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La importancia de los espacios escolares, así como del mobiliario que se utiliza en las aulas y su colocación son cosas que hoy están a la orden del día cuando se habla de cambio educativo, de innovación, de estar a la penúltima.

En 1918 se abría en Madrid el grupo escolar Cervantes. Su director, Ángel Llorca, fue el responsable de que este centro se convirtiera en un lugar de referencia internacional al hablar de renovación pedagógica, de técnicas punteras. Él, así como tres compañeros más, dos en Barcelona y uno en Madrid fueron los encargados de poner en marcha sendos centros educativos de “ensayo y reforma”, en los que se aplicarían todo tipo de innovaciones con el fin de poner a la educación española en el punto de mira.

Gracias a esta iniciativa, Llorca pudo tomar decisiones sobre el edificio que albergaría “su” colegio. En vez de pasillos habría grandes galerías en las que los niños y las niñas pudieran estar, descansar, charlar. Habría azoteas para tomar “baños de sol” para prevenir el raquitismo. Tendrían duchas y hasta una piscina cubierta.

Azotea del Cervantes. Los niños se dan baños de sol para evitar el raquitismo. / Foto: Fundación Ángel Llorca

Por insistencia de este maestro, los niños construirían parte del mobiliario del colegio. entre 1921 y 1926, con la ayuda de un carpintero del barrio, consiguieron deshacerse de los bancos y sillas habituales, “antipedagógicos” para Ángel Llorca, a cambio de grandes mesas en las que trabajar en grupo, con cajones, transformables en minutos en auténticos laboratorios.

El Cervantes sería un colegio de línea 1, en uno de los barrios menos alfabetizados de Madrid, en el que docentes y alumnado se conocían y trabajaban juntos. Los docentes, con el papel ya entonces, de convertirse más en guías del conocimiento que en meros transmisores. Un colegio en el que primaba el método socrático y el trabajo por proyectos. Docentes elegidos por Llorca mediante el patronato que regía el centro y que, entre cuyas obsesiones, tenían la de la formación cooperativas, unos con otros. Prácticamente investigando al día efectos y causas de lo que hacían a diario. Por no hablar de algunos viajes al extranjero gracias a la Junta de Ampliación de Estudios.

Un centro con horario extendido de 9 a 21; que guardaba espacios y tiempos para el juego, para la charla, además de para las asignaturas. También con tiempo para la formación de las familias, una de las obsesiones de Ángel Llorca. Al punto de que el barrio pasó de tener un índice altísimo de analfabetismo a convertirse en el segundo barrio más alfabetizado de la ciudad.

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Todos los jueves, y por temporadas también los sábados, se desarrollaban veladas con familias, alumnado y parte del profesorado. Asistían médicos, artistas o los propios profesores. Y allí se hablaba de cultura, de higiene o de salud. Se escuchaba música o se veían películas.

Un centro con dos bibliotecas. Una a la que tenían acceso alumnado y familias para hacer uso de los libros. Otra móvil, que utilizaban niñas y niños para los proyectos que desarrollaban en las aulas, de las que sacaban la información necesaria.

Trabajos escolares del Cervantes.

Que los jóvenes del barrio consiguieran la mejor preparación posible era el objetivo. Tras la culminación de los estudios primarios, tanto Llorca como los docentes hacían lo posible para que el alumnado pudiera conseguir un empleo en los talleres del barrio. Pero no solo. Para aquellos que tenían posibilidades de continuar hacia el Bachillerato pero no dinero para la matrícula existía la posibilidad de que permaneciesen en el centro dos años más. Durante este tiempo, y guiados por el propio Llorca, diseñaban mensualmente sus planes de estudios, que revisaban pasado ese tiempo. El objetivo, presentarse por libre al título.

Niñas y niños pasaron, gracias al trabajo de este maestro (y de las personas, como Justa Freire, que trabajaron con él codo a codo), a ser el centro, el eje de la acción del centro educativo.

Fueron años de gran esfuerzo innovador. Un esfuerzo que aumentó una vez llegada la República. Desde el principio Llorca formó parte del patronato de las  Misiones Pedagógicos. Como nos cuenta José Luis Gordo, presidente de la Fundación Ángel Llorca y con quien visitamos una exposición que conmemora la labor de este maestro, un proyecto que ya él había propuesto en 1909 pero que hubo de esperar hasta el 31 para ponerse en marcha. Un nuevo paso en la culminación de llevar a los pueblos educación y cultura para el mejoramiento de la vida de sus poblaciones.

Años, también, en los que el Cervantes vio cómo cambiaba casi toda su plantilla rápidamente. La mayor parte del elenco del centro tenía claro que tenían una responsabilidad en la expansión y creación de nuevos proyectos similares. Por eso se presentaron a las oposiciones para la dirección de grupos escolares. Muchos de ellos fueron directores.

Docentes y alumnos del Cervantes en una de las aulas cuyo mobiliario diseñaron y fabricaron allí. / Fotografía: Fundación Ángel Llorca
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Y las y los jóvenes que entraron en el Cervantes lo hicieron con el proyecto de profesor-alumno. Todavía eran estudiantes y durante dos años tenían que compaginar sus estudios con su trabajo en el centro. Formación teórica y práctica de dos años al mismo tiempo. Después, si había evaluación positiva, serían nombrados funcionarios.

Si algo enseña el pasado, insistentemente, es que no hay nada nuevo bajo el sol. Lo que llamamos innovación, o participación de las familias, MIR docente, uso pedagógico de los espacios, importancia del mobiliario, formación entre iguales, cooperación… lleva más de 100 años ahí, esperando a ser recuperado.

Una semana después del estallido de la Guerra Civil, el 25 de julio del 36, Ángel Llorca se jubila. Al poco, el Gobierno republicano pide a las y los maestros que queden en la cuidad que abran los colegios para atender a toda la infancia que se encuentran desatendidos en las calles de la ciudad. Montan residencias infantiles para atender a niñas y niños.

Lo harán hasta noviembre, momento en el que el Gobierno decide cerrar los grupos escolares. Entonces, junto a otros intelectuales y artistas como Machado, es enviado a Valencia. Allí, lo primero, tendrá que “colocar” a 200 niños y niñas del Cervantes y del Alfredo Calderón. Entonces, crean comunidades familiares de educación para atender a los menores. Este será el germen de las colonias para la infancia evacuada levantadas por todo Levante. Estas colonias se cerrarán en el 39.

Ángel Llorca fue un hombre de grandes méritos. Entre los últimos e involuntarios, ser el autor más censurado por el Ministerio de Educación tras la guerra. Ya lo había sido alguno de sus escritos en los años 10 por ser “excesivamente materialista”. Además, una vez jubilado, fue cesado como director y fue depurado de la profesión docente. José Luis Gordo aventura que los motivos, además de para quitarle la pensión de jubilación, podrían pasar por humillarle. No lo sufrió mucho tiempo. en 1942 falleció.

Ahora, el Ayuntamiento de Madrid, junto a la Fundación Ángel Llorca ha organizado una exposición que conmemora la trayectoria de este maestro que aún hoy nos da que pensar sobre las innovaciones posibles: tiempos, espacios, metodologías que ponen al alumnado en el centro.

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Hasta el 24 de abril la exposición estará en el Centro Cultural Galileo en Madrid. Tiene previsto viajar también a la Universidad Autónoma de Madrid, también a la escuela de verano de Acción Educativa y, al menos, al pueblo donde nació este maestro, Orxeta (Alicante).

Una exposición que recoge toda su trayectoria, así como la de algunas y algunos de los maestros que le acompañaron en esta aventura. Y que se completa con trabajos escolares de alumnos del Cervantes, primeras ediciones de libros de Ángel Llorca, todo tipo de objetos conservados por la familia de Justa Freire o documentos de grupo escolar.

Una oportunidad para darse una vuelta por un pasado muy presente.

 

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