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Aula

Juan Carlos Yáñez

Educar en lo profundo de la sierra Juan Carlos Yáñez

Rigoberto volvió a la Sierra Madre Occidental cuando pudo elegir una plaza de maestro en la ciudad y quemar las naves de su pasado

Rigoberto proviene de una familia indígena numerosa. Sus padres aprendieron a hablar y escribir en español después de la infancia, inspirados por abuelos analfabetos pero convencidos de que ser letrados podría augurarles un destino diferente al suyo, fraguado en oficios ligados al campo y la agricultura doméstica. De sus varios hermanos, los mayores no tuvieron condiciones para salir de la sierra y estudiar más allá de la primaria. La lotería del nacimiento le cedió a Rigoberto un entorno favorable: con la ayuda de padres y hermanos abandonó su ranchito para cursar estudios de profesor en la capital del estado. Su vida fue complicada inicialmente en la ciudad mediana, tropical y bullanguera, de comidas abundantes y sabrosas, con cerveza helada siempre en la mesa; pero su mirada estaba puesta en el sueño engendrado en las raíces familiares. Quería ser maestro, volver a la tierra donde nació y desparramar el abecedario, ayudar a que otros niños y niñas tuvieran un sendero menos tortuoso. Con excelente desempeño académico, Rigoberto volvió a la sierra cuando pudo elegir una plaza de maestro en la ciudad y quemar las naves de su pasado. Nunca tuvo dudas de su decisión y la madre lo recibió con brazos abiertos, lágrimas escondidas entre gafas y la mesa servida con lo más típico de la cocina. La vuelta del hijo fue fiesta en aquel rinconcito de la Sierra Madre Occidental mexicana.

Comenzó su andadura con la alegría del naciente a la docencia. Volvió también a la vestimenta clásica de la cultura wixárica: su camisa o “cuarri”, el calzón y la capa o “turra”, con bordados multicolores y simbolismos sagrados, un morral cruzando su pecho y el sombrero de ala ancha tejido por sus manos, para protegerse del sol en las largas caminatas para ir y volver de la escuela materialmente precaria. La carrera del profe Rigo, como le bautizaron, fue vertiginosa. Sus autoridades vieron con beneplácito el desarrollo de aquel muchacho siempre exigente pero trabajador, disciplinado, creativo y comprometido. Luego de un paso afortunado por escuelas multigrado, siendo maestro y director, alcanzó la preciada plaza de supervisor; como al inicio de su trayecto, optó por seguir en aquellos parajes inundados de árboles, pequeñas lagunas y el canto de pájaros y animales silvestres. En la supervisión, como en la docencia y la dirección de su escuela, la huella del profe Rigo fue honda y visible, apreciada y alentada por el nacimiento de sus dos hijos. Las escuelas de preescolar y primaria de la región huichola se revitalizaron con el nuevo flamante supervisor. Cinco comunidades de El Nayar (El risco, El limón, Guásima del metate, Carrizal de las vigas y Mesa del caimán) reciben la visita periódica, el aliento, la gestión incansable y la motivación para estudiantes, padres y maestros.

Rigoberto sale el lunes de casa con la oscuridad y el viento frío rumbo a la escuela donde comenzará la jornada de inspecciones. Llega a la comunidad y lo reciben en la puerta los dos maestros con café humeante y un pedazo de pan tibio. Se quita el sombrero y se saludan sonrientes; pasan a la pequeña habitación que alberga archivo, mesa de trabajo, la bandera nacional, un estante con libros de textos y literatura infantil, historia y los planes de estudio. La conversación aborda vidas familiares, la violencia del narcotráfico en la capital y la muerte de un profesor a la salida de su casa, ejecutado por sicarios. La llegada de los niños a las aulas les apresura el fin de la charla. Salen cada uno a su grupo y el cálido sol que despunta entre los cerros aprieta el frío.

Comienza la jornada escolar y Rigoberto se mete al aula de los niños más grandes, que cursan quinto y sexto grados; los atiende el maestro y encargado de la dirección. Se escabulle al fondo y desde allí, saludando a los niños familiarizados con su presencia, se vuelve uno más. Su libreta se va llenando de apuntes mientras el maestro expone las siete maravillas del mundo antiguo a los 6 niños del último grado. Los de quinto grado realizan las operaciones matemáticas indicadas en el libro. Un día más, pero no igual, porque la vida en la escuela, aunque parezca repetida, tiene peculiaridades.

La jornada concluye al mediodía. Los niños salen con sus bolsas de libros y cuadernos. Los maestros hacen pausa para comer y regresan a la dirección/archivo/biblioteca/sala de reuniones. Atentos escuchan las observaciones que hace Rigoberto, asertivo y preciso, que pasa revista a sus apuntes en el cuaderno: a veces pregunta, aclara, profundiza, en otras ejemplifica, recuerda experiencias vistas en otra escuelita. Los maestros asienten, dudan, preguntan, sonríen en un ambiente cordial. Luego toman acuerdos, preparan las actividades del día siguiente. Rigoberto entrará de nuevo al aula, ahora con el maestro de los pequeños. Repetirá el ciclo: observaciones, registro, luego sesión de análisis, retroalimentación, acuerdos. La burocracia es mínima. Así, tres o cuatro días de la semana en cada una de sus escuelas con regularidad programada y acordada con los maestros. En el corazón de todo el proceso está el aprendizaje de los niños y la reflexión permanente sobre la práctica.

El último día de supervisión nuevos visitantes llegan a la escuela, los padres y madres de los alumnos convocados a escuchar una sesión informativa de algún tema relevante: alimentación, cuidados maternos, prevención de la violencia en casa; luego, una explicación sobre los avances de los niños. Los padres, madres sobre todo, preguntan, a veces se enfadan, piden consejos, los ofrecen, cuentan lo que hacen para cumplir el acuerdo de la reunión previa. La sesión termina con agradecimientos mutuos y la renovación de acuerdos.

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Así se va la semana de supervisiones de Rigoberto. Cansado culmina y vuelve a casa. En su andanza revisa mentalmente, repasa, se recrimina, se corrige; muchas veces se lamenta de las carencias pedagógicas. En la noche, después de dormir a los hijos, sale del hogar con el frío inclemente del fin de otoño a tocar su guitarra bajo el árbol que le protege del sereno. Su esposa lo acompaña en silencio. El fin de semana recuperará el aliento y reanudará su peregrinaje por las escuelas, soñando con otra educación y luchando día a día por ella.

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