Somos una Fundación que ejercemos el periodismo en abierto, sin muros de pago. Pero no podemos hacerlo solos, como explicamos en este editorial.
¡Clica aquí y ayúdanos!
Ismael Callejón es ingeniero industrial y profesor en excedencia de la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC). Hace casi 40 años entró en la escuela Virolai, situada en lo alto de una pequeña colina en pleno barrio del Carmel de Barcelona, y todavía recuerda el primer día porque llovía muchísimo y le pareció “horroroso”. Estuvo allí hasta los 16 años, a excepción de un año y medio en que se trasladó con la familia a Balaguer.
«Mi padre era un trabajador y siempre decía que prefería una escuela en un lugar saludable de Barcelona antes que gastarse el dinero intentando tener un piso no sé dónde. Casi nunca íbamos de vacaciones, pero nos pagó la escuela», recuerda. Eran tres hermanos, Ismael era el mediano, y los tres pasaron por Virolai.
Su tutora de primero de BUP, cuando tenía 14 o 15 años, fue Coral Regí, que entonces tenía poco más de 20. El afecto y la disciplina eran las señas de identidad del centro: «Me habían repetido mucho que primero de BUP era muy difícil. Fue el primer año que estudié de verdad, en serio, y Coral me ayudó mucho».
Ismael no tenía problemas académicos. De hecho, su antigua tutora lo define como un alumno muy trabajador y con muchas ganas de aprender: «Era una combinación perfecta. Yo tenía mucha confianza en él. Era una persona muy honrada; para él lo importante era aprender. Y siempre preguntaba en clase, a mí me encantaba. Tenía un interés enorme por aprender».

La pantalla del ordenador los separa, porque él está trabajando en Galicia, pero la cercanía entre ambos supera el monitor. Recuerdan que Ismael era muy hablador, que a veces se aburría en clase y distraía a otros compañeros. Coral le ponía unos límites muy claros y, hoy en día, a Ismael le resulta difícil separar a la Coral docente de la Coral amiga. «A mí, Coral y la escuela en general me ayudaron mucho a generar autonomía y responsabilidad. Y mi manera de llevar equipos humanos siempre es esa. A veces notas el tipo de enseñanza que has recibido cuando te comparas con otras personas; cuando llegué a la universidad vi que la relación que nosotros teníamos con el profesorado de la escuela Virolai, en otras escuelas no existía. Esa capacidad nuestra de hablar, discutir y discrepar con el profesor, que no tiene nada que ver con faltarle al respeto, otros no la tenían».
Coral recuerda muy bien que, durante unas convivencias, Ismael era su ayudante. Él era alumno, pero también actuaba como una especie de monitor. Hicieron unas excursiones por la montaña; él iba el primero del grupo, de unos 30 alumnos, y ella cerraba la fila. «Él tenía la autonomía, la capacidad y la responsabilidad de estar pendiente de todo. Hacer eso ahora parecería muy difícil, pero en aquel momento se trataba de apostar por la responsabilidad de los alumnos».
Autonomía y afecto
Esa responsabilidad y confianza mutuas dieron lugar a un vínculo afectivo entre profesorado y alumnado. En esta educación para que las personas sean autónomas, afirma Coral, hay una exigencia y un cariño hacia el alumno.
Cuando Ismael llegó a la universidad, no se desvinculó de “la Viru”, como la llama durante la conversación, sino que daba clases particulares y cursos de verano. Con el tiempo, también hizo sustituciones, acompañó algún viaje de fin de curso y el alumno se convirtió en compañero de trabajo.
No había duda de que Ismael era buen estudiante, pero gran parte del vínculo con Coral surgió también de las conversaciones que tenían sobre relaciones sociales. Coral y otra profesora, Neus, hablaban con él de temas personales y afectivos, y tuvieron “mil conversaciones” sobre cómo acercarse a las chicas.
De hecho, Ismael conoció a Mónica, actualmente su mujer, en Virolai. Él impartía una formación de actualización para personas en paro y la conoció en ese curso. Coral bromea sobre este episodio en el que él encontró pareja en la escuela, después de haber trabajado tanto la confianza y las relaciones: «En realidad, le organizamos unos cursos para que pudiera encontrar novia». Y se deshace en elogios hacia la pareja: «Se entienden muy bien, han sido capaces de vivir muchas aventuras. Habéis sido muy valientes. Habéis pasado momentos en los que las cosas no han ido tan bien y habéis estado unidos. En eso recuerdo mucho también a tus padres: el esfuerzo por poder estar en la escuela, por ayudar… Al final, lo importante es estar juntos, ser valientes y mantenerse en todas las situaciones».

La admiración entre ambos es visible. Ismael lo tiene claro: «Mi suerte es que generé vínculos con profesores que al final se han convertido en amigos. Y eso no tiene precio». De Coral destaca una cualidad espectacular: «Es capaz de ponerse en situación, de generar una confianza extrema con quien habla. Sabe muchísimo, pero nunca da lecciones. Y tiene una humildad que hace que ella siempre se quite del centro y ayude muchísimo a todo el mundo a abrirse y a hacerlo bien. Sabes que puedes ir a ella y que no te dará lecciones, te dará consejo, te ayudará, pero no te aleccionará».
Sus hijos también estudiaron en Virolai
Ismael y Mónica se fueron a trabajar a Ecuador y, tiempo después, regresaron a Cataluña, a Igualada. Él tenía muy claro que el lugar donde quería que estudiaran sus tres hijos, dos chicos y una chica, era Virolai, y durante un tiempo vivieron entre Igualada y Barcelona: «Costaba mantener dos casas, pero pensábamos que lo mejor que podíamos dar a nuestros hijos era esto».
¿Y qué tenía esa escuela que les hizo volver a Barcelona? Cuando Ismael y Mónica se trasladaron a Ecuador, los hijos hablaban básicamente catalán. Estudiaron en una escuela internacional americana, pero al principio no hablaban inglés. «Salieron adelante, como todos los niños, y los padres estuvimos donde tocaba, acompañándolos». «Lo que no queríamos, cuando volviéramos, era que fueran niños estigmatizados. Yo sabía que yendo a Virolai, el bagaje que tenían esos chicos sería valorado positivamente, que en lugar de ser un problema sería un elemento más para trabajar en clase».
Coral subraya que, además, los hijos tenían estrategias de comunicación y un trabajo globalizado que ya habían desarrollado en Ecuador y se sintieron cómodos en Virolai. «Además, eran como sus padres: muy trabajadores y con muchas ganas de aprender».
Ismael no dudó: «Necesitas una escuela donde no te quiten eso. Tan disruptivo es el chico inquieto, con altas capacidades, como el que tiene menos capacidades. Gestionar una clase es dirigir todo eso. Hay que reconocer que en Virolai se ayuda a todo el mundo para no dejar a ningún alumno en la cuneta».
Coral añade: «No quiere que nadie se quede fuera». «En el fondo, se trata de conseguir que cada alumno viva de acuerdo con lo que le gusta, que sea feliz y que no se sienta nunca ni limitado, ni menos valorado, ni cortado en sus expectativas».

Los tres hijos también han tenido a Coral como profesora. De hecho, uno de ellos se parece muchísimo al padre y para la docente, que llegó a ser directora de Virolai durante 35 años, era como volver a ver a un Ismael preadolescente, con mucho dinamismo, muy trabajador y muy buena persona.
«Esta historia», interviene Coral, «me hace pensar que ser profesor, ahora que hay una tendencia a decir que es horrible, que los alumnos no nos quieren y que las familias no entienden lo que hacemos, no es cierto. Mi visión es la de familias absolutamente comprometidas que venían a la escuela a escuchar, que trabajábamos juntos porque se creaba un vínculo de confianza y de respeto». El factor de la confianza, asegura, es clave para trabajar juntos: centro, familias y alumnado. «Estamos aquí para ayudarnos. Lo importante es querer, crear vínculo, y es un afecto que no es ñoño, sino de confianza».
La conversación deriva hacia el resto de la familia y sobre cuándo vendrán a Barcelona. Como la educación es un tema que les interesa, rápidamente reconducen el diálogo. Dicen que debe ser un trabajo conjunto entre familia y escuela, aunque Ismael hace hincapié en la responsabilidad de la familia y en que los límites deben ponerse desde casa, mientras que Coral se centra en colaborar desde la confianza.
La esencia de la enseñanza, para el ingeniero y también docente, es «que el alumno tenga claro que el profesor está a su servicio. Hay muchos profesores que tienen el saber, pero el profesor es una herramienta más que tiene el alumno para poder subir la escalera».
Así lo ve también Coral Regí, que actualmente es asesora educativa: «El profesor es un acompañante, es como una enzima, que facilita el aprendizaje pero no interviene porque, al final, es el alumno quien aprende. Lo importante de un profesor no es lo que enseña, sino lo que el alumno aprende».


