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Los efectos más altos de la bajada de ratios, que los hay, se producen sobre el bienestar del profesorado y de las familias. Aún así, el informe elaborado por EsadeEcPol Clases más pequeñas, impactos limitados para inversiones elevadas, insiste en que no son significativos y que existen otras medidas con mayor impacto.
Resultados extrapolables
Reducir el tamaño de las clases es una de las medidas más populares en el debate educativo. Sin embargo, el análisis recién publicado concluye que su impacto en el aprendizaje es muy limitado. El estudio, elaborado con microdatos administrativos y encuestas a docentes, alumnos y familias entre 2016 y 2019, analiza 1.200 colegios de la Comunidad de Madrid, un sistema educativo amplio y heterogéneo.
Según José Montalbán Castilla, investigador asociado de EsadeEcPol, así como profesor asistente de Economía en el Swedish Institute for Social Research (SOFI), los resultados son extrapolables al conjunto del país por dos razones: el rango habitual de tamaño de aula es similar —entre 20 y 30 alumnos— y el hecho de que Madrid presenta una diversidad socioeconómica y tipológica mayor que muchas comunidades más pequeñas o ruralizadas. “Es de lo que podemos hablar: en el rango 20-30 no vemos efectos relevantes”, señala.
Eso sí, el estudio no permite extraer conclusiones sobre escuelas que tengan aulas menores o mayores del rango establecido, como puede pasar en las escuelas rurales donde las ratios pueden ser menores.
Montalbán comenta que, aunque los datos se refieren a primaria, puede pensarse que en secundaria no habría demasiada variación tampoco, al menos en lo referente a los resultados académicos.
Explica que la teoría relacionada con educación es que cuanto antes se implementen las actuaciones, mayores serán los impactos, de manera que una bajada de ratios seguramente dé mejores frutos en infantil que en primaria, y en primaria que en secundaria y así sucesivamente.
Mejora el clima de aula, pero no los resultados
El análisis detecta que bajar cinco alumnos por aula reduce en cuatro puntos porcentuales la probabilidad de que la disrupción sea un problema moderado o grave. Este efecto es mayor en centros con más conflictividad —medida a través de un cuestionario que rellenan los docentes para la Comunidad de Madrid en los que se habla de posibles problemas de convivencia, como peleas en el centro o que el profesorado se haya visto amenazado por las familias, por ejemplo.
Sin embargo, incluso en esos centros más complejos, el impacto sobre rendimiento, bienestar o repetición sigue siendo nulo según explica Montalbán. “Donde el efecto sobre disrupción es mayor, el coeficiente estimado en rendimiento también crece, pero continúa sin ser significativo y es de magnitud baja”, explica el investigador.
En términos académicos, reducir cinco estudiantes por aula supone un aumento medio estimado del 1,25% de una desviación estándar en rendimiento, un efecto considerado muy pequeño y estadísticamente no significativo. No se detectan mejoras en bienestar subjetivo ni en la tasa de repetición.
No hay “islas de impacto”
El estudio exploró posibles efectos heterogéneos por nivel socioeconómico del centro y del alumnado, por materia, por curso y por frecuencia de prácticas de individualización en el aula. Aunque los efectos son ligeramente mayores en contextos de menor nivel socioeconómico —donde cabría esperarlos—, siguen siendo reducidos y no significativos.
Tampoco aparecen subgrupos claros en los que la reducción de ratios genere beneficios sustanciales. “No encontramos islas de impacto”, resume el investigador.
En cuanto a un posible efecto acumulativo, los datos comparan 3º y 6º de primaria. El impacto estimado en 6º es algo mayor, lo que podría sugerir cierta acumulación tras varios años de exposición, pero sigue sin alcanzar significación estadística.
A esto, Montalbán añade que reducir demasiado las ratios puede acabar siendo un problema, en vez de una solución. Y lo podría ser porque la disminución de chicas y chicos en clase puede hacer rebajar el impacto del «efecto compañero».
Coste elevado frente a alternativas más eficaces
El estudio subraya que la reducción de ratios implica un coste muy alto, dado que entre el 70% y el 80% del gasto educativo se destina a salarios docentes. Frente a ese esfuerzo presupuestario, existen políticas con mayor impacto demostrado.
Como ejemplo, el investigador compara el efecto estimado de bajar cinco alumnos por aula —1,25% de una desviación estándar— con programas de refuerzo intensivo, mentoría o acompañamiento tipo PROA o Mentor cuyos efectos pueden alcanzar el 26% de una desviación estándar, equivalente, asegura, a casi un curso académico adicional.
“Bajar ratios puede ser positivo, pero cuando se compara su coste con sus beneficios, hay otras políticas claramente más efectivas”, afirma.
¿Dónde invertir entonces?
El investigador apunta a otras prioridades: mejorar la carrera docente, reducir la temporalidad, reforzar la formación inicial —especialmente en Secundaria—, elevar el prestigio de la profesión y establecer sistemas voluntarios de desarrollo profesional con evaluación entre pares.
Se trata de medidas que incidirían en el bienestar del profesorado como lo puede hacer la bajada de ratios. Pero son más baratas y tendrían, asegura, un mayor impacto.
“En España hay signos de mayor cansancio y desafección docente. Podemos destinar recursos a fortalecer la profesión en lugar de invertirlos en una política generalizada con impacto limitado”, concluye.
El autor espera que los resultados aporten luz a un debate recurrente y ayuden a orientar las decisiones públicas hacia intervenciones con mayor retorno educativo.


