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Juan Carlos Yáñez

Islas felices en archipiélagos precarios Juan Carlos Yáñez

El cambio solo es posible sí y solo sí se concreta en las escuelas, en los salones de clases, en las actividades de enseñanza y aprendizaje que vitalizan las relaciones humanas.

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Fotografía: Juan Carlos Yáñez

Hace muchos años leí en un libro de Rafaelle Simone (Ideas para el gobierno: la universidad, Losada, 2004), que no hay islas felices en archipiélagos de tristeza. La idea resulta atractiva y transité estos años argumentándola como una especie de pista para comprender las posibilidades de la escuela en su contexto, especialmente en condiciones precarias, que suelen ser las más habituales de muchísimas escuelas en México y Latinoamérica.

La imagen funciona como dique (por lo menos analítico) frente a los embates que fustigan a la escuela porque sus resultados, medidos en pruebas nacionales e internacionales, no reflejan avances prodigiosos o indicadores espectaculares. No viene al caso citar los datos del PISA (Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes) para ilustrar o recordar las posiciones de los latinoamericanos.

La idea también sirve, en alguna medida, para argumentar que esas mismas sociedades siguen presas de fenómenos lacerantes que rodean a la escuela, la condicionan por múltiples vías y son marco de comportamientos globales desalentadores: la corrupción en nuestros países alcanza dimensiones inconmensurables; los aparatos de justicia legalizan las injusticias y son blandengues antes los poderes fácticos y oficiales; la violencia se ensaña inmisericorde; la pobreza y el hambre son inquilinas hospedadas al lado de millones y millones de ciudadanos, especialmente de los más pequeños.

En esos archipiélagos de violencia, hambre, injusticia e impunidad la escuela es un pequeño islote, o tal vez una balsa de piedra, como la de José Saramago, que difícilmente puede navegar con su propio rumbo, pero late. Porque la escuela representa antídoto contra la fatalidad es posible encontrar aquí y allá ejemplos reconfortantes, experiencias que logran, en mayor o menor medida, convertirla en el corazón de sus comunidades, nido donde los ciudadanos más tiernos fortalecen las alas de su libertad y esperanza.

En el periplo por las escuelas de mi estado (Colima, México) para la escritura de un libro, voy encontrando pepitas de oro: mujeres, en mayores proporciones, que forjan una escuela palpitante, que sonríe a pesar de la adversidad en sus entornos. Buenos ejemplos como habrá miles en el país, de centros escolares donde maestros y educadoras entregan parte de su vida y toda la militancia pedagógica para enseñar materias, valores y virtudes, que permiten afirmar, contra aquella idea de Simone, que la alegría es posible aún en las condiciones de tristeza y precariedad que rondan los edificios escolares.

Fotografía: Juan Carlos Yáñez

Las escuelas como islas felices pueden ocurrir no por azar o sorteo divino; en su emergencia concurren varios factores: un equipo docente que, a veces, son dos maestros nada más, en escuelas bidocentes, que de las debilidades hacen virtud, porque en grupos reducidos propician sinergias poderosas; sin un equipo comprometido y compacto, liderado con sensibilidad, no hay buena escuela. Pero no es suficiente, si en casa madres y padres no se comprometen en una tarea formativa también suya, la de apoyar, corregir, impulsar, sancionar cuando es debido, acompañar y aliarse con los maestros. Sumemos el equipo técnico que cobije a la escuela, como los supervisores, apoyatura imprescindible cuando se asumen como aliados y no como superiores, ni como burócratas a la orden de las estructuras administrativas; en conjunto, todo se potencia si afuera, en la sociedad, aparecen o se vinculan con la escuela colaboradores desinteresados, comprometidos socialmente: una empresa instalada en la comunidad, una fundación altruista, una organización ciudadana.

En las escuelas que voy peregrinando existen este tipo de instancias. En algunas apoyan a subsanar carencias materiales, donan equipo de cómputo, reparan la cocina donde se preparan los alimentos para los niños, imparten clases de inglés, construyen un baño digno, pintan las paredes, adornan con motivos alegres. En otras, prestan sus instalaciones para que los niños tomen clases de computación con maestro pagado por la empresa.

Hay ejemplos de una dignidad y valor incalculables, como sucede en la Escuela Primaria Multigrado José María Morelos, en Nogueras (Comala, Colima, México), donde una fundación privada revivió un proyecto que alberga en sus instalaciones, gratuitamente, a los niños de los tres grupos para darles clases por la mañana de una materia que integra danza, expresión corporal, música, instrumentos originarios, y por la tarde, pintura.

Son estos ejemplos, afortunadas excepciones, alentadores para creer que otra escuela es posible si no se le abandona, si desde ella emergen iniciativas que rompan inercias y comprometan a las familias y los niños.

Hoy, que en México se dirime una parte del futuro mediato de la educación con la discusión de las leyes en la materia, queda más claro que nunca y con palmarias evidencias: el cambio solo es posible sí y solo sí se concreta en las escuelas, en los salones de clases, en las actividades de enseñanza y aprendizaje que vitalizan las relaciones humanas. Lo demás puede modificarse con cada gobierno pero, sin aterrizar en el corazón de la escuela, es letra muerta.

Fotografía: Juan Carlos Yáñez

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