Cuando hablamos del aprendizaje-servicio (ApS) en la universidad, a menudo surge una idea que parece indiscutible: “Va muy bien para educador ciudadanos y ciudadanas comprometidas”. Y es cierto. Pero si nos quedamos solo aquí, nos perdemos una parte esencial de su potencial.
El ApS no es solo una experiencia que añade valor a la formación: es una manera de construir profesionalidad en el sentido amplio de la palabra –competencia ética, sí, pero también criterio, responsabilidad y orientación ética del rol profesional.
Este debate es especialmente relevante hoy. Nos encontramos en sociedades marcadas por la desigualdad, la complejidad de los problemas públicos, la diversidad cultural, la fragilidad de los vínculos comunitarios y dilemas que atraviesan las profesiones de cuidado e intervención socioeducativa. La universidad forma para el mundo laboral, pero este pide algo más que “saber hacer”: pide saber estar, saber decidir y saber responder ante las otras personas y el bien común.
Por qué el ApS es formación profesional (y no únicamente compromiso social)
La diferencia clave es que el ApS pone al estudiantado en una experiencia genuinamente profesional. No simula un caso. No es un trabajo académico que acaba cuando se entrega. El ApS implica intervenir –con acompañamiento docente– en un contexto real, con personas y entidades reales, y con consecuencias reales.
Esta experiencia activa competencias que forman parte del núcleo de muchas profesiones. En este sentido, el ApS hace visible una idea clave: la profesionalidad no consiste solo en aplicar conocimientos, sino en dar sentido y orientación ética a la práctica.
¿Qué aprenden (en serio) los y las estudiantes cuando hacen ApS?
Cuando escuchas lo que explica el estudiantado, la ética deja de ser una palabra abstracta. Se convierte en acciones concretas: cómo hablan, cómo escuchan, cómo deciden, cómo gestionan situaciones delicadas, cómo se posicionan ante la desigualdad, cómo se hacen responsables de lo que hacen y del impacto que tiene.
A partir de una investigación, identificamos ocho competencias éticas profesionales que el ApS puede activar en el estudiantado universitario:
1) responsabilidad y compromiso social y comunitario, entendida como la disposición a implicarse activamente en la mejora del entorno, orientando el aprendizaje hacia la transformación y justicia social;
2) construcción de la identidad profesional a partir de la asunción de responsabilidades, aplicando conocimientos en contextos reales que permiten redefinir la mirada y rol profesional;
3) habilidades relacionales y comunicativas que se ponen en juego en el trabajo en equipo activando la empatía y escucha activa;
4) reflexividad y toma de decisiones éticas como la capacidad de analizar críticamente la propia actuación;
5) autoconocimiento en tanto que desarrollar la capacidad para identificar, cuestionar y comprenderse a sí mismo que les lleva a revisar su rol profesional;
6) resiliencia y autorregulación emocional ante situaciones difíciles e inciertas con impacto emocional;
7) ética del cuidado hacia uno mismo y las otras personas implicadas; y
8) reconocimiento de la diversidad e interculturalidad valorando y reivindicando la diversidad cultural y social.
No es casual que muchas de estas competencias sean las que, con el tiempo, diferencien un profesional “correcto” de un profesional realmente “bueno”: aquel que, además de dominar la técnica, sabe orientar su práctica de manera respetuosa, justa y responsable.
ApS en la universidad: una vía para formar buenos profesionales
Con todo esto, si la universidad quiere formar profesionales capaces de responder a los retos del presente, necesita metodologías que pongan el conocimiento en contacto con la realidad social. Y necesidad, sobre todo, experiencias que ayuden a formar profesionales que no solo sean eficientes, sino éticamente competentes.
El aprendizaje-servicio hace precisamente esto: educa ciudadanía, sí, pero, sobre todo, educa profesionalidad con sentido. Porque ayuda al estudiantado a construir identidad profesional, responsabilidad comunitaria y criterio ético en situaciones reales. Y esto, hoy, no es ningún lujo. Es una necesidad.
Para saber más: Esto es precisamente lo que pone de manifiesto la investigación «Competències ètiques professionals a la universitat i aprenentatge-servei”, realitzada en el marco de la convocatòria Programa de Recerca en Docència Universitària REDICE-24, con el código de proyecto REDICE24-3720, que estamos desarrollando en la Universitat de Barcelona, impulsada por profesorado de la Facultad de Enfermería y la Facultad de Educación (grupos de investigación EMA y GREM). Esta investigación analiza cómo el ApS contribuye al desarrollo de competencias éticas profesionales en estudiantes de Enfermería, Educación social y Pedagogía. Además, también ha sido financiado parcialmente por las Ajudes a la Recerca, Facultat d’Infermeria de la Universitat de Barcelona (PRFI-UB/2024). Para ampliar información, podéis poneros en contacto con las dos firmantes del artículo. Actualmente, se están elaborando dos artículos científicos y una guía práctica relacionada con la investigación realizada.

