Ya fuera de la primera línea docente, miro las movilizaciones actuales con respeto hacia quienes hoy las sostenéis y desde la memoria de quien también entendió la huelga como una herramienta necesaria para defender la escuela pública y mejorar las condiciones de trabajo de sus docentes.
Estimo que la docencia, cuando se ejerce desde la honestidad, siempre asume riesgos. Sabemos que la práctica pedagógica no es un ejercicio aséptico de «llegar y soltar» contenidos, como no lo sería “llegar y soltar” a los chicos y chicas en otro lugar fuera del centro educativo, sino una responsabilidad profunda de «estar y ser» con el otro. Por eso, defender las salidas extraescolares no es una insensatez: requiere reconocimiento, apoyo y protección; pero también es defender la esencia misma de la escuela.
Las actividades extraescolares también son escuela
He conocido formas de hacer escuela en las que, cada semana, se acompañaba a menores de una residencia pública, hoy ya cerrada, procedentes de familias en situación de alta vulnerabilidad social, para desarrollar actividades fuera del aula.
Entre ellas, destaco la de aquel docente que salía con ellos al campo. Con la excusa de buscar, recolectar y estudiar plantas medicinales podía hablar de lo que iba surgiendo, en ese hombro con hombro del camino que iban descubriendo y que, en realidad, era un camino común.
Y esos momentos tranquilos de tomarse aquellas plantas en infusiones, como en una tertulia familiar, nacían de su convencimiento del poder armonizador del contacto con la naturaleza en el equilibrio de las relaciones con los demás y con uno mismo.
La huelga docente y el reconocimiento del profesorado
Entiendo la necesidad de la huelga por el cansancio acumulado de un profesorado que demasiadas veces sostiene la escuela con más responsabilidad que reconocimiento, porque la administración sabe que cuenta con nuestra vocación y responsabilidad para suplir, demasiadas veces, la falta de recursos.
No me sitúo contra quienes os movilizáis y arriesgáis lo que podéis, pero sí me preocupa que una forma concreta de presión, la suspensión de las actividades extraescolares, pueda terminar dañando precisamente aquello que queremos defender.
Es duro recordar el caso de aquella docente que perdió un puesto de trabajo por negarse a dormir en las mismas naves de los niños sin recibir ninguna remuneración por ello, porque no era solo dormir; requiere estar muy despierto cuando se es responsable durante la noche.
Por ello me alegra que en Cataluña ya se haya conseguido que se paguen las pernoctas en las salidas extraescolares, lo que pienso que debe ser reconocido en el resto de consejerías. Igualmente considero importante que el profesorado sienta el apoyo jurídico indiscutible de la administración en sus salidas.
Suspender las salidas escolares es un error pedagógico
Por todo esto, considero que utilizar la suspensión de todo tipo de salidas escolares como reivindicación es un error estratégico y pedagógico.
Error estratégico porque acaba debilitando, desde dentro, la calidad que ofrece la escuela pública. Y, desde un posicionamiento progresista, también es un error pedagógico.
Ya los pioneros de la Institución Libre de Enseñanza a finales del siglo XIX tenían claro que sacar la escuela a la naturaleza o a los museos no era un añadido prescindible del currículo, sino la base de su «Pedagogía Intuitiva»; reconocían que la realidad era el verdadero maestro y que el conocimiento debía ser vivido, no meramente transmitido.
Suprimir estas actividades para presionar a la administración desvirtúa por completo este legado, y supone asumir, quizás sin quererlo, una tesis profundamente burocrática: que la verdadera educación solo ocurre entre las paredes del aula y que las salidas son un «extra» del que se puede prescindir.
El aprendizaje es la sorpresa y la admiración; como nos recuerda el maestro interpretado por Fernando Fernán Gómez en La lengua de las mariposas: “La naturaleza, amigos míos, es el espectáculo más sorprendente que puede mirar el hombre”.
Y parafraseando al filósofo contemporáneo Byung-Chul Han, una educación reducida al aula corre el riesgo de convertirse en simple “rendimiento e información”.
Frente al “infierno de lo igual”, las extraescolares permiten la diferencia y la singularidad, porque también abren oportunidades de participación para el alumnado al que las barreras del sistema educativo invisibilizan o dejan fuera. Y le devuelven la oportunidad de mostrarse y de ser visto con ojos nuevos por docentes y compañeros.
Aprender fuera del aula: una experiencia insustituible
No conviene perder de vista algo esencial: una huelga o acción de presión debe incomodar a la administración que gestiona los recursos, no privar al alumnado de su derecho a una educación de calidad.
Al suspender una salida a un parque natural, a un teatro o a un laboratorio científico, las consejerías no sufren ningún perjuicio logístico ni presupuestario. Quien pierde, y mucho, es el estudiante. Se interrumpe el paso de la abstracción a la vivencia. Un alumno puede leer sobre el ecosistema fluvial, pero ese conocimiento, que no aprendizaje, permanece inerte hasta que pisa la orilla de un río con su propio cuaderno de campo…
Privar al alumnado de esa experiencia corporal y científica por un conflicto laboral es empobrecer la didáctica en favor de una estrategia contraproducente. Siempre es más sencillo acostumbrarnos a que lo educativo quede dentro.
La escuela pública se defiende ampliando oportunidades
Por otra parte, y esto es muy importante, esta medida de presión afecta de manera profundamente desigual a las familias. Para muchos niños y niñas de entornos vulnerables, las salidas organizadas por el centro escolar representan, muchas veces, la única oportunidad en su vida de visitar aquello que, aunque nos parezca hoy en día increíble, siempre queda fuera de su alcance.
Recuerdo aún impresionado, en “La escuela en Doñana”, donde el tractorista era el verdadero maestro, cómo algunos niños con ojos maravillados bajaban casi desbordados del autocar para ver y tocar por primera vez el mar. ¿Cómo hacer desaparecer nosotros mismos la fuerza que representa El maestro que prometió el mar, tan dramáticamente encarnada por Enric Auquer?
Si el aprendizaje no está en la memoria, sino en los recuerdos, gran parte de lo que verdaderamente nos nutrió en el colegio y en el instituto está en las miradas de reconocimiento de aquella profesora, de aquel profesor; en las peleas y en las risas compartidas con los compañeros y compañeras, y no tanto dentro del aula, sino en aquellas salidas fuera del colegio donde simplemente creíamos que íbamos de excursión con un profe que, sin que entonces nos diéramos cuenta, estaba haciendo mucho más grande la escuela.
La Escuela Pública no se defiende haciéndola más pequeña. Hay huelgas que abren espacios.

