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La historiadora francesa Geneviève Dreyfus-Armand, referente en la investigación sobre el exilio español en el siglo XX, documenta en su ensayo El exilio de los republicanos españoles en Francia: de la Guerra Civil a la muerte de Franco (L’Exil des républicains espagnols en France, 1999), publicado en el año 2000 en castellano por la Editorial Crítica, cómo el gobierno francés de la Tercera República, escorado hacia posiciones conservadoras bajo el mandato de Édouard Daladier (1884-1970), temía importar la Guerra Civil Española a su propio territorio.
A principios de 1939, cerca de medio millón de ciudadanos españoles, casi la mitad combatientes del Ejército Popular y el resto población civil, cruzaron el paso fronterizo entre los dos países. Para evitar ese temido contagio ideológico, el gobierno francés decidió transformar playas vacías en prisiones al aire libre. Dreyfus-Armand describe así lo que se encontraban los españoles que llegaban a las playas de Argelès-sur-Mer, a poco más de treinta kilómetros de la ciudad de Portbou: «El campo no era más que una inmensa playa desierta, batida por los vientos, sin ninguna construcción, delimitada por alambradas y vigilada por tropas coloniales (senegaleses y spahis) y por la guardia móvil. […] Los refugiados tuvieron que dormir en el suelo, agujereando la arena para protegerse del frío y del viento. La falta de agua potable, de letrinas y de las más elementales condiciones higiénicas provocó epidemias de disentería, sarna y tifus. La mortalidad, sobre todo infantil, fue muy elevada en las primeras semanas».
Esta llegada masiva en apenas unas semanas, en gran parte indocumentada, alarmó a la policía francesa (la Sûreté Nationale) ante la posibilidad de que entre los refugiados hubiera espías franquistas o agentes provocadores infiltrados (la invisible Quinta Columna), que pudieran contribuir a desestabilizar la retaguardia francesa en caso de una futura guerra con Hitler. Esta inquietud se vio agravada por el hecho de que muchos refugiados cruzaron la frontera con sus fusiles, lo que los convertía a todos en bandidos en potencia. Las cabeceras de periódicos conservadores como L’Action Française (1908-1944) o Gringoire (1928-1944) aprovecharon para tildar a los refugiados de «hordas», «criminales», «saqueadores» y «portadores de una lepra ideológica» que amenazaba los valores tradicionales franceses.
También había una intencionalidad pensando más allá de sus fronteras: Francia quería evitar otra guerra a toda costa, aun con el recuerdo presente de los estragos de la Primera Guerra Mundial. Con ese miedo diplomático mal entendido, los dirigentes franceses podrían haber pensado que acoger demasiado bien a los republicanos se interpretaría como un acto de hostilidad hacia el nuevo régimen de Franco y sus aliados, Hitler y Mussolini. En cambio, tenerlos encerrados y sitiados podía dar un mensaje de tranquilidad a la España sublevada, reconociendo las dificultades que tendrían los republicanos exiliados para reorganizarse viviendo en tan dantescas condiciones.
Dreyfus-Armand subraya un cambio semántico en un instante clave que se produjo previamente, cuando el gobierno francés pasó oficialmente de llamarlos «Centros de Acogida» (Centres d’Accueil) a «Campos de Concentración» (Camps de Concentration) en documentos administrativos de la época (en concreto, en decretos del ministro del Interior Albert Sarraut, 1872-1962). Un término que entonces no tenía la connotación de exterminio nazi, pero que definía legalmente la privación de libertad y el hacinamiento forzoso de personas consideradas «indeseables». El Decreto-ley relativo a la situación y a la policía de extranjeros (Décret-loi relatif à la situation et à la police des étrangers) de fecha 12 de noviembre de 1938 crea una categoría nueva de personas: los «extranjeros indeseables» (étrangers indésirables), estableciendo que «cualquier extranjero que no pudiera ser repatriado a su país de origen, pero que fuera considerado un peligro para la seguridad nacional o el orden público, podía ser sometido a medidas de control especiales». Y, de nuevo, con el beneplácito de la prensa, el adjetivo «indeseables» se convirtió en un habitual en los titulares de los medios de la derecha.
El Decreto-Ley dotó de un marco legal a la construcción de los campos de concentración en las playas de Argelès, Saint-Cyprien y Gurs en el Roussillon francés. No eran exactamente prisiones, porque no se habían cometido delitos, aunque las salidas estuvieran controladas; eran centros de internamiento administrativo aparentemente temporal que, en la práctica, significaba vivir tras alambradas de espino sin haber sido juzgado, en ocasiones en situaciones muy precarias. En la playa de Argelès-sur-Mer, donde llegaron los primeros refugiados en las primeras semanas de 1939, no había nada, literalmente: ni barracones, ni letrinas, ni cocinas. Solo arena, agua salada y la alambrada en una playa desnuda.
El Decreto-Ley mencionado representó para los exiliados la antítesis del lema oficial de la República Francesa: «Liberté, Égalité, Fraternité». La Libertad (Liberté) esperada produjo una paradoja sobrevenida: los que huían del fascismo fueron encerrados por la democracia francesa. La Igualdad (Égalité) desapareció ante la etiqueta jurídica de indeseables, convirtiéndolos administrativamente en ciudadanos de segunda, tratados de forma deshumanizada. La Fraternidad (Fraternité) fue inexistente entre las dos repúblicas vecinas, al ser recibidos los recién llegados como una carga y una amenaza. Sin embargo, paradójicamente, el lema que nació durante la Revolución Francesa sí que tuvo un lugar donde se expresó en su máxima extensión en aquel fatídico año: en el interior de los campos de concentración, donde los republicanos españoles exiliados hicieron honor a esos principios, mostrando una solidaridad y una organización cívica que contribuyó a la supervivencia en todos los sentidos. Y ahora lo sabemos aún con más detalle por alguien que estuvo allí dentro todo ese tiempo.
El autor mallorquín Pau Rodríguez Jiménez-Bravo, que firma sus obras como Pau, descubrió en 1999, con veintisiete años, tras la muerte de su abuelo Vicente Jiménez-Bravo, que este había escrito un diario personal en los años cuarenta sobre sus vivencias transcurridas a lo largo de una década, entre 1936 y 1945; tres cuadernos manuscritos y una historia real que había permanecido oculta, incluso a sus familiares más directos. La politóloga Paloma Aguilar Fernández, profesora de la UNED, en su ensayo Memoria y olvido de la Guerra Civil española (1996), publicado por Alianza Editorial, afirmaba «cómo el miedo a la repetición de la guerra y la represión franquista crearon una ‘memoria’ que obligó a silenciar el pasado para legitimar la democracia (y proteger a las familias)», lo que explica el paso del «trauma» al «tabú». Ese pacto de silencio o «silencio de los vencidos» quizás autoimpuesto por la necesidad de convivir o, sencillamente, sobrevivir, hace que esos recuerdos sean revividos por una generación que nació después de que sucedieran los hechos y los rememora cuando sus protagonistas ya no están con nosotros.
Ese concepto de «posmemoria» fue acuñado por Marianne Hirsch en su libro Family Frames: Photography, Narrative, and Postmemory (1997). La investigadora estadounidense de origen rumano, profesora de la Columbia University, destacaba en su ensayo la importancia de los documentos familiares, como fotografías, cartas y diarios, para la preservación y dignificación de la memoria, en especial en momentos muy traumáticos con exilios forzados o pocas referencias periodísticas, de ahí la relevancia de que sean las siguientes generaciones las responsables de rescatar dichos documentos familiares.
Pau, un autor de cómics con una carrera consolidada, asumió esa responsabilidad cuando decidió que llevaría a término la representación en forma de novela gráfica de la historia escrita de su abuelo, Vicente Jiménez-Bravo, que con diecisiete años en 1936 decidió falsificar su edad para poder alistarse y luchar contra el ejército sublevado.
El resultado es la pentalogía Las cinco banderas, de las que hasta el momento se han editado dos volúmenes: Las cinco banderas 1. Liberté, égalité, fraternité (2023) y Las cinco banderas 2/5: Rebeldes con causa (2025), los dos editados en castellano y catalán, y los dos acompañados con un dossier complementario de 48 páginas con la documentación asociada al proceso de creación de la obra, fotografías familiares (incluyendo las de instantes narrados en el diario) y documentación gráfica de la época de diferentes fuentes.
Además, coincidiendo con la publicación de este segundo volumen, está disponible de forma gratuita en formato PDF una Guía didáctica de las cinco banderas(2025), escrita por el filósofo y formador Jorge Perales con el objetivo de ayudar a los docentes a utilizar el cómic como herramienta educativa. Todas estas ediciones están publicadas por la Editorial Escápula Cómics, creada en 2015 por el mismo autor que decidió, de forma empoderada, autopublicar su obra, tanto la nueva como la recuperación de su obra anterior, cosa que ha conseguido realizar con el tiempo y con la complicidad de los lectores, ya que una parte de las obras han salido adelante gracias a proyectos de micromecenazgo en la plataforma Verkami (el segundo volumen de Las cinco banderas es el proyecto de cómic en catalán más exitoso de la historia de la plataforma, y entre los más destacados en castellano).
Pau mantiene en la pentalogía su estilo característico de dibujar a sus personajes como animales antropomórficos, dotados de una gran expresividad, representados con un color que se va mimetizando con las escenas dibujadas, alternando las de la infancia del autor en color con las del período relatado por el protagonista, su abuelo, que, a su vez, realiza pequeños saltos retrospectivos, como su alistamiento, su entrenamiento o sus primeros escarceos en el combate. También con la pérdida de su inseparable hermano durante el combate (en realidad, desaparecido después de un bombardeo).
Hay que hacer constar que, a pesar de ser un diario, está escrito con posterioridad a los hechos, en el segundo lustro de los años cuarenta, se entiende que ya de vuelta en España. Eso, esperemos, lo veremos en los próximos años gracias a todos los lectores que le siguen apoyando, y no solo con la adquisición de las obras, sino a través de plataformas de membresía como Patreon, que le permite recibir apoyo financiero recurrente y sostenible a cambio de contenido exclusivo y ventajas especiales para sus seguidores. Si no ven ejemplares en las librerías no tienen excusa, la editorial dispone de su propia tienda virtual.
El título de la obra alude a las cinco banderas por las que transitó su protagonista durante la convulsa década comprendida entre 1936 y 1945: la bandera republicana de su país, la francesa como refugiado, la nazi durante la ocupación, la británica y, por último, la franquista a su regreso. Los dos primeros volúmenes resultan extremadamente intensos (por las penurias sufridas, las enfermedades y el maltrato generalizado). E intensamente detallados, muy bien documentados, del día a día en el campo de concentración de la playa de Argelès-sur-Mer, acabando este segundo volumen con miles de españoles trasladados en tren en pésimas condiciones hacia las minas de Les Lourdines, en el norte de Francia; en realidad una cantera subterránea de roca calcárea, muy apreciada en arquitectura, pues muchos edificios públicos están construidos de piedras de estas canteras. Ahora sabemos, una vez más, que algunas de esas piedras las recogieron las manos de republicanos trabajando en unas condiciones deplorables. Y lo sabemos gracias a la iniciativa privada de uno de sus nietos, empeñado en una tarea titánica de dignificar la memoria histórica… y no solo la de su abuelo.



