Convivencia y educación en valores

Deberes, derechos y verano

La infancia tiene derecho al descanso, al esparcimiento, al juego, las actividades recreativas. El verano es un buen momento para hacer algunas actividades imposibles el resto del año. Os damos algunas ideas.

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Foto: Pixabay

No veo claro eso de que los niños y niñas tengan que hacer deberes en verano, me contaba una amiga.

Yo era un padre convencido y militante antideberes y resulta que este agosto mis hijas me pidieron cuadernos de vacaciones y se lo pasaron muy bien rellenándolos, me cuenta otro.

Pues yo sí lo tengo clarísimo. Algunas tareas deberían ser casi de «obligado cumplimiento»: se trata sobretodo de las experiencias que son oportunidades educativas vitales fuera del tiempo escolar, placenteras y deseadas, pero frecuentemente demandantes de esfuerzo.

Hay que sumergirse en ellas sin excusas, sin concesiones a la pereza, sin miedo a caerse, a mancharse, a despeinarse. El verano es muy largo, con tiempo para todo.

Por ejemplo, aquí van a modo de check-list 20 deberes de vacaciones con sus pequeñas coartadas pedagógicas, por si las necesitamos:

  1. Subirse a un árbol: mejora la motricidad y la concentración. Los algarrobos y las higueras son muy agradecidos de subir. ¡Tampoco hace falta subirse a lo alto de la copa!
  2. Hacer una cabaña con techo (no sirve un corralito) usando cuerdas, piedras, rama, tal vez telas…: mejora la orientación espacial, la fuerza muscular, la coordinación de movimientos.
  3. Dormir al aire libre o al menos dentro de la cabaña, bien aislados de la humedad del suelo y protegidos con mantas o sacos de dormir: educa la capacidad de prever, superar miedos, organizarse.
  4. Recoger hierbas aromáticas y hacer colonia, vinagretas o infusiones: mejora los sentidos, se aprenden los nombres de las plantas y se ejercita la paciencia.
  5. Poner la mesa con estilo y armonía y luego retirarla: mejora la orientación espacial, el sentido de la estética y la responsabilidad.
  6. Luchar con piñas: un juego lo suficientemente agresivo y divertido, que mejora la puntería y exige bastante autocontrol.
  7. Pescar renacuajos o ranas en una balsa, con la ayuda de un cazamariposas o similar: mejora la observación, los reflejos y la motricidad fina (bueno, esto depende del pescador). Tampoco hace falta torturar los animalitos: se observan un rato y luego se dejan en libertad.
  8. Pisar la hierba descalzos: mejora la circulación, el sentido del tacto y la atención, porque hay que tener cuidado de no clavarse una ramita puntiaguda o una piedrecita.
  9. Hacerse la cama: mejora muchas cosas, pero sobretodo las caras de felicidad que ponen la madre y el padre, cosa que también es importante y necesaria en verano.
  10. Bañarse en un lago o en un río con piedrecitas, bichitos, algas, agua helada, la posibilidad de una culebra… Nada que ver con la piscina: ¡Todo un ejercicio de superación personal!
  11. Leer un libro porque sí, porque gusta, tumbado bajo un pino, espachurrado en un sofá, sentado en un columpio: mejora la imaginación, el lenguaje y la atención.
  12. Curarse uno mismo después de arañarse las rodillas: limpiarse la herida, ponerse un desinfectante, una tirita y seguir corriendo: mejora la autonomía y el optimismo.
  13. Salir por la noche con una linterna a cazar sorpresas: los ojos brillantes de un gato, una luciérnaga, un sapo… mejora la vista y ayuda a superar el miedo a la oscuridad.
  14. Aprender un juego de cartas en los que se pierde, se gana, se suman o restan puntos, hay estrategia o hay pura suerte… Madura las relaciones personales, la tolerancia a la frustración, la memoria.
  15. Dedicar un tiempo a rellenar un cuaderno de vacaciones: ¿Por qué no? Son bonitos, dan ideas, estimulan la memoria, fortalecen la concentración.
  16. Hacer la compra, al menos, algún día, en lugar del padre o la madre. Estimula el cálculo, la responsabilidad, las buenas maneras…
  17. Escribir una carta como las de antes, con buena letra, sin faltas ni tachones (habrá que hacer un borrador antes), con dibujos, metiéndola en un sobre, pegando un sello, buscando un buzón para enviarla… pensando en la persona que la va a recibir. Estimula la empatía, la buena letra, la ortografía, la paciencia, la amabilidad.
  18. Modelar objetos con barro del campo -¡nada de plastilina!- recogiendo la tierra arcillosa, filtrándola, mezclándola con agua, amasándola al punto. Mejora la observación, la motricidad, la expresión artística.
  19. Levantarse muy prontito para ver la salida del sol, grabar un vídeo del momento… Mejora la conexión con la naturaleza, la observación.
  20. Observar en silencio -¡esto es muy importante!-, el cielo estrellado, las fases de la luna, identificar constelaciones, ver caer las Perseidas en agosto. Mejora la observación la paciencia y el autocontrol.

El artículo 31 de la Convención de los Derechos de la Infancia reconoce el derecho de la niñez al descanso, al esparcimiento, al juego, las actividades recreativas y a la plena y libre participación en la vida cultural y de las artes.

El verano es un momento privilegiado para ejercer ese derecho, por tanto, hay que poder ofrecer a los niños y niñas experiencias intensas, positivas, de las que dejan huella y se recuerdan toda la vida.

Sin embargo, muchos niños y niñas no pueden disfrutarlas: estas experiencias, complementarias a las de la escuela, requieren que la familia tenga vacaciones o un mínimo de tiempo y recursos en verano para poder proporcionarlas.
Nuestros deberes como familias, educadores, ciudadanos, consisten en eliminar en lo posible esta desigualdad de acceso, para que toda la infancia tenga derecho a hacer sus deberes de verano.

Roser Batlle
www.roserbatlle.net

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