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Las colonias escolares durante la Guerra Civil: cuidar la infancia en medio de la guerra

Como la de Santafra, donde fue María Solsona, se calcula que durante la guerra se crearon cerca de 2.000 colonias escolares que rescataron de los bombardeos, el hambre y la orfandad más de 50.000 niños y niñas.

Andrea Pérez 20/4/2017

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“Tantas bombas como caían, tanta gente que murió… Estábamos agobiados”. Maria Solsona Climent, que a los diez años vivía en una Barcelona en guerra, tuvo que irse a inicios del 1938 en la colonia escolar San Afra (Gironès), huyendo de los bombardeos en la capital catalana durante la Guerra Civil. A sus 90 años, Solsona recuerda las experiencias vividas en aquella colonia escolar organizada por la Ayuda Infantil de Retaguardia -vinculada a la Federación Estatal de Trabajadores de la Enseñanza, de la Unión General de Trabajadores (FETE-UGT)- como una de las más maravillosas de su vida. Convivía con unos sesenta niños “bien avenidos” y rememora la tarea de los maestros y el pueblo que, durante su estancia y posterior exilio en Francia, hicieron todo lo posible para ayudarles.

Como la de Santa Afra, ubicada en un monasterio de la localidad de San Gregorio, se calcula que durante la guerra se crearon cerca de 2.000 colonias de este tipo -sobre todo en Cataluña y Valencia, por el clima y por ser las zonas republicanas más seguras- que rescataron de los bombardeos, el hambre y la orfandad más de 50.000 niños y niñas. Las impulsó principalmente el Ministerio de Instrucción Pública en febrero de 1937, a través de la Delegación Central de Colonias, consciente de que la guerra se podía alargar y debía garantizar la educación de los niños, además de su seguridad lejos los frentes bélicos. En Cataluña se pusieron en marcha en localidades como Arenys de Mar, la Espluga de Francolí, Figueres o Vilajuïga.

La colonia donde fue a parar María Solsona, emplazada en el antiguo monasterio dedicado a Santa Afra, era exclusivamente para hijos o parientes de maestros, y estaba apadrinada por maestros suizos. Si bien más de la mitad de los niños -que tenían entre siete y trece años- eran catalanes, también había venidos de Madrid, Valencia, Mallorca o Vasconia (tal como Solsona quiere referirse al País Vasco). El horario que seguían los niños era, a juicio de Solsona, “fantástico”: daban clase mañana y tarde y ellos mismos ponían la mesa y ordenaban las habitaciones, siempre con un par de niñas o niños que se hacían cargo de vigilar. Aunque los más pequeños no hacían clase, los maestros cuidaban que los más grandes sí siguieran una formación de cara a futuros estudios superiores.

Según explica Solsona, en la colonia de Santa Afra estaban en permanente contacto con la naturaleza, de la que se ayudaban para aprender las lecciones: “Los niños de Barcelona sabíamos que había árboles, pero no si uno era un pino, por ejemplo; allí lo sabíamos todo […] aquí no sabíamos cómo era un pimiento rojo, allí lo aprendimos todo”, explica orgullosa. Y recuerda que uno de sus profesores tenía mucha habilidad con las manualidades y los enseñaba a utilizar herramientas durante las excursiones, al igual que otros les enseñaban a coser. Además, tenían un huerto del que también aprendían el funcionamiento y muy cerca un río: “Cuando íbamos al río, ya sabíamos la lección del río”.

Pero si algo emociona María Solsona es reflexionar que allí aprendieron “a ver lo bueno y bonito que hay en cada lugar”. La maestra recuerda que, cuando hablaba con los niños de Mallorca, tenía la sensación de que “aquello era un paraíso”. Los niños de Valencia les enseñaban canciones en valenciano y los catalanes de vez en cuando les mostraban cómo se bailaba la Sardana, mientras que los vascos hablaban del puente de Irún, “y los de Aragón, no es necesario decirlo, bailaban una jota allí y te quedabas embobada “.

En Santa Afra recibieron pocas visitas de las familias. En el caso de la de Solsona, su padre no pudo acercarse porque estaba al frente de una Escuela Unitaria, mientras que la madre pudo ir un par de veces porque pedía permiso a la directora del escuela graduada donde trabajaba: cogía el tren de las ocho de la mañana, llegaba a Girona y caminaba 9 kilómetros, y estaba con sus hijas hasta el domingo. La última visita fue en noviembre del 1938, cuando la hermana mayor de Solsona tenía anginas, así que su madre dejó un pañuelo que, de paso, sirve para secar las lágrimas de ambas niñas. El pañuelo tenía una colonia, la marca de la que aún recuerda Solsona, y es que durante el posterior exilio “cuando estábamos con pena, cogíamos el pañuelo para sentir el olor (de su madre)”.

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La fuga en Francia: “¡Y aún cogimos un lápiz!”

“Estábamos allí tranquilos y entonces dijeron: ‘Tenemos que coger todos los niños de todas las colonias y hacia Francia'”, El 18 de enero de 1939, poco más de una quincena de niños que no habían sido recogidos, acompañados por la abuela de uno de ellos, corrieron a coger mantas – “y aún cogimos un lápiz!”- para subir al camión que los llevaría hacia Francia, ante la amenaza del avance de las tropas rebeldes .

Poco antes de llegar a Figueres vieron una luminaria que indicaba bombardeos en la ciudad. Al preguntar al chófer en qué parte del camión debían colocarse, el hombre respondió: “Tanto si se quedan arriba, como abajo, si cae una bomba os matará igual”. Solsona afirma recordarlo como si fuera ayer. Del mismo modo que guarda en la memoria no haberse sentido identificada cuando, por los altavoces de la estación de tren de Cerbère, oía hablar de los “niños refugiados españoles”. Refugiada es una palabra que ha perseguido a Solsona, siempre acompañada de expresiones de compasión y pena. Explica que las madres francesas miraban los niños con cara de lástima, y ​​eso los ponía muy nerviosos y los hacía rebelarse contra esta palabra.

Al ser evacuados en Francia, los niños de Santa Afra estuvieron en la colonia Saint Paul en Campan (Altos Pirineos), de febrero a mayo de 1939 y luego fueron reubicados en la colonia de Château du Lac en Sigean (Aude). A Siegean conocieron Ruth von Wild, una maestra suiza que había nacido en Barcelona. Solsona, que fue reclamada de Siegean y que volverá a Barcelona en agosto de 1939 gracias a que los maestros franceses la ayudaron a establecer contacto con su familia, recuerda que lo único que hizo para encontrarlos fue seguir las instrucciones que le había dado su padre: “Si alguna vez se pierden, diga el nombre, la dirección y que el padre y la madre son maestros, que seguro que habrá maestros por allí”.