Hablar hoy de educación y compromiso social no es una opción ideológica entre otras posibles, es una necesidad democrática. En un contexto marcado por el avance de la desigualdad y políticas ultraconservadoras, la mercantilización de lo público y la banalización del conocimiento y la ciencia, resulta imprescindible recuperar una idea fundamental que con demasiada frecuencia se intenta neutralizar: la educación es política. No partidista, pero sí profundamente política, porque se sitúa en el centro de las decisiones sobre qué sociedad queremos construir, qué elementos culturales y valores la sustentan, a quién incluye y a quién deja fuera.
Desde ‘Por Otra Política Educativa. Foro de Sevilla’, defendemos hace tiempo que la educación no puede reducirse a una política de gestión ni a un conjunto de técnicas de mejora del rendimiento. La educación es un proyecto ético y social que afecta a la justicia, a la democracia y a la cohesión social. Y, por tanto, exige posicionamiento.
La educación es política, aunque se declare neutral
Uno de los discursos más persistentes en las últimas décadas ha sido el de la supuesta neutralidad de la educación. Se afirma que la escuela debe limitarse a transmitir conocimientos “objetivos”, dejando fuera valores, conflictos sociales o posicionamientos críticos. Sin embargo, esta neutralidad es una ficción, ya que toda educación transmite una visión del mundo, aunque no se declare explícitamente. La escuela es una institución en disputa. El despliegue de sus funciones no es algo neutral, está atravesado por intereses. Identificarlos y actuar con criterios éticos es, sencillamente, de justicia.
Cuando se prioriza la competencia individual frente a la cooperación, cuando se concibe al alumnado como capital humano y no como ciudadanía en formación, cuando se evalúa exclusivamente lo medible y se invisibiliza lo ético, lo social o lo emocional, se está haciendo política social y educativa. Una política alineada, en muchos casos, con una lógica neoliberal que convierte la educación en un servicio y no en un derecho.
De la neutralidad al derecho: escuela pública, justicia social y marcos democráticos
Reconocer que la educación es política no significa adoctrinar, sino hacer explícitos los marcos desde los que educamos, abrirlos al debate y someterlos a una reflexión colectiva y democrática.
La justicia social en educación no se logra con discursos meritocráticos ni con rankings, sino con políticas redistributivas, con apoyo a los contextos más vulnerables y con una concepción de la diversidad desde la alteridad, como riqueza y no bajo la mirada del etnocentrismo imperante.
Por tanto, el compromiso social de la educación se concreta, en primer lugar, en la defensa de una escuela pública fuerte, inclusiva y democrática. No una escuela pública residual o asistencial, sino una institución central en la construcción de igualdad de oportunidades reales y de ciudadanía crítica y comprometida social y políticamente con la justicia social, los derechos humanos y el bien común.
Desde nuestra asociación llevamos tiempo insistiendo, publicando y reflexionando sobre la necesidad de que las políticas educativas deben orientarse a combatir la segregación escolar, la desigualdad territorial y la precarización del profesorado. No puede haber educación comprometida socialmente si se normaliza que los centros escolares funcionen con recursos insuficientes o que el profesorado trabaje en condiciones de sobrecarga, burocratización y desprofesionalización.
Democracia vivida en la escuela
Educar es siempre educar para un tipo de sociedad. Por ello, una educación con compromiso social ha de orientarse a la democracia, entendida no solo como sistema político, sino como forma de convivencia basada en la participación, el diálogo y el reconocimiento del otro.
Esto implica que la institución educativa sea un espacio donde se practique la democracia, donde el alumnado tenga voz y participación efectiva, donde se aborden los problemas sociales contemporáneos, donde se fomente el pensamiento crítico y la capacidad de cuestionar todas las injusticias. No se trata de transmitir consignas, sino de enseñar a pensar, a deliberar y a comprometerse.
Docencia como profesión crítica y condiciones para sostenerla
En este marco, el profesorado no puede ser reducido a mero aplicador de reformas o de currículos prescritos, ni tampoco reducido a técnico ejecutor de estrategias producidas externamente bajo una lógica prescriptiva que, en nombre de la “evidencia”, corre el riesgo de desprofesionalizar la práctica docente. Siguiendo una tradición pedagógica crítica, defendemos al docente como intelectual crítico y reflexivo, como profesional que reflexiona sobre su práctica, que interpreta el contexto y que toma decisiones pedagógicas con conciencia ética y social para educar para un mundo mejor.
Ello comporta que la formación docente, inicial y permanente, debe favorecer esta dimensión crítica y no limitarse a la adquisición de técnicas o metodologías descontextualizadas. Formar docentes comprometidos socialmente implica trabajar la comprensión de las políticas educativas, de las desigualdades sociales y de los conflictos que atraviesan la institución educativa y la sociedad.
Como hemos sostenido en diversos trabajos, no hay innovación educativa sin transformación de las condiciones institucionales. Exigir compromiso social al profesorado sin ofrecer tiempos y espacios de reflexión colectiva y apoyo institucional es una contradicción que termina generando frustración y desgaste.
Educar es tomar partido: responsabilidad social y horizonte emancipador
En tiempos de incertidumbre, en momentos de modas pedagógicas despolitizadas, de discursos simplificadores y antipedagógicos, reivindicar que la educación es política y que debe estar al servicio del compromiso social por un mundo más justo y mejor como un acto de necesidad y de responsabilidad profesional y social. No solo del profesorado, sino también de las administraciones (difícil en una época de gobiernos autonómicos con políticas conservadoras o ultraconservadoras), de las universidades, de los movimientos y asociaciones sociales y de la ciudadanía en su conjunto. Y no podemos hacer recaer en la escuela toda la carga del futuro y de la socialización de las nuevas generaciones. Las redes sociales, los medios de comunicación, los influencers y youtubers, la sociedad en su conjunto tiene también responsabilidad en la socialización de las nuevas generaciones, pues les está educando políticamente con los referentes que les presenta, con los modelos de éxito social que les propone, con aquello que valora y aquello que margina o ignora.
Defendemos una educación que no renuncie a su función emancipadora y transformadora en pos de la justicia social y el bien común. Una educación que forme personas capaces de comprender el mundo para transformarlo, y no solo para adaptarse al capitalismo, cuya esencia es que unos pocos se apropien y expolien los recursos de la mayoría, como expone este último informe de la ONG Oxfam Intermón (2025)(1).
Porque educar es tomar partido. Siempre. Aunque se pretenda ocultar bajo un lenguaje técnico, bajo la neutralidad discursiva y curricular o bajo la supuesta objetividad de los indicadores. Se toma partido cuando se educa para la obediencia o para la autonomía, cuando se fomenta la competencia individual o la cooperación solidaria, cuando se naturalizan las desigualdades o se las convierte en objeto de análisis crítico.
Se toma partido por la democracia o por la reproducción de las desigualdades; por la justicia social o por la indiferencia; por una ciudadanía activa o por sujetos dóciles que aceptan sin cuestionar el orden existente. Incluso la renuncia a posicionarse, el silencio ante la injusticia o la reducción de la educación a mera instrucción técnica constituyen, en sí mismos, una opción política.
Por ello, reivindicar una educación comprometida socialmente no es un gesto retórico ni una consigna ideológica, sino una exigencia ética y profesional. Supone asumir que la educación tiene la responsabilidad de contribuir a la construcción de una sociedad más justa, más democrática y más humana. Una educación que no se limite a preparar para el mercado, sino que forme para la vida en común, para el pensamiento crítico y para la transformación social. Porque no tomar partido, también es, inevitablemente, una forma de hacerlo.
(1) Oxfam Intermón (2025): Vivir la desigualdad 2025. https://www.oxfamintermon.org/es/publicacion/2-encuesta-vivir-la-desigualdad
(*) La imagen inicial es del artista japonés Tetsuya Ishida (1973-2005), perteneciente a la exposición «Ishida. Autorretrato de otro», organizada por el Museo Reina Sofía. Puedes descargarte el catálogo de la exposición. ⬆️

