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Juan Carlos Yáñez

La inequidad contra la escuela Juan Carlos Yáñez

México, el tercer sistema educativo más grande de América se enfrenta al doble reto de hacer que aumente la escolarización al tiempo que mejora la calidad de la educación.

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México tiene un sistema educativo enorme: el tercero más numeroso del continente americano, después de Estados Unidos y Brasil. Más grande que casi todos los países de América Latina en su población: 2 veces Chile, o los habitantes de Chile y Ecuador juntos, 3 veces Cuba, 10 veces Uruguay. Sin embargo, lo oscurece un mundo paralelo: 30 millones de mexicanos mayores de 15 años no hicieron efectivo el derecho humano y constitucional a la educación básica, esto es, primaria y secundaria, 12 años en total si se incluye la preescolar (3-5 años de edad).

De acuerdo con el informe 2017 del presidente de la República, 36,6 millones de alumnos de preescolar a la universidad se inscribieron en el ciclo 2016-2017, pero al finalizar varios cientos de miles abandonaron el camino a la escuela. El Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) estima el abandono entre 600 y 700 mil solo en la educación media superior (15-17 años); más de un millón si agregamos a los estudiantes que expulsa la escuela secundaria (12-14 años). La pregunta obligada: ¿Quién abandona a quién?

Conforme se avanza en la pirámide escolar el estrechamiento de las posibilidades de permanecer y culminar se recrudece, con un efecto adicional: los que terminan el último ciclo de la enseñanza obligatoria (bachillerato o educación media superior), lo están haciendo con precarios aprendizajes respecto al currículum oficial. Los datos que arrojó la primera prueba del Plan Nacional para la Evaluación de los Aprendizajes (PLANEA) del INEE, hace un mes, expusieron falencias y trazaron coordenadas de la geografía inequitativa.

Aunque el acceso al bachillerato aumenta sin cesar, la permanencia con buena calidad corre detrás y distante. Según el informe presidencial referido, la matrícula nacional en la educación media superior la componen 5,1 millones de estudiantes, lo que representa una cobertura del 76,6 % en el grupo de edad correspondiente; 10 puntos porcentuales más que al inicio de la década. En el mismo lapso, la eficiencia terminal únicamente se elevó 3 puntos, con desgajamientos distintos dependiendo de los niveles socioeconómicos en que se ubican los estudiantes y sus familias.

La prueba PLANEA, que mide dos áreas, Lenguaje y comunicación y Matemáticas en estudiantes del último grado, demuestra también lo que ya cabía esperar: resultados diferenciados en los diversos subsistemas que componen ese complejo tipo educativo (bachilleratos universitarios, tecnológicos, industriales, del mar, agropecuarios, educación profesional, privados, comunitarios…); entre instituciones en cada subsistema; al interior de las instituciones, por regiones geográficas, grados de marginación y turnos. Además, que los logros de aprendizaje se relacionan con el contexto de la escuela y familiar de los alumnos.

La gráfica siguiente es reveladora de los resultados promedio en función del decil de la población en el cual se colocan los estudiantes, en una escala de 200 a 800 puntos. Los más pobres tiene un resultado promedio de 469 puntos, lejos de los 537 del extremo contrario, una diferencia que podría significar dos grados escolares.

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La segunda imagen lo expresa de manera también cruenta en otros aspectos: los promedios de los alumnos están vinculados con el grado de escolaridad de la madre y la condición de hablante de lenguas indígenas.

Con base en estas evidencias, México, el tercer sistema educativo más grande de América, tiene un reto doble: seguir elevando la escolarización y, sobre todo, mejorando la buena educación, que no se alcanza sin el atributo de la equidad. No es fácil: el peso de las condiciones sociales, del entorno cultural, del medio social donde se inserta la escuela y, en el extremo, la condición de hablantes indígenas es muy fuerte. La calidad educativa se condiciona por el entorno, pero no es destino fatal. Es posible cambiar la escuela, pero se necesita vigorizarla, renovarla, reinventar la pedagogía, con una dosis adecuada y sensible de políticas públicas y financiamiento.

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