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Una nueva cultura de evaluación

La principal finalidad de la evaluación a la que aludimos es la de favorecer la toma de conciencia del alumno en su propio proceso de aprendizaje a través de la reflexión, detección de necesidades, petición de ayuda y mejora de las tareas realizadas. 

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La evaluación debe ser gratificante y por tanto, vivida por el alumno como un aspecto positivo y necesario para desarrollarse. El error, por lo tanto, se percibe como una forma natural de aprender y que se encamina a la mejora. (Sanmartí, 2007)

Cuando escuchamos la palabra evaluar, nos vienen a la cabeza palabras que relacionamos cotidianamente con este término como calificaciones, exámenes, correcciones… incluso, algunas relacionadas con la mejora educativa como revisión de la práctica docente, ajustar procedimientos y/o programaciones; así como las que tiene que ver con pruebas estandarizadas como PISA, grado de dominio de las competencias básicas…

Somos conscientes de que la evaluación, a priori,  puede no parecer muy “atractiva” para abordarse en un artículo, sin embargo, como psicopedagogas, facilitadoras de transformación educativa y profesoras de primaria, queremos contribuir a un cambio en la mirada de la evaluación aportando nuestro punto de vista. Aunque en el sistema educativo ya se está dando un giro metodológico que apuesta por el aprendizaje activo de los alumnos, un cambio de paradigma, se hace necesario que la evaluación sea coherente con el proceso de enseñanza-aprendizaje.

Para profundizar en este tema, presentaremos un taller, el próximo 5 de noviembre en el SIMO Educación 2019, que se centrará en “la evaluación y en su importancia en el proceso de aprendizaje”. Se trata de generar entre los asistentes una reflexión sobre la evaluación y cómo ha evolucionado para adecuarse al cambio metodológico que favorece el aprendizaje basado en competencias que promueve el currículo oficial español.

Más allá del término de evaluación dirigida a constatar y certificar los niveles de conocimientos (evaluación del aprendizaje), con fines calificadores y selectivos, nos centraremos en otros momentos evaluativos con diferentes finalidades y protagonistas, como aquellos que pueden favorecer el desarrollo de los alumnos a través del fomento de la autorregulación de su aprendizaje, la mejora del rol docente desde un papel de acompañante en el proceso de enseñanza-aprendizaje. En definitiva, un cambio en la mirada que supone la necesidad de evaluar y del papel del error en el aprendizaje – evaluación para el aprendizaje.

Así, por ejemplo, una evaluación formadora no estaría solo en manos del docente, sino que cobran importancia procesos en los que el propio alumno valora, reflexiona y analiza su propio aprendizaje; y una evaluación recíproca entre iguales supondría un medio de corregulación del trabajo del alumnado. 

En resumen, la principal finalidad de la evaluación a la que aludimos es la de favorecer la toma de conciencia del alumno en su propio proceso de aprendizaje a través de la reflexión, detección de necesidades, petición de ayuda y mejora de las tareas realizadas. 

En este sentido, en el taller se creará un espacio de debate sobre qué tipo de evaluación queremos que se dé en nuestras aulas, al tiempo que analizaremos distintas herramientas (rúbricas, checklist, escaleras de valoración, bases de orientación, dosier de aprendizaje,…) que nos pueden ayudar, a alumnos y docentes, a reflexionar sobre los aprendizajes adquiridos y aquellos sobre los que hay que seguir profundizando.

En esta línea, son muchos los autores que ponen de relieve la importancia del lenguaje utilizado a la hora de comunicarse con el alumnado.  Los mensajes que se les dedican deben ser más cuidados, respetuosos y, siempre, enfocados a la comprensión de los errores pero, sobretodo, de los aciertos, de este modo hacemos evidentes aquellos procesos que han llevado al alumno al aprendizaje. 

No es tarea fácil, puesto que nuestra cultura evaluativa tradicionalmente no es esta, pero debemos mostrar la máxima confianza en la capacidad de aprendizaje de nuestros alumnos y, como docentes darles las máximas orientaciones a lo largo de su proceso de desarrollo y aprendizaje, dotándolos de estrategias que les servirán para reflexionar a lo largo de toda su vida en cualquier situación de aprendizaje.  

Así pues, creemos oportuno crear espacios de regulación en las aulas en los que pongamos el acento en los sentimientos y experiencias de los alumnos y no tanto en los contenidos; en segundo lugar, espacios que anticipen y planifiquen los momentos de feedback para reflexionar sobre cómo aprende uno mismo, y, por último, espacios en los que intervengan toda la comunidad educativa, es decir, lugares donde quien haga evidente el aprendizaje sea el docente, los mismos compañeros y, por qué no, las familias.

Desde este punto de vista, nuestra posición es la de confiar en la capacidad de aprendizaje de nuestro alumnado, de cada uno de ellos, a su ritmo y en función de sus necesidades. Solo bajo este clima chicos y chicas aceptarán el desafío de aprender, se esforzarán por conseguir los retos propuestos, en el ámbito escolar o no, mostrando una mentalidad de crecimiento, aprendiendo de sus errores, aceptando las críticas, fijándose en los aciertos del resto, aceptando desafíos… sin que el punto de mira se ponga en el error sabiendo que pueden aprender de este para mejorar el propio rendimiento.

 

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