran luego trasladar a sus aulas este formidable sinsentido.

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Pero probablemente la razón última de la pervivencia de esta rutina escolar es mucho más desoladora. El análisis sintáctico da prestigio. Posee el aura de un cierto cientificismo, un lenguaje abstruso y una gran complejidad. Crea la ilusión de «calidad» en el aprendizaje: cuanto más larga y complicada sea la oración, más «nivel» tiene la clase; más competencia el docente.

El análisis sintáctico refuerza la zona de confort del profesorado. No hay necesidad de ponerse al día; de estudiar, de formarse. No hay tampoco mechas que prender ni contextos que crear para suscitar el deseo de aprender. Basta un encerado y una tiza y da igual que en la clase haya ocho que ochenta estudiantes: frase, solución, corrección. Sonrisa condescendiente ante el error mil veces repetido. Guiño cómplice al intercalar una referencia irónica a la actualidad.

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El análisis sintáctico crea además el espejismo de asepsia y justicia en la evaluación. Revisar y mejorar un texto escrito es complejo y delicado: requiere un diálogo cara a cara entre experto y aprendiz. Diseñar secuencias didácticas que estimulen la reflexión metalingüística y el diálogo entre los estudiantes, y calibrar luego en qué medida ese trabajo ha redundado en una mejora de los usos lingüísticos requiere, qué duda cabe, de otras herramientas de evaluación. La sintaxis en cambio se corrige con calculadora. Y hasta puede expresarse en decimales. La pregunta esencial
es qué diablos estamos evaluando.

Y entiéndaseme bien: no estoy proponiendo la eliminación de la reflexión sobre la lengua en la educación primaria y secundaria. Lo que defiendo es la necesidad de repensarla a fin de orientarla a los usos lingüísticos reales, a aquello que las personas hacemos con las palabras: informar o manipular, persuadir o seducir, elogiar o halagar, discrepar o zaherir. En caso contrario, lo de menos es que nuestro alumnado no aprenda nada verdaderamente relevante y dilapide un tiempo que podría ser enormemente fecundo si se dedicara a otros quehaceres. Lo verdaderamente inquietante es que chicas y chicos aprenden a ser fieles ejecutores de órdenes por cuyo sentido ni siquiera se preguntan. Como tantos docentes.
Guadalupe Jover es profesora de Educación Secundaria.

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Comentarios

  • vicenta

    Genial artículo!
    No soy filologa. «Solo» soy madre de alumnos de secundaria… y llevo años pensando el absoluto sinsentido que es la asignatura de lengua en este pais (que no es Lengua sino mas exactamente filología) y el total despilfarro de tiempo memorizando «convenciones» : porque mucho de lo que estudian mis hijos difiere de lo que yo estudie en EGB y BUP
    Y luego los adolescentes españoles suspenden en comprensión lectora… ¡con infinitas horas de «filologia» a las espaldas!
    ¿Por que no LEEN y hacen comentarios de texto?
    ¿Por que no escuchan y HABLAN y aprenden oratoria y debate?
    ¿Porque no aprenden a REDACTAR?
    Porque el tiempo, como los presupuestos, es escaso y las horas que dedican a estas cosas sin sentido no las dedican a cosas esenciales para construir un buen ciudadano. ¿O no es ese el objetivo de la educación obligatoria?
    Y, sin embargo, aquí están nuestros hijos: estudiando Hiponimos e Hiperonimos, Complemento Predicativo y Complemento Referente (o es Referencial?… ya no me acuerdo),
    Y, si, los mil usos de los pronombres átonos
    ARRRGGG!!!

    31/05/2017
  • Manuel

    Magnífica y necesaria reflexión. Extrapolable, más allá del campo de la sintaxis, del aula y de la escuela. Parece que vivimos tiempos de bajar cabeza y asumir «verdades y normás incontestastables» sin una mínima recapacitación de las mismas. Asumidas por gran parte de los chavales, del profesorado… y desde luego, de la sociedad en su conjunto.

    24/05/2017
  • Diego

    Yo soy de los de los que se rompen la cabeza con los valores del «se» y sí, absolutamente de acuerdo contigo.

    24/05/2017
  • Antonio

    Este artículo no tiene ningún sentido. La sintaxis es importantísima, y de acientífica no tiene nada. Otra cosa es que en filología hispánica discutan sobre el sexo de los ángeles y después den mal la sintaxis, una sintaxis «idealista» llena de nombres innecesarios, en vez de una sintaxis objetiva y de lo que hay.

    La sintaxis, al fin y al cabo, está en nuestro cerebro (más si nos adentramos en la comparación de sintaxis profunda y sintaxis superficial), no es una convención de nombres sin sentido -por lo menos fuera del mundo de la filología hispánica, que cree que crea cosas de la nada a partir de crear nuevos nombres- y comprendiendo bien la sintaxis tenemos un mayor acceso al estudio activo de otras lenguas, ya que la(s) nuestra(s) la adquirimos de forma pasiva.

    Lo más gracioso de este artículo es que se ponga la lingüística y la sintaxis de «acientíficas» y después se ponga en un pedestal la pragmática y la sociolingüística, que pecan de ser bastante subjetivas, o el intento de «des-empirizar» la lingüística alegando que estudia «la lengua» y no «el habla», lo cual es sencillamente ridículo porque -quizá esto en filología hispánica y su adoración a la norma no lo entiendan, pero los de otras filologías sí solemos- el estudio de la lengua se basa en sus muestras en marcha (sea oral, escrito, texto más literario, más coloquial, hay muchas formas de poner la lengua en marcha), no en un código abstracto.

    23/05/2017
  • Flora Rueda

    Enhorabuena por el artículo. Claro, indiscutible, brillante.

    23/05/2017

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