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Durante los últimos años ha crecido notablemente la producción de libros y recursos relacionados con el parto, la lactancia y la crianza. Este fenómeno ha tenido efectos positivos, como una mayor seguridad inicial de las familias ante etapas vitales desconocidas. Sin embargo, también ha generado una falsa sensación de control y la creencia de que estos materiales pueden convertirse en manuales rígidos e incuestionables.
De la seguridad a la hiperexigencia en la crianza
Como consecuencia, muchas familias han asumido, sin ser conscientes, una multiplicidad de roles simultáneos y difíciles de desempeñar al mismo tiempo: padres, amigos, docentes, terapeutas y supervisores permanentes de la vida emocional de sus hijos.
Expertos en atención temprana ya venían advirtiendo de este desplazamiento de roles, cuando el cuidado constante comenzaba a relegar funciones esenciales como el apego seguro y el juego libre, fundamentales para el desarrollo integral de la infancia.
La sociedad tiende a buscar responsables para aliviar la culpa individual. De este modo, se construyen discursos que etiquetan a los jóvenes de hoy como “generación de cristal”, como si la fecha de nacimiento determinara de forma innata la fragilidad emocional. Las familias señalan a la educación de estar obsoleta o ser excesivamente moderna; el profesorado, a su vez, observa dinámicas familiares marcadas por la hipercompensación afectiva a las ausencias obligadas —en muchos casos por motivos laborales— y la dificultad para establecer límites claros.
La cuestión es que los cimientos se tambalean de manera casi imperceptible como para que no nos demos cuenta de que este ecosistema está fallando en todas sus escalas. El sistema educativo y familiar no colapsa de forma visible, pero sí se resiente lo suficiente como para generar fracturas profundas que dificultan el entendimiento y la coordinación entre sus agentes.
“Familias telaraña”: cuando la hiperpresencia limita la autonomía emocional
En este punto es donde la red se convierte en trampa. A este patrón relacional lo he denominado “familias telaraña”: estructuras familiares que, desde una intención protectora, generan dinámicas de hiperpresencia adulta que limitan la autonomía emocional del alumnado. La supervisión constante, la dificultad para tolerar el error y la necesidad de control continuo terminan inmovilizando procesos esenciales como la toma de decisiones, la autorregulación y el conflicto sano.
El aumento de las tensiones entre centros educativos y familias evidencia que ni la ausencia ni la hiperpresencia constituyen una respuesta adecuada, y que ambos necesitan revisar sus formas de acompañamiento.
Identificar estas dinámicas telaraña no siempre resulta sencillo, puesto que suelen esconderse bajo actitudes valoradas socialmente de manera positiva: disponibilidad constante, comunicación continua con el centro educativo, participación e implicación en sus actividades y salidas, entre otras formas de presencia igual de bien consideradas. Comprenderlas exige observar los detalles cotidianos para analizar qué ajustes pueden realizarse y así facilitar una presencia más saludable.
Acompañar sin invadir: el equilibrio entre familia y escuela
Alejarse de los comportamientos descritos y adoptar una actitud distante no es la solución, sino revisar y graduar la forma en que se acompaña. Un acompañamiento saludable consiste en confiar en los tiempos educativos y en sus profesionales. Esto no implica la ausencia de desacuerdos o incomodidades, sino abordarlos desde un lugar amable que invite al diálogo con una actitud abierta y flexible.
Dicho acompañamiento debe venir marcado por la aceptación del error como parte del proceso de aprendizaje permitiendo que el niño o la niña afronte la frustración y conflictos cotidianos—referidos a sí mismo y a su entorno— sin una intervención inmediata. Esta autonomía potencia la toma progresiva de decisiones acordes a su edad y desarrolla las habilidades necesarias para afrontar su vida adulta personal, social y laboral.
Escuchar sin resolver de forma automática sus problemas, no anticiparse a desastres a menudo magnificados y validar las emociones sin eliminar el malestar necesario son ajustes sencillos que fortalecen la autonomía emocional y preparan al niño o la niña para relacionarse consigo mismo y con los demás desde la seguridad, la tranquilidad y el respeto.
Desde el contexto escolar, acompañar a estas familias implica valorar su implicación emocional, pero también construir marcos claros en los que los límites y los roles estén bien definidos. La comunicación con las familias resulta fundamental para complementar el trabajo de la escuela y, por ello, debe transmitir seguridad en sus criterios pedagógicos y emocionales. Desde esta confianza mutua, las familias perciben coherencia en las decisiones, se reduce la necesidad de supervisión constante y se favorece un clima de corresponsabilidad educativa.
Llegado a este punto, es necesario plantearse si tal vez el verdadero reto educativo del presente no sea añadir más protocolos o burocracia, sino aprender a identificar estas telarañas invisibles que, bajo la apariencia de cuidado, terminan atrapando el desarrollo emocional de la infancia.


