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El pasado 8 de abril se conmemoró el Día Internacional del Pueblo Gitano, una fecha que no solo invita a la celebración de la cultura, la historia y la identidad del pueblo gitano, sino que también nos interpela como sociedad sobre las desigualdades persistentes que siguen marcando su realidad. Entre ellas, la educación ocupa un lugar central.
Hablar de la educación del pueblo gitano no puede hacerse desde la neutralidad aparente de los datos ni desde discursos simplistas que atribuyen las dificultades a factores individuales o culturales. Es imprescindible situar el análisis en una perspectiva histórica y estructural. El pueblo gitano ha sido, durante siglos, objeto de persecución, exclusión y políticas asimilacionistas que han negado su identidad y han limitado sus oportunidades de desarrollo. Esta historia no es un telón de fondo lejano, sigue teniendo efectos concretos en el presente. De hecho, el antigitanismo sigue siendo en la actualidad el principal obstáculo al que se enfrenta esta comunidad para mejorar su situación social y educativa.
«El antigitanismo sigue siendo en la actualidad el principal obstáculo al que se enfrenta esta comunidad»
La escuela, que debería ser un espacio de equidad y reconocimiento, sigue reproduciendo en demasiadas ocasiones las lógicas de exclusión. Durante décadas, el alumnado gitano ha sido segregado, de forma explícita o encubierta, etiquetado desde el déficit y situado en itinerarios de baja expectativa. No se trata solo de acceso, sino de permanencia, éxito y, sobre todo, de sentido. ¿Qué significa para un niño o una niña gitana habitar una escuela que no reconoce su cultura, su lengua, sus referentes ni sus formas de relación?
El problema no es la “falta de adaptación” del alumnado gitano a la escuela, sino la escasa capacidad del sistema educativo para transformarse y acoger la diversidad como un valor. Persisten prácticas pedagógicas homogeneizadoras, currículos cerrados y una formación docente insuficiente para trabajar desde una perspectiva intercultural crítica y antirracista. La diferencia se convierte así en desigualdad.
Experiencias positivas
Sin embargo, también sería injusto no reconocer los avances. En las últimas décadas, se ha producido una mejora significativa en la escolarización del alumnado gitano, especialmente en las etapas obligatorias.
Existen experiencias educativas valiosas que demuestran que otra escuela es posible, centros que trabajan con la comunidad, que generan vínculos de confianza, que incorporan referentes gitanos y gitanas y que apuestan por metodologías que de verdad son inclusivas y participativas.
«Cuando la escuela se abre, escucha, dialoga y reconoce, el aprendizaje florece»
Estas experiencias nos enseñan algo fundamental, cuando la escuela se abre, escucha, dialoga y reconoce, el aprendizaje florece. Cuando se construyen puentes con las familias y se superan los prejuicios, emergen trayectorias educativas exitosas que rompen con los estereotipos.
El reto, por tanto, no es menor. No basta con “incluir” al alumnado gitano en un sistema que permanece inalterado. Es necesario repensar la escuela desde sus cimientos, revisar el currículo, transformar las prácticas docentes, cuestionar las expectativas y, sobre todo, combatir el antigitanismo que aún persiste, a veces de forma sutil, en las instituciones educativas.
La educación tiene un papel clave en la construcción de una sociedad más justa, pero solo podrá desempeñarlo si se reconoce a sí misma como parte del problema y como parte de la solución. Esto implica asumir una responsabilidad ética y política, o sea garantizar no solo el acceso, sino el derecho a una educación digna, relevante y culturalmente respetuosa y relevante para el pueblo gitano.
El Día Internacional del Pueblo Gitano no debería ser solo una efeméride simbólica. Debería ser un punto de inflexión que nos obligue a mirar de frente una realidad incómoda y a actuar en consecuencia. Porque hablar de educación y pueblo gitano es, en el fondo, hablar del tipo de sociedad que queremos ser y tener.

1 comentario
Me ha encantado el artículo y participo de las esperanzas que se fundan en hechos. Sin embargo, el pueblo gitano y sus culturas han buscado canales alternativos de socialización, distintos de lo que Enguita y casi toda la sociología de la educación llamó la «escuela paya». Tanto la iniciación en la vida adulta a través de las iglesias evangélicas, como los rituales de paso unidos a las artes gitanas (no solo el flamenco, aunque sea pluriversal) siguen reconociendo y valorando su propio capital cultural con valores distintos a la meritocracia en la escuela blanca (mejor que paya) en una sociedad racializada. La gente gitana encerrada en guetos ocupa el mismo espacio que la población migrada afrodescendiente o magrebí, pero es tratada como casta ineducable, a la que se echa de la enseñanza secundaria desde la primera evaluación de 1.º ESO. No se puede ni se debe camuflar esa realidad con simulacros. El kalipén sigue siendo el lugar del mestizaje (kaló, kalé, kalí significa «negro», el lugar de la negritud), como lo fue con las personas afrodescendientes y el pueblo morisco desde hace siglos. El encuentro posible y real tendría que darse en centros de educación social inclusiva que volvieran el mundo del revés, con unas reglas que permitieran la fiesta y los actos sociales cada día, que reunieran a todas las clases sociales y todas las culturas en un currículum plurilingüe, multicultural y ecosocial. No queremos ver el espejo esperpéntico con que se refleja la escuela blanca, mientras intenta disciplinar a base de amonestaciones y expulsiones en cadena a adolescentes que solo quieren celebrar la vida. Una escuela donde la IA alucinaría con la creatividad humana. Eso sí que sería una alternativa viable.