Somos una Fundación que ejercemos el periodismo en abierto, sin muros de pago. Pero no podemos hacerlo solos, como explicamos en este editorial.
¡Clica aquí y ayúdanos!
Centroamérica vive una emergencia educativa que apenas ocupa espacio en la agenda internacional. Sin embargo, sus efectos atraviesan la vida de miles de adolescentes que ven cómo su trayectoria escolar se interrumpe entre desplazamientos, retornos forzados o migraciones que rara vez aparecen en las estadísticas.
El informe Educación negada, futuros truncados: adolescencias en movilidad ante la emergencia educativa en Centroamérica, elaborado por la Campaña Mundial por la Educación, sitúa el foco en una realidad persistente: la exclusión educativa se ha convertido en una consecuencia estructural de la movilidad humana en la región.
Las causas son múltiples y se superponen. Violencia generalizada, pobreza estructural, crisis climáticas o debilidad institucional empujan cada año a miles de jóvenes a abandonar sus hogares. En muchos casos, el desplazamiento se traduce también en abandono escolar o en trayectorias educativas fragmentadas.
Según el informe, menos de la mitad de los adolescentes logra completar la educación secundaria en países como Honduras o Guatemala, una situación que empeora para quienes migran o viven en contextos de extrema vulnerabilidad.
Para Pilar Orenes, directora general de Educo y representante de la Campaña Mundial por la Educación, el problema es doble: la educación está reconocida como derecho fundamental, pero en contextos de crisis no siempre se garantiza. En su opinión, el momento actual exige reforzar el compromiso global: “La educación protege, da salud y empodera. Es muy importante no dejarla para una segunda fase porque es el futuro”.
Movilidad y abandono escolar: trayectorias interrumpidas
El informe describe un patrón que se repite en los tres países analizados —El Salvador, Guatemala y Honduras—: la movilidad humana rompe las trayectorias educativas. Adolescentes que huyen de la violencia, jóvenes deportados desde Estados Unidos o México, o familias que se desplazan dentro de su propio país se encuentran con sistemas educativos poco preparados para acogerlos.
Un testimonio recogido en el estudio resume bien esa realidad: “Yo no podía estudiar en el lugar que quería porque era territorio contrario; estudiaba en la noche porque trabajaba de día, y aún así, había que sobrevivir… la violencia nos hizo huir y buscar nuevas oportunidades, incluso fuera del país”.
La movilidad afecta de manera directa al acceso a la escuela secundaria, donde se concentran las mayores tasas de abandono. En muchos casos, los estudiantes regresan a su país o llegan a un nuevo territorio sin documentación académica, lo que dificulta su matrícula o les obliga a repetir cursos.
El resultado es un círculo de rezago educativo. El informe recuerda que el retraso de dos o más años respecto al grado escolar correspondiente aumenta significativamente el riesgo de abandono definitivo y reduce las oportunidades laborales y sociales en la vida adulta.

Violencias y desigualdades que se agravan en el camino
La crisis educativa se entrelaza con otras formas de violencia y desigualdad. Las adolescentes, en particular, afrontan riesgos añadidos durante los procesos migratorios y en el acceso a la educación.
La violencia sexual, el embarazo temprano o las responsabilidades de cuidado familiar limitan su continuidad escolar, mientras que las normas sociales y las barreras económicas refuerzan su exclusión. En algunos casos, la escuela deja de ser percibida como un espacio seguro.
Según el informe, las trayectorias migratorias en Centroamérica están cada vez más feminizadas y, en muchos casos, responden a necesidades de protección frente a la violencia o la pobreza. Sin embargo, el viaje y el retorno multiplican las vulnerabilidades.
Las niñas y jóvenes se exponen a violencia sexual, trata o explotación durante los trayectos migratorios y, una vez de vuelta en sus comunidades o en tránsito hacia otro país, encuentran nuevas barreras para continuar estudiando. Julia López, de Plan International, recordó durante la presentación que “detrás de los números hay historias” y que, cuando la persona migrante es una niña o una adolescente, las desigualdades previas se intensifican durante el viaje y también después.
A estas violencias se suman obstáculos estructurales dentro del propio sistema educativo. El embarazo adolescente, las responsabilidades de cuidado o las normas de género siguen limitando el acceso y la permanencia en la educación secundaria, especialmente en zonas rurales.
El informe señala que muchas jóvenes dejan de estudiar porque las escuelas no cuentan con mecanismos para apoyar a madres jóvenes o porque el trayecto hasta el centro educativo se percibe como inseguro.
Desde las organizaciones que han participado en la investigación insisten en que abordar esta realidad requiere políticas educativas con perspectiva de género: programas de educación acelerada, atención psicosocial especializada, servicios de salud sexual y reproductiva y medidas de protección que permitan a las adolescentes continuar su formación sin quedar atrapadas en ciclos de violencia y exclusión.
La combinación de pobreza, violencia y movilidad genera así una situación de vulnerabilidad acumulada. Sin acompañamiento psicológico ni apoyo educativo, muchos jóvenes optan por abandonar definitivamente la escuela.

Sistemas educativos sin datos ni herramientas suficientes
Uno de los problemas que el informe identifica con mayor claridad es la falta de información fiable sobre la magnitud del fenómeno. Sin datos precisos sobre adolescentes desplazados o retornados, los sistemas educativos no pueden diseñar políticas adecuadas ni anticipar la demanda escolar.
En palabras de un actor clave entrevistado en El Salvador: “No existe un registro preciso de adolescentes retornados en el país. Los datos públicos sobre movilidad y exclusión educativa suelen ser incompletos o no reflejan la realidad.”
Esta ausencia de información tiene consecuencias prácticas. Las escuelas reciben estudiantes con trayectorias educativas interrumpidas, con necesidades pedagógicas específicas o con experiencias traumáticas asociadas a la migración, pero sin recursos suficientes para acompañarlos.
A ello se suma la rigidez administrativa. La exigencia de certificados escolares o pruebas de nivelación, la falta de programas de refuerzo y la escasez de apoyo psicosocial dificultan la reintegración escolar y aumentan el riesgo de abandono.
La educación como respuesta estructural
Pese al diagnóstico crítico, el informe insiste en que la educación puede convertirse en un motor de transformación social. Para ello propone reforzar el enfoque conocido como “triple nexo”, que conecta acción humanitaria, desarrollo y construcción de paz.
Esto implica, entre otras medidas, mejorar los sistemas de identificación de estudiantes en movilidad, ampliar modalidades educativas flexibles, reforzar el acompañamiento psicosocial y aumentar la financiación educativa. Actualmente,

