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Lo conocí cuando estaba a punto de cumplir dieciséis años. Su aspecto, sin embargo, era aún el de un niño que todavía no elige su propia ropa. Me correspondía ser su tutora, así que enseguida se me informó de su déficit de atención. En su caso, a diferencia de otros, el trastorno no iba asociado a la hiperactividad; al contrario, se quedaba absorto con la mirada fija en cualquier no lugar, donde probablemente se encontraba con algún territorio de su mundo interior mucho más interesante para él que cualquier cosa que yo pudiera contarle. A medida que nos íbamos conociendo, me parecía muy probable que hubiese algo más no diagnosticado, pero no tengo ningún título médico ni soy licenciada en Psicología. Muy pronto me dijo que le interesaba el universo.
Poco después, en la clase de Lengua, les propuse un proyecto que consistía en un diario de viajes en el tiempo. La primera parte de este trabajo implicaba inventar a un alter ego, un otro al que darían voz y que podían diseñar a su gusto, tanto en el aspecto físico como en la forma de vida y en la personalidad. El objetivo de esta primera tarea era trabajar la descripción subjetiva, pero él apenas anotó un par de líneas para definir a su personaje. El resto de la hoja en seguida se deslizó hacia el epicentro de su interés, orbitando durante varias líneas para explicarme lo que eran las supernovas y los agujeros negros.
Otro día, durante una sesión de tutoría, le transmití al grupo mi preocupación por los frecuentes retrasos que se estaban produciendo. Me impuse la ingrata tarea de adoptar algunas medidas con los más reincidentes. Él no estaba entre ellos, pero insistió en preguntarme cuántos retrasos acumulaba en el mes y medio que llevábamos de curso. Solo uno, no te preocupes. Aparqué el asunto y continué con una actividad grupal, pero el gesto de M. seguía torcido, su mirada aterrizada en ese otro universo al que nadie más tiene acceso. ¿Qué te pasa, M.? Me miró muy serio. ¿Y si llego tarde alguna otra vez? Le quité hierro al asunto, insistiendo en que a todos nos puede surgir un imprevisto en alguna ocasión, y en que las sanciones eran solo para aquellos impuntuales recalcitrantes que acumulaban decenas de retrasos. Me parecía que con eso quedaba zanjado el asunto. Ya, pero ¿y si llego tarde algunas veces más, y se me acumulan? / No te preocupes, de verdad. / Es que si mañana llegase tarde, ya tendría dos retrasos acumulados. / En serio, M., está todo bien. Pero él estaba preocupado, y solo logré apartar de su universo mental la preocupación de ser sancionado cuando me inventé algo como que los retrasos desaparecían después de quince días de demostrada puntualidad.
El déficit no es solo tuyo, es de todo el sistema, creado —en teoría— para atenderte
Algunas semanas después, M. quiso hablar conmigo sobre las clases de Biología. El profesor era horrible, él no entendía nada, no podía estudiar para el examen porque no tenía absolutamente nada apuntado en su cuaderno, ¡iba tan rápido! Era imposible, imposible, imposible. Qué horror, qué desesperación, así no había quien aprendiese nada. Intenté calmarlo, pero lo vi alejarse por el pasillo, desplegando un rosario de lamentos escolares que dejé marchar con la impotencia de quien intenta retener la arena de la playa entre los dedos. Por la tarde, me escribió su madre, preocupada.
El profesor en cuestión había llegado con el curso empezado. Estaba sustituyendo a una compañera de baja por una intervención. Lo primero que hice al día siguiente fue hablar con él. Pero si no hace nada en clase, me dijo. Se sienta en la última fila y se pasa la hora entera a lo suyo. Imaginé a M. sentado al fondo del aula, atravesando la galaxia a bordo de un cohete espacial desde el que podía observar con perspectiva privilegiada la cola de un cometa o una explosión estelar. ¿En la última fila? No, no, este chico necesita estar más cerca de ti. Mi compañero, dada su incorporación tardía, no sabía nada del déficit de atención de M. Le hablé un poco más de él, de todo aquello que, al menos a mis ojos, lo hacía diferente. Eso cambia las cosas, me dijo. Tomaré medidas. Supongo que si padeces un déficit de atención, lo que necesitas, precisamente, es que te atiendan más. El déficit no es solo tuyo, es de todo el sistema, creado —en teoría— para atenderte.
En mi papel de tutora, volví a hablar con M. y con su madre, intentando transmitirles la conversación con mi compañero y cierta tranquilidad. Yo misma, sin embargo, tenía muchas dudas sobre las posibilidades de éxito de mi colega, que se enfrentaba a una asignatura optativa con más de treinta alumnos procedentes de distintos grupos, entre los cuales podía haber muchos otros viajeros espaciales, por mucho que a mí M. me pareciera único.
Semanas después, cuando se acercaban las vacaciones de Navidad, encontré a mi alumno muy compungido. Pensé que estaba preocupado por las notas. ¿Qué te pasa, M.?, le pregunté. Parecía al borde de las lágrimas. Pero además, rabioso: Por qué, por qué, a ver… es que no lo entiendo. Y daba puntapiés a la pata de la mesa. ¿Por qué qué? / ¿Por qué se tiene que marchar ahora mi profesor favorito? Yo no entendía nada. ¿Quién se marcha?
A lo mejor ya lo has adivinado: muchas sustituciones terminan antes de que acabe el año.
¿Ahora es tu profesor favorito? / ¡Claro! ¡Me está ayudando tanto! Y me miró fijamente: Dime qué vamos a hacer para que no se vaya. Hundo la mano en la arena sabiendo que se me escurrirá entre los dedos.


