Si alguien cree que es necesario llegar a esta situación, es porque la realidad en las aulas y en la escuela ha degenerado hasta límites impensables. Pero no olvidemos que reducir el síntoma no es lo mismo que abordar la causa.
¿Con anterioridad, se ha hecho todo lo necesario por parte de todos —la administración, las familias y la sociedad en general— para no llegar a esta situación? La insuficiente fijación de límites por parte de las familias, la exhibición de modelos de comportamiento que muestran con frecuencia políticos y líderes de muy diverso signo ideológico, así como del deporte y de los ámbitos mediáticos en general, con evidentes actitudes de falta de respeto y consideración hacia quien piensa diferente, constituyen un factor muy potente de deseducación.
«Abordemos las causas, que no son únicamente de carácter pedagógico ni propias del sistema educativo»
La apología de la violencia, en el lenguaje y en la práctica, y la falta de confianza en el poder del diálogo —no solo para llegar a acuerdos, sino especialmente como valor fundamental para convivir con desacuerdos, como sucede a menudo en sociedades plurales y diversas como la nuestra— configuran el contexto en el que aprenden los niños y jóvenes, y también nosotros, los adultos.
En pocas palabras, abordemos las causas, que no son únicamente de carácter pedagógico ni propias del sistema educativo. También tienen que ver con la pobreza que padecen muchas familias, con la falta de empleos de calidad para quienes inician su vida en pareja y con la escasez de vivienda en condiciones económicamente asumibles para la gran mayoría de la población joven, padres y madres de los niños y jóvenes que asisten a la escuela.
Vivimos en una sociedad en la que cambian, entre otras cosas, las formas de aprender, de estar y de ser del alumnado y de sus familias, así como las maneras y responsabilidades de ser docente.
El profesorado no debe ser solo competente en su especialidad, sino también en la gestión de la convivencia en el aula y en el centro, y en el trabajo con las familias. Familias no siempre colaboradoras, a menudo centradas únicamente en los intereses particulares de sus hijos y no siempre en su formación como personas, que, con sus virtudes y carencias, han de vivir en una sociedad donde la superación personal y la aceptación del otro y de las dificultades son condiciones para convivir satisfactoriamente en una sociedad diversa.
Y ante esto, algunos sostienen que es el pedagogismo ideológico de las buenas intenciones el que cierra los ojos a las señales que la sociedad emite insistentemente. Por favor, esta forma de confundir la pedagogía de buenas intenciones con el “buenismo” pedagógico —que algunos utilizan para argumentar que los educadores no quieren ver las cosas como son y que confunden lo que son con lo que les gustaría que fueran— ignora el trabajo que realizan y lo que piensan docentes, profesorado y educadores cada día en sus aulas y centros. ¡Claro que lo ven y lo saben! ¡Lo viven cada día!
De lo que se trata es de hacer posible que el equipo educativo de un centro sea capaz de afrontar, en condiciones de profesionalidad y con unas condiciones laborales adecuadas, los retos que hoy supone estar ante un conjunto de niños y jóvenes y sus familias en un contexto como el de la sociedad digital.
«No creo que la cuestión pueda limitarse a reducir ratios o a aumentar salarios. La solución no puede ser táctica; debe ser estratégica»
Y todo ello, que exige por parte del docente profesionalidad y compromiso con su trabajo, por mucho que se aporten estos elementos e incluso la pasión que caracteriza —y debe caracterizar— la labor docente, hoy requiere más recursos y un trabajo conjunto con otros profesionales en los centros y en las aulas. No creo que la cuestión pueda limitarse a reducir ratios o a aumentar salarios. La solución no puede ser táctica; debe ser estratégica.
La cuestión, obviamente más costosa, pasa por incorporar de manera estable a los equipos docentes profesionales como educadores, pedagogos y psicopedagogos, así como trabajadores sociales, que formen parte del equipo educativo junto al profesorado, con presencia habitual en la escuela y en las aulas, compartiendo claustro y espacios de evaluación y trabajo con las familias.
Y, por supuesto, no policías, salvo en aquellos casos en que la situación sea realmente de su competencia, como puede ocurrir en un centro sanitario o en una comunidad de vecinos en conflicto. Pero no de manera habitual, aunque vayan sin uniforme. Y quienes piensan que oponerse a su presencia responde a una visión anclada en una policía del pasado o a posturas antisistema, sinceramente creo que están fuera de este mundo y, en particular, del mundo real de las aulas y de los centros educativos.
Reservemos a la policía para aquellas situaciones en las que su presencia y profesionalidad puedan aprovecharse realmente. Por ejemplo, asesorando a los centros —como ya hacen habitualmente, y muy bien, las policías locales— ante las dudas que los equipos directivos y educativos tienen sobre cómo abordar situaciones que pueden ser indicio de conflictos o de acciones violentas o delictivas.
Educar es una tarea colectiva: si queremos mejores escuelas, necesitamos también una sociedad mejor.

